Entre el algoritmo y la verdad de unas manos
No sabía la lluvia que sería la última en llegar. Y quizás por eso caía con tanta fuerza, con tanta falta de respeto sobre la tierra, como si quisiera castigar y descargar sobre ella toda su ira. Sobre tanto efecto invernadero y sus catedrales construidas para la liturgia del humo y el CO2. De tantas religiones inventadas para nuevos y viejos dioses que reclaman su lugar en el Olimpo a golpe de visualización y me gusta. La primera dosis es gratis, aunque luego te engancha tanto que no te queda más remedio que apuntarte a la tarifa premium y después a la premium, premium, y después a la premium, premium, premium… Hasta que no quedaba nada más que los huesos calcinados en el terminal de internet.
Y sus almas condenadas a vagar por la nube o descender a los infiernos de la Dark Web, más allá de la Web profunda, el lugar de lo prohibido, la zona oscura donde los depredadores alimentan su doble cara. Una zona salvaje donde el alter ego de Dante deambula intentando categorizar cada uno de sus compartimentos, cada uno de sus mensajes y universos encriptados. Donde la pedofilia y la trata de blancas convive con el tráfico de armas. Y las teorías de la conspiración, incluso las verdaderas, susurran sus más bajas pasiones a los terraplanistas que se suicidaron un minuto antes del último eclipse, solo por miedo a que la gravedad les arrebatara el vértigo del precipicio. Y es que a veces la ignorancia es una elección.
“Descendí a los infiernos solo por la curiosidad de ver que se cocía allí, y no me di cuenta que llevaba prendida dentro el anhelo de la llama que siempre me propuse apagar”
Es el epitafio de un bombero tras los últimos incendios de verano, que no llegaron sin avisar, sino que llevaban, llevan años avisando de que volverán al finalizar la primavera, antes del otoño. Como esos turistas a quienes poco les importa el lugar que visitan, porque solo quieren arrasar todo lo que se cruza a su paso, y que van prendiendo infiernos a la vez que dicen huir del infierno donde habitan y que probablemente los consume.
Siempre me he preguntado por qué normalizamos que en un pueblo de 10 mil habitantes aumente la población, no sé, por decir algo, diez veces más. Cien mil personas transitando las calles, los bares, los hoteles, las tiendas y las casas de un pueblo con vistas a la mar. En el que hace nada las rederas trenzaban la memoria de quienes fueron antes que ellas para que quedara constancia de que la mar acoge a quien está dispuesto a pagar el precio de dar la vida. Pero hay personas que cada día mueren en el mar y no saben de rederas, ni de su memoria, no saben de turistificación, ni de algoritmos. No saben que al cruzar la verja serán tratados como números que no encajan en las cuentas de un sistema que necesita seguir operativo.
Y mientras la redera sujeta el mallero sobre la tablilla con la mano izquierda (si es diestra), lo coloca horizontalmente bajo la última fila de mallas que ya están hechas (o del hilo guía) y con la otra mano pasa la aguja bajo el mallero ajustando la puntada hasta introducir la aguja por el ojo de la malla superior, en un ritual ancestral, repetido por su madre, su abuela, o la mujer que antes ocupara ese lugar. Mientras todo esto sucede una avalancha de personas le pasan por encima. Le hacen fotos como si fuera una mona de feria. La señalan con el dedo, forma parte de su viaje programado en el que sólo tienen unos minutos antes de pasar a la siguiente pantalla. El recuerdo efímero de una foto olvidada en la galería de su móvil será el único testigo de lo que allí sucedió. En el peor de los casos una mención en su red social donde una boca demasiado grande intentará explicar con su cerebro demasiado pequeño, a la par que su corazón, quien era esa mujer y lo que allí hacía. Dejándolo todo reducido a la prisa de una mirada cargada de prejuicios cuyos ojos no miran: mastican y escupen. Consumen con la voracidad de Erisictón, el rey de Tesalia castigado por la diosa Deméter por su soberbia al talar un bosque sagrado para construir un salón de banquetes en su palacio. Su castigo; un hambre insaciable tras introducirse en sus venas Limos, la personificación del hambre.
De tanto hambre acabó vendiendo hasta a su hija tras perderlo todo. Y cuando no le quedaba nada, adivina, el hambre lo llevó a devorarse a sí mismo. Trágico final el de Erisictón.
Tal vez por eso la brutalidad de una lluvia que no perdona tantos excesos, tanta voracidad insaciable, tantas diferencias y tan injustas entre un turista y un emigrante. Entre la masiva llegada de personas a una ciudad española del norte de África y unas vacaciones de verano. Entre el algoritmo y la verdad de unas manos. Entre las cenizas y quienes las siguen avivando. Y esa asombrosa capacidad de normalizarlo mientras teje la redera.