Madrid se convierte en el zoo de la fe con la llegada de León XIV

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​Hay que darles la enhorabuena. Conseguir que miles de adultos funcionales, con derecho a voto y presumiblemente capaces de cruzar la calle sin cagarse encima, se aglutinen bajo el sol de Madrid para berrear ante un trozo de metacrilato rodante tiene un mérito indiscutible. La visita de León XIV a la capital no ha sido un evento religioso; ha sido un monumental control de calidad del coeficiente intelectual de la población. Y el resultado, para desgracia de la evolución humana, es que el stock de credulidad cotiza al alza.

​El espectáculo de las masas en el Paseo del Prado rozaba el delirio psiquiátrico colectivo. Daba igual que fuera un estudiante de ingeniería o una señora que aún paga con pesetas: al paso del cochecito papal, el córtex prefrontal de los asistentes sufrió una muerte cerebral fulminante.

​La histeria colectiva en formato vertical

​Observar al espécimen del «fiel moderno» en su hábitat natural es una experiencia antropológica tronchante. El ritual es siempre el mismo: el sujeto estira el brazo, bloquea la circulación de su muñeca y enciende la pantalla de su teléfono. No miran al Papa. Repito: no miran al Papa. Miran una pantalla de seis pulgadas para comprobar que están encuadrando bien a un muñeco blanco borroso que saluda como un autómata de feria.

​»¡Me ha bendecido! ¡He sentido la gracia divina!», chillaba un muchacho con las hormonas desbocadas y una camiseta donde el rostro de la Virgen María competía en protagonismo con un logo gigante de una marca de zapatillas caras.

​¿Qué gracia vas a sentir, alma de cántaro, si el buen hombre estaba mirando al infinito pensando en la pastilla de la tensión y tú estabas detrás de tres filas de guardias civiles, cuatro monjas hiperactivas y un cristal blindado capaz de resistir un misil tierra-aire? El único milagro real del fin de semana ha sido que a ninguno se le cayera el iPhone al suelo mientras saltaba como un chimpancé en celo buscando la atención de un anciano italiano que mañana no se acordará ni de la existencia de Madrid.

​El «Kit del Buen Católico»: Capitalismo salvaje con olor a incienso

​La paradoja del rebaño es para enmarcarla. Gente que se llena la boca hablando de la humildad, el desapego de lo terrenal y el sufrimiento de los pobres, se ha gastado el dinero del alquiler en el merchandising oficial del evento. Los alrededores de la piadosa masa parecían un cruce entre el rastro dominical y una tienda de recuerdos de parque temático obsoleto.

​Rosarios de plástico fluorescente (para rezar en el Metaverso, suponemos).
​Gorras vaticanas para proteger las pocas ideas que les quedan del sol de justicia.
​Camisetas con frases pretendidamente ingeniosas que mezclan el dogma católico con la estética de un festival de música trap.

​Es enternecedor ver cómo el Vaticano, esa multinacional del márketing espiritual que lleva dos milenios vendiendo parcelas en un cielo que nadie ha visto, sigue encontrando clientes tan sumisos. Los mismos jóvenes que se creen rebeldes por cuestionar el sistema o por declararse antisistema en Twitter, se apiñan disciplinadamente detrás de unas vallas papales para que un monarca absoluto les diga cómo tienen que gestionar su entrepierna. La disonancia cognitiva no es que sea un extra en esta gente, es que es el motor de sus vidas.

​El apagón intelectual patrocinado por el dogma

​Lo verdaderamente alarmante de esta acampada de la fe es la desconexión voluntaria de la masa gris. Estamos hablando de ciudadanos que el lunes volverán a laboratorios, a oficinas de diseño de software o a despachos de arquitectura. Gente que exige el método científico para que les arreglen el coche o para comprarse un champú, pero que el fin de semana decide que es perfectamente razonable creer que el creador de un universo con dos billones de galaxias está muy pendiente de si un grupo de madrileños canta canciones de campamento con una guitarra desafinada.

​El nivel de infantilización de los asistentes rozaba lo ridículo. Llantos, espasmos devocionales, cánticos que daban vergüenza ajena ajena y una necesidad patológica de pertenecer a un club que los considera, fundamentalmente, pecadores natos que necesitan pasar por caja espiritual para salvarse. Se abrazaban entre desconocidos con esa hipocresía tan propia de las grandes concentraciones, vendiendo una «fraternidad universal» que caduca exactamente en el momento en que se abren las puertas del metro y hay que pegarse codazos por pillar sitio.

​Resaca de incienso: el rebaño vuelve al redil

​Hoy la comedia ha terminado. El tontódromo papal se desmonta. León XIV ha vuelto a su palacio fortificado a contar las ganancias intangibles de influencia geopolítica y los servicios de limpieza del ayuntamiento —los únicos seres humanos dignos de veneración en este entuerto— están barriendo los restos de empanadas, botellas de agua bendita y panfletos doctrinales que el piadoso rebaño ha dejado tirados por el suelo. Porque ser muy católico no te quita lo cochino.

​Los fieles ya han vuelto a su rutina gris. Los que el sábado experimentaban el «éxtasis místico» hoy insultan al cajero del supermercado porque va muy lento o miran hacia otro lado cuando un vagabundo les pide una moneda en la esquina. La santidad les ha durado lo que dura el billete de vuelta a casa. Eso sí, la foto borrosa e infame del Papa en sus redes sociales se queda ahí para siempre, como monumento perenne a su propia ridiculez y como prueba irrefutable de que, si les pones un pastor con sotana, las ovejas siempre acudirán al balido.

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