Genocidio-Genocidas-Genocidio

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El pensamiento – dice Bifo – no puede pensar más que su propia impotencia.

Es por eso que creemos, sinceramente creemos, que el martirio de Gaza no es solo una tragedia que arrasa la vida de millones de mujeres y hombres (y muy especialmente de niños) sino la prueba de nuestro paso hacia una época donde nunca habrá justicia ni paz. Porque esperar justicia y paz en un futuro construido con los mimbres que tejemos, demostraría, lastimosamente, que no hemos entendido nada. Falta valor moral. Y, el valor moral no es la ausencia de miedo. Es, más bien, la disposición a actuar éticamente a pesar del miedo, los inconvenientes, la presión social o el costo personal. La cobardía moral, por el contrario, es la decisión de subordinar la conciencia a la comodidad, la carrera profesional, la ideología o el conformismo. Esta cobardía se manifiesta normalmente en una retórica evasiva que califica la situación de «complicada», planteando entonces qué otra cosa se puede hacer salvo escuchar a «ambas partes» (esclavos y esclavistas, genocidas partidarios del *apartheid* y quienes se oponen a él) porque -dicen – “todos” tienen derecho a ser oídos: Los propagandistas de la muerte, los cómplices de los victimarios, los asesinos y genocidas por personas interpuestas…Oh si, todos ellos. Esperar justicia y paz con ellos rulando por la política demuestra, claramente, que no hemos entendido nada.

Quien sigue actuando como si fuera posible restaurar la universalidad de la razón en esta cloaca, no ha entendido.

Quien cree que la voluntad democrática puede revertir lo irreversible, seguir funcionando como si no hubiera pasado nada, no ha entendido.

Quien cree que la palabra democracia tiene todavía algún significado, no ha entendido.

Hay que tener el valor de entender que no, que no habrá ningún retorno a la democracia, ni fin de la guerra ni limite a la expansión de la deshumanización. Con todo, debemos intentarlo. La historia del progreso social demuestra que el valor moral siempre ha sido el motor del cambio. Que la abolición de la esclavitud, el sufragio femenino, los derechos laborales, los movimientos por los derechos civiles, las luchas de descolonización y la derrota del *apartheid* en Sudáfrica dependieron de personas dispuestas a desafiar los sistemas de poder imperantes. Se enfrentaron a burlas, encarcelamiento, ostracismo profesional, violencia o algo peor y, sin embargo, la historia los recuerda hoy no como radicales, sino como pioneros de la justicia.

Palestina se inscribe dentro de esta tradición. Ilustra con una claridad inusual cómo los sistemas de dominación se sostienen no solo mediante la fuerza militar, sino también a través de narrativas, burocracias, intereses financieros, protección diplomática y el silencio público. Cada puesto de control, vivienda demolida, niño encarcelado, olivar confiscado o comunidad desplazada no solo es posible gracias a quienes ejecutan directamente estas políticas, sino también a innumerables personas que deciden que alzar la voz en los foros públicos, instituciones políticas, Ferias de la cultura etc…… resulta demasiado arriesgado o incómodo. La observación atribuida a Edmund Burke de que «lo único necesario para el triunfo del mal es que la gente buena no haga nada» es absolutamente cierta. La injusticia perdura porque demasiadas personas optan por la pasividad y llaman mesiánicos o radicales a los que deciden alzar la voz en defensa de lo que es justo, en homenaje y recuerdo a las víctimas del genocidio. Sabemos, porque lo hemos visto, que entre los palestinos, el valor moral se manifiesta a través de una resiliencia extraordinaria. Los maestros siguen educando a los niños a pesar de las constantes interrupciones. Los médicos trabajan en condiciones imposibles. Los agricultores vuelven a cultivar sus tierras pese al hostigamiento o la destrucción. Los periodistas continúan documentando los acontecimientos a pesar de los graves riesgos. Los artistas preservan la memoria mediante la cultura, mientras que científicos, ecologistas y educadores siguen construyendo instituciones para las generaciones futuras. Tal valentía no elimina el sufrimiento, pero reafirma la dignidad humana.

Si, debemos intentarlo, a pesar de todo debemos hacer lo posible por entender, porque solo cuando hayamos entendido podremos comenzar la única acción razonable: olvidar la identidad las identidades) para descubrir – o más bien instaurar – una dimensión no histórica, no política donde sean posibles la amistad, la alegría y la cortesía.

Quien comprende, deserta, sin pretender interactuar con el proceso histórico que se ha revelado como una devastación imparable. Quien tiene el valor de entender, no contribuirá a reproducir el género humano, porque el experimento humano ha fracasado y esta vez, lamentablemente, el fracaso es irrevocable porque estamos inmersos en el pozo insoldable de la cobardía moral que, a escala internacional puede tener consecuencias aún mayores. Los gobiernos suelen invocar los derechos humanos universales de manera selectiva, aplicando un criterio para sus aliados y otro para sus adversarios. Las universidades a veces vacilan a la hora de proteger la libertad académica cuando la cuestión de Palestina se vuelve controvertida. Los medios de comunicación presentan en ocasiones los acontecimientos de tal forma que ocultan las asimetrías de poder o normalizan la violencia recurrente. Las empresas pueden seguir lucrándose con actividades vinculadas a la ocupación o al conflicto, al tiempo que eluden el escrutinio ético. Las personas que reconocen en privado la injusticia a menudo guardan silencio en público para evitar polémicas. El silencio mismo se convierte en un acto político.

El silencio ES un acto político.

Y sí, como Martin Luther King Jr. llegó a decir, «al final, no recordaremos las palabras de nuestros enemigos, sino el silencio de nuestros amigos». Hoy más que nunca.

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