Nazis en Isla Pedrosa, asesinatos y cameos en el último libro de Yves Díaz de Villegas, finalista al premio Edebé

“Es una forma de comunicación, casi de confesión”: el autor reivindica una escritura libre de géneros y guiada por la necesidad de contar historias”
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Quien haya paseado alguna vez por Isla Pedrosa, el antiguo sanatorio para enfermos de lepra en Pontejos, Marina de Cudeyo, se habrá dado cuenta enseguida del poder evocador que tiene hoy este espacio en el que conviven un inmenso bosque, desconocidas playas, restos del antiguo sanatorio, dependencias del ICASS y hasta un viejo teatro recientemente restaurado.

Pero lo que diferencia a cualquier caminante de una personalidad creativa es que ese poder de evocación se convierte en impulso creativo y acaba siendo… algo más.

En el caso de Yves Díaz de Villegas, ‘Sujeto, verbo, asesinato’, una novela juvenil que tiene de todo —crímenes, misterios y, en una parte real y en otra ya leyenda, nazis—, en una historia que le ha supuesto ser finalista del premio Edebé y que le está llevando de ‘gira’ por colegios e institutos para pulsar en primera persona el efecto de su relato.

A quienes lleven más tiempo siguiendo la actualidad, el nombre de Yves Díaz de Villegas les sonará por la inédita —y diríamos que irrepetible, en el sentido de que no parece haber vuelto a suceder— firmeza ética con que se alzó con su responsabilidad en el mundo de las organizaciones empresariales cántabras, en un momento de crisis generalizada de valores. A quienes sean más jóvenes tal vez les haya dado clase en la universidad, y muchos otros tal vez hayan pasado por su academia de formación (Aula Dédalo, en la calle del Sol) para aprender de una de sus mayores áreas de conocimiento: la logística y el transporte.

A primera vista, alguien diría que ese perfil, entre lo empresarial y la formación profesional, sumado al de la formación en Caminos, no es el más habitual para el de un escritor. Sin embargo, como sucede cada vez que aplicas el zoom a un ‘personaje’ o historia, hay algo más en este hombre que lleva tiempo rebelándose contra lo que hubiera sido una biografía cómoda y casi predestinada, pero, esa es la clave, no escrita por él.

“Siempre me gustó contar historias, ya fuera en papel o en pantalla”. Como recuerda en conversación con EL FARADIO, su vocación literaria se remonta a los años de formación: “En el Villajunco gané todos los premios de prosa que organizaban los profesores de Lengua”, recuerda, y continuó en la Facultad, en Caminos. Ese interés por la narración se amplió hacia lo audiovisual, con estudios vinculados al cine y una etapa centrada en el formato corto: “Me puse a hacer cortometrajes e incluso ganaron un premio con uno rodado en 2002, protagonizado por Miguel Rellán”.

Esa trayectoria, sin embargo, quedó interrumpida durante años por su desarrollo profesional —que incluyó años de trabajo en grandes firmas de ingeniería y vivir en Japón—. La escritura quedó en segundo plano hasta que, con el paso del tiempo, volvió a emerger, empujada en parte por la labor de otra personalidad creativa: la de su mujer, Susanna Isern, una de las autoras más reconocidas del género, con una trayectoria especialmente destacada en el ámbito del álbum ilustrado, y un centenar de trabajos publicados y traducidos a numerosos idiomas.

DE LA VOCACIÓN INTERRUMPIDA AL REGRESO A LA ESCRITURA

Y así, en los últimos años, Yves Díaz de Villegas ha retomado su vocación literaria con una producción constante y diversa, marcada por la ausencia de límites formales o de género. “Me sale un tema y me centro en él, y cuando lo acabo salto a otro género, a otra edad”, explica, en una trayectoria en la que conviven el thriller juvenil de Sujeto, verbo, asesinato, el thriller internacional La salamandra desnuda —ambientado en Japón y atravesado por elementos culturales como la yakuza—, historias de terror ambientadas en la Edad Media, proyectos de narrativa para adultos o incluso incursiones en la ciencia ficción, algunos de ellos todavía por publicar.

Para Yves Díaz de Villegas, la escritura trasciende el mero ejercicio creativo y se sitúa en el terreno de la necesidad expresiva: “Es una forma de comunicación, casi de confesión”, afirma. Su relación con la literatura está ligada tanto a la lectura como al cine, dos influencias que confluyen en su manera de construir historias: “Siempre me ha gustado leer y entender la estructura de los relatos, y eso, mezclado con el cine, me lleva a crear desde cero”. En ese proceso, la ficción funciona como un vehículo para canalizar experiencias y emociones: “Cuentas cosas de tu vida a través de personajes, sacas tus filias, tus fobias, tus inquietudes”. Más que un método o una disciplina, escribir responde a una pulsión constante: “Tengo siempre ideas apuntadas, cosas que veo en la sociedad y necesito convertir en historias”.

ISLA PEDROSA: FICCIÓN, MEMORIA Y LEYENDA

Ese “ejercicio de comunicación” toma forma concreta en Sujeto, verbo, asesinato, donde Yves Díaz de Villegas traslada inquietudes personales a una historia de misterio protagonizada por jóvenes en la Isla de Pedrosa, envueltos en una trama que mezcla leyendas locales y hechos históricos (el aeródromo cercano usado por los nazis y la leyenda urbana que sitúa a Hitler en Pedreña) con una trama de crímenes en un colegio.

“He metido personajes reales, amigos míos, con su nombre”, señala sobre los cameos de Paco Roales —un histórico del libro viejo en Santander— o el médico Fernando Munguía, integrados en la narración como parte del juego entre realidad y ficción. El resultado es una obra que conecta directamente con sus lectores más jóvenes, que no solo siguen la trama, sino que se reconocen en ella: “Te dicen que lo han leído tres veces, que les da miedo por la noche o que han obligado a sus padres a leerlo”, relata, situando esa reacción como la confirmación de que la historia ha logrado el objetivo de quien de joven fue un voraz lector de Enid Blyton: “Cuando ves que sienten algo parecido a lo que tú sentías de pequeño, ahí es donde todo cobra sentido”.


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