“Oye, chavales, que nosotros sí os queremos aquí” y “¿Pueden bajar a jugar?”: la vecindad se abre camino en Cartes y Castro
Hay un par de casas en Cartes y Castro Urdiales en las que, sobre las mesas de las habitaciones, reposan cuadernos con apuntes, cosas de clase. En otras habitaciones, consolas de videojuegos. Como en muchas de las casas de alrededor, quizás con el pequeño matiz de que en estas hay más énfasis en aprender el idioma y más preocupación por la salida al mercado laboral que, al final, centra gran parte de —íbamos a decir objetivos, pero en realidad son necesidades—: desde la búsqueda de una formación profesional que esté ligada a la inserción laboral más rápida hasta ese ir pensando ya en cómo preparar el currículum.
Y como en cualquier casa en la que se construye una familia, sea como sea, una comunidad, un proyecto, en los centros de jóvenes migrantes de Cartes o Castro Urdiales hay vecindad.
UN GRUPO DE VOLUNTARIOS DEL PUEBLO TRABAJA YA CON LOS JÓVENES MIGRANTES DE CARTES
Han pasado ya tres meses desde que la alcaldesa, todavía adscrita al PSOE, del primer municipio decidiera encabezar la procesión de antorchas contra los menores extranjeros no acompañados, comprando toda la campaña mediática y de redes que pronosticaba todo tipo de cataclismos que no se han producido.
El Ayuntamiento ha pasado de obstaculizar su llegada con palabras y con hechos administrativos —el intento de cerrar la casa antes de que llegaran, conscientes de que en cuanto hubiera menores de edad primaría su protección frente a sus prejuicios, aunque inconsciente de que sus conocimientos jurídicos eran menores que los del Gobierno de Cantabria y los de la fundación responsable del centro, con décadas de experiencia en la gestión de este tipo de espacios— a colaborar, facilitando su integración en cuestiones del día a día en las que sí tenía competencia —las actividades deportivas, ya que la sanidad, la educación o el transporte no dependen del municipio—, y ha resultado que sí que se tenía la capacidad que se negaba tener –para los jóvenes extranjeros.
Tras las manifestaciones en contra con una evidente intencionalidad partidista (pese al entusiasmo con que las acogió el PSOE local, lo cierto es que fueron amplificadas física y viralmente por VOX, visita de líderes nacionales incluida, al coincidir milimétricamente con el argumentario con el que confían en rascar votos aquí y en otros puntos), la respuesta del entorno cercano ha sido progresivamente positiva: vecinos que en los primeros días se acercaron a la casa con gestos de bienvenida y, más adelante, la implicación más estructurada de personas del municipio.
De hecho, ese apoyo se ha concretado en la creación de un grupo de voluntariado local, actualmente en torno a una docena de personas, que ya participa activamente en el día a día después de ofrecerse en los primeros días, cuando la alcaldesa y la parte del pueblo a la que selectivamente decidió escuchar y dar voz —es evidente que no era la única forma de entender la llegada— dedicaban todos sus esfuerzos a seguir echando gasolina en las teas ardiendo. Entre las principales tareas están las clases de español, consideradas prioritarias.
El modelo que se está aplicando evita generar dinámicas paralelas y apuesta por la integración en la vida comunitaria. Es decir, no se trata de organizar actividades específicas para los menores, sino de facilitar que se incorporen a las que ya existen en el entorno, reforzando así los vínculos con el municipio.
Recientemente, los menores colaboraron junto a la comisión de fiestas de un pueblo del municipio en tareas de reparto y apoyo logístico, que se suman a un día a día marcado por el aprendizaje del idioma y su incorporación a itinerarios formativos profesionales en distintos puntos de Cantabria, en ámbitos como la jardinería, la hostelería o el almacenaje.
De los primeros momentos de la polémica solo queda ya que ahora todo aquel que no sea del pueblo y quiera delinquir conoce las horas en las que el municipio tiene menos efectivos policiales, como consecuencia del desvarío argumental de aquellos días —el Ayuntamiento llegando a pronosticar su colapso por menos de 20 nuevos vecinos y asegurando que no tenían actividad para brindarles, negando lo mismo de lo que presumían meses antes y, nuevamente, dando por hecho que sabían más de la gestión de estos espacios que la asociación que los lleva, con décadas de experiencia en la atención a menores vulnerables—, en los que la alcaldesa, al igual que Vox, dieron con todo lujo de detalles el horario a partir del cual no hay Policía Local suficiente, en lo que fue prácticamente la primera reacción, que vinculaba jóvenes migrantes con delincuencia, comprando así una campaña prolongada durante años que, es evidente, tuvo efecto aunque no esté reflejando la realidad.
¿PUEDEN SALIR A JUGAR?
También en Castro Urdiales se están produciendo episodios de convivencia, vecindad y cotidianeidad, después de que, pese a las buenas palabras con las que las presentó, la alcaldesa socialista expusiera la existencia de un centro —que es competencia autonómica, por otra parte— y contribuyera a desatar una agresiva campaña en contra que el tiempo ha situado en su verdadera dimensión.
Porque las manifestaciones más masivas en el municipio lo fueron por la capacidad organizativa que exhibieron grupos de ultraderecha estatal —como VOX o la organización juvenil Revuelta—; la concentración en Santander, presentada como popular, en realidad estuvo engrosada por cargos, militantes y empleados de VOX, además de otros grupos arrimados a la viralidad, y en ella se produjeron conatos de ataque a los manifestantes a favor de la acogida por parte de quienes se presentaban como defensores de la convivencia y rechazaban la violencia —y que han llegado a usar el nombre de “patrullas” para defenderse de lo que desde el primer día llamaron “gentuza”—.
Incluso la charla que la sociedad civil castreña organizó con testimonios de asociaciones y el relato en primera persona de un joven acogido mostró que, pese a los constantes gritos e insultos —que hicieron que algo tan cotidiano como una mesa redonda requiriera protección policial, nuevamente por parte de quienes justificaban toda su campaña contra jóvenes extranjeros en un supuesto temor a la convivencia—, se confirmaba la minoría de un grupo y de unos representantes públicos a los que sólo les quedó el hostigamiento viral o físico, allí y en otros espacios, contra quienes pensaban distinto a ellos.
Pero el exceso de ruido no puede con la normalidad del día a día: y si bien es cierto que, gracias a todos aquellos que contribuyeron a señalar públicamente la ubicación del centro de unos menores de edad a los que esta campaña ha puesto en una diana, todavía hoy se acercan coches a fotografiarles, también es cierto que los vecinos más inmediatos protagonizan momentos de cercanía, acogida y comunidad.
Están los que les han llevado bizcochos recién hechos. Y también aquellos que, cuando se los encuentran en alguna de sus salidas a paseos o recados, les recuerdan con mensajes que no todo el mundo piensa como quienes tanto esfuerzo necesitaban para que prendieran los prejuicios: “nosotros sí os queremos aquí”.
El momento más especial se produjo en uno de los primeros fines de semana: un grupo de adolescentes del municipio se acercó al centro para invitar a los menores a jugar al fútbol, llamando al timbre y preguntando si podían bajar. Los educadores y responsables del centro lo recibieron, por inesperado, con sorpresa: tenían una excursión programada que cancelaron porque, al final, a ciertas edades, y sea cual sea el país, no hay nada más importante que un partido de fútbol y, como ya ha retratado el libro ‘Distrito Pachanga’ (del cántabro Ric Fernández, en la editorial fundada por cántabros Libros del KO), no hay lenguaje más universal que el de un balón empujado de un lado a otro del campo.
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