La Bolera

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No sabría decir cuándo se fundó la bolera, en qué año, cuál fue su fecha. Forma parte de la memoria colectiva de mi pueblo, Villar de Soba. Para mí forma parte de un siempre marcado en el calendario. Ya antes de salir de misa, se oía la bola golpear contra el tablón, el repicar de los bolos precipitándose a la campa, buscando un lugar donde caer más allá de la línea que marcaba el valor de la tirada.

«Todos», escuchaba a veces decir a quienes confirmaban que los tres bolos habían pasado todas las líneas. Detrás venían los aplausos, los ánimos, los gestos de aprobación, la referencia a quien los plantaba, pues no era algo que cualquiera pudiera hacer. Recuerdo a muchos, pero siempre a Vicente, explicando cómo había que hacerlo para que corrieran en lugar de quedarse clavados. Colocar la arcilla, la cantidad justa, dejar al bolo deslizarse por ella para ubicarse en el orificio con la inclinación necesaria, con la intensidad adecuada, ni más ni menos, en un sólo gesto la artesanía del tiempo manejada en el tacto de quien hace lo que otros antes hicieron y es a la vez quien coge el testigo y quien siembra futuro a golpe de presente, de domingo de bolera, de lugar de encuentro, de echar la mañana o la tarde, según cuadrara.

No sé en otros pueblos, pero en Villar alguna vez he escuchado que es como si quienes hicieron sus casas «estuvieran enfadados entre ellos» o necesitaran distancia, pues todas ellas se van distribuyendo a lo largo de la carretera a medida que avanzas desde Llano hasta La Era de Sicuetos o si decides acercarte hasta Otero. Y por eso la Bolera era nuestro lugar de encuentro, uno de ellos, no había tantos. La Bolera, al final de la cuesta, junto a la iglesia, con las banderas ondeando que Rafa ponía para recordar que ese día había partido de bolos. El recuerdo de Ángel apoyado en la barra, maullando como un gato a la espera del blanco. La risa cómplice de quien allí estaba invitando a otra ronda. El sonido del megáfono rompiendo el caminar de las horas, cada una tomándose su tiempo.

En el pueblo el tiempo pasa distinto y estar en la Bolera era uno de esos momentos que ocupan ese espacio: encontrarte con alguien, de hablar de esto y de aquello o de simplemente mirar cómo los bolos se asoman al cielo y saludan a Santayana, el pueblo que se ve a lo lejos. A veces la bola salía blanca por fuera del tablón y se precipitaba prado abajo. Imagínate corriendo hasta alcanzarla, rebuscando en el bardal. A veces la Bolera estaba vacía, esperando, como si supiera que en algún momento alguien se acercaría a «tirar unas bolas». Pasar por casa de Terio y pedirle a Nati las llaves para abrir el caseto donde se guardaban el material: un balde con agua, una escoba, una bola hecha de madera de manzano, unos bolos, algunos rotos que se dejaban para entrenar y otros blancos, bien pulidos, reservados para las fechas señaladas, aunque a veces también para esos momentos en los que imaginabas que ese «todos» se refería a ti. Y las tardes de soledad acompañadas de una tirada tras otra. Tomar la distancia, no pisar más allá de la línea, el balanceo de la bola, empaparla de agua igual que el tablón con la escoba mojada. Salir corriendo y soltar la bola contra el tablón. El tiempo se medía en esas distancias, en esos momentos, en esas idas y venidas en la Bolera.

El sonido de la bola al golpear contra los bolos se convertía en la señal que rompía tus quehaceres, que te sacaba del ensimismamiento de tus cosas. Una llamada para acercarte y saludar, para sentarte a mirar una escena que era la fotografía de quienes estuvieron antes que tú, el eco de un pasado que se resistía a caer en el olvido y que se erguía frente a una modernidad que no tardaría mucho en condenarla al olvido. En esa escena en la Bolera habita el padre, el abuelo, el ancestro que no está, pero permanece vivo en esa memoria hecha de lugares compartidos, que cuando la soledad asoma es más necesaria que nunca, porque todos necesitamos un lugar donde volver, donde recordar a quienes se fueron, un lugar que guarda la memoria del ausente, la identidad de tu pueblo. El valor y el sentir de ese “Todos”.

Un lugar donde aunque ya no se vaya tantas veces, porque  «la vida es lo que tiene y cada vez quedamos menos», podamos revisitar y reencontrarnos con quienes antes fueron, con quienes se juntaban allí para seguir siendo. Pero también un lugar donde poder enseñarle a quien venga detrás, que hay lugares que son como bibliotecas de momentos vividos, compartidos, que guardan una parte de quienes allí estuvieron, una parte también de nuestros propios recuerdos, una parte de nosotros. Y que, si queremos, pueden seguir vivas, volver a ser ese lugar de encuentro, de memoria compartida, de cederle el testigo a quien quiera “plantar unos bolos» y continuar el camino.

Y volver de vez en cuando a tirar unas bolas, a empezar de nuevo, a ser parte de ese “Todos”. En la Bolera

 

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