Vergüenza me daría desahuciar a una familia
Podríamos hablar de Zygmunt Bauman y de su forma de explicar de qué manera la burocracia diluye la responsabilidad convirtiendo a un ser humano en el número de un expediente que debe ser tramitado. Donde nadie aprieta directamente un botón, porque hay un papel, un juez, un cerrajero, un policía, un banco, un propietario y cada uno de ellos solo cumple órdenes, creándose así esa distancia moral necesaria para pasar página.
Podríamos citar a Primo Levi cuando hablaba de ese engranaje que hace que la condición de víctima se vista de gris, que incluso desaparezca porque “algo habrá hecho”, o aún mejor, porque algo habrá dejado de hacer.
Podríamos citar a Judith Butler y preguntarnos porqué las vamos a llorar si forman parte de ese tipo de “vidas no llorables”. Porque el sistema ha decidido quien merece duelo y quien no, a quien alquila a buen precio sus plañideras y por quien deben de llorar. Porque son vidas precarias que como mucho tendrán una mención en redes o unos segundos en la tele, pero la mayoría de las veces acompañadas del estigma de morosa, de okupa, de que no paga, o de que “se había conformado con pagar tan poco y acomodado olvidándose de que esa casa no era suya”. Así se van creando marcos que justifiquen la injusticia.
Podríamos, como dice Goffman, relacionarlo con esas “etiquetas” que ponemos a las personas sin conocerlas para que nos sea más fácil juzgarlas bajo el filtro de nuestros propios prejuicios y así la etiqueta borra el nombre, borra su historia, las borra a ellas. Borra a Blanca y a su hija.
También podríamos recurrir a Albert Bandura y sus estudios sobre mecanismos de desconexión moral. Y al hacerlo hablar de los 8 mecanismos con los que justificamos la injusticia. 1) La Justificación moral: «Es la ley del mercado» como si no fuéramos las personas quienes hacemos las leyes. 2) Pervirtiendo el lenguaje y usando la retórica del eufemismo: «Que nadie se equivoque no es echar a una familia, es ejecutar un lanzamiento» 3) Comparación ventajosa: «Al menos no están en la calle como en otros países». Éstas que vienen son clave: 4) Desplazamiento de responsabilidad: «Lo manda el juez», 5) Difusión de responsabilidad: «Yo solo soy el administrativo» 6) Deshumanización: «Son unos okupas» 7) Atribución de culpa: «Se acomodaron a esa renta antigua, olvidando que no era su casa, y claro… y 8) «Ignorar/distorsionar consecuencias”: Tampoco se les ve tan mal, en cuatro días estarán viviendo de las “paguitas” o qué se encarguen las Ongs y los servicios sociales que viven del cuento y las subvenciones y para eso están ¿no? .
También está Luc Boltanski explicando cómo el capitalismo se justifica moralmente, presentando el desahucio como «sacrificio necesario para la estabilidad». Osea, está mal (eso claro, mientras el desahuciado no sea yo), pero peor sería que -Dios , Alá, Yahvé o el ratoncito Pérez no lo quiera- plantear una alternativa que cuestione el orden actual de las cosas.
Vemos como así se va creando una maraña de exculpación en la que nadie se sienta culpable, porque la responsabilidad está repartida. El juez firma, el policía ejecuta, el banco reclama, los vecinos miramos a otro lado (no todos por suerte) con el recurso de «No soy yo, es el sistema» o soy yo en la medida que formo parte del sistema, qué le voy a hacer, además aunque hiciera algo no serviría de nada y perdería mi trabajo y tengo que cuidar de los míos. Y es verdad. Porque de esta manera el miedo opera de forma más contundente si cabe en cada uno de nosotros y de nosotras. Y nos desmoviliza.
Es un mal sin odio, como decía Hannah Arendt, uno en el que “yo solo hago mi trabajo» y probablemente cada uno de nosotros haríamos lo mismo o similar. De ahí el peligro de subirse en una atalaya a la hora de aproximarse a estas injusticias. Al hacerlo nos olvidamos de que podemos hacer muchas más cosas de las que hacemos, pero que por algún motivo esa parte esta desactivada. Quizás porque, como menciona Arendt, hay una especie de «entumecimiento psíquico»: Para poder seguir, dejamos de sentir. Eso pasa con los desahucios (y no sólo): si los sintiéramos todos, no podríamos seguir. Pero como de momento no es así, pues acaba sucediendo. ¿Podría evitarse? Por supuesto. Pero no interesa.
Siguiendo con las menciones, podríamos hablar de Adela Cortina y su término Aporofobia (miedo al pobre/pobreza) y relacionarlo con Byung-Chul Han cuando nos hablan de que solo valen los «emprendedores de sí mismos». El que cae es culpable de no rendir, de no intentarlo los suficiente. Como si una vida que no tiene valor de mercado doliera diferente, o dejara de doler.
Podríamos hablar de muchos más autores o de ninguno. Debería ser suficiente con ponernos en el lugar de Blanca y de su hija. En el de cualquier persona que sepa diferenciar lo que está bien de lo que está mal y resumirlo en una frase que entendemos todos, hayamos leído, conozcamos o no a esta retahíla de autores:
“Vergüenza me daría desahuciar a una familia”.