¿Qué podemos aprender de las palabras de Klopp? Recuperar el orgullo nacional de las personas equivocadas

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Hubo algo rebelde en la primera rueda de prensa de Jürgen Klopp como nuevo seleccionador de Alemania esta semana.

Con una gorra con los colores de la bandera alemana, Klopp dijo que no quería dejar el «orgullo nacional en manos equivocadas». Quería «recuperar la bandera». Los alemanes, defendió, podían sentirse orgullosos de su país y, al mismo tiempo, seguir siendo «abiertos, diversos, amables y acogedores».

La intervención de Klopp podría haberse despachado fácilmente como una reflexión más propia de un entrenador de fútbol si no fuera por el momento en que se produjo. Apenas unos días antes, el partido ultraderechista y antiinmigración Alternativa para Alemania (AfD) había obtenido el 43,8 % de los votos en Sajonia-Anhalt.

Klopp no mencionó a la AfD. Su mensaje iba mucho más allá del partido. Hablaba de una rendición política.

Durante años, determinados sectores del pensamiento progresista han tratado la identidad nacional con cautela, conscientes de su vinculación histórica con el autoritarismo, el nacionalismo excluyente y la extrema derecha.

La política aborrece el vacío. Cuando dejas desocupado el territorio emocional de la nación, alguien acaba por apropiárselo: levanta una bandera, define quién pertenece y empieza a cobrar entrada.

Durante buena parte del siglo XX, algunas de las formas más poderosas de nacionalismo quedaron asociadas a sus manifestaciones más destructivas: la guerra, la jerarquía racial, el fascismo y la exclusión.

No hay nada intrínsecamente siniestro en sentirse vinculado a un paisaje, una lengua, una ciudad, una historia compartida o los pequeños rituales de la vida cotidiana. Las personas necesitamos historias sobre nuestro origen. Necesitamos lugares que podamos llamar hogar. Necesitamos alguna versión de un nosotros.

Y aquí es precisamente donde la extrema derecha ha sabido reconocer algo que otras fuerzas políticas a veces han olvidado: la identidad nacional no es solo una ideología. También es una emoción. Le dice a la gente dónde pertenece, da forma a la memoria y convierte a millones de desconocidos en una comunidad. Toma un territorio abstracto dibujado en un mapa y lo transforma en algo que puede ser amado. La extrema derecha ha sabido explotar esa dimensión emocional: llega con la bandera, el himno, el agravio histórico y una respuesta aparentemente sencilla a la pregunta de quién pertenece.

Mientras tanto, otras fuerzas políticas han dedicado más tiempo a advertir de los peligros del sentimiento nacional que a preguntarse qué podría significar una identidad nacional democrática e inclusiva. Unos se preguntan si ese lenguaje es aceptable. Los otros lo hablan con naturalidad.

La propuesta de Klopp es sencilla: separar el orgullo nacional de la exclusión. Vinculó explícitamente el orgullo de ser alemán con una Alemania «abierta, diversa, amable y acogedora».

Y esa distinción importa. Porque la cuestión no es simplemente elegir entre nacionalismo y liberalismo, sino decidir qué entendemos por nación y quién puede formar parte de ella.

Hay una manera de entender la nación como una frontera: este es nuestro país y, por tanto, quienes vienen de fuera deben permanecer fuera.

Pero también puede entenderse de otra forma: este es nuestro país, y eso no impide que alguien que llega de fuera pueda convertirse también en parte de él, echar raíces y sentirse plenamente perteneciente a esa comunidad.

En esta segunda visión, la identidad nacional no desaparece. Se convierte en una identidad abierta, capaz de incorporar a quienes llegan, construyen aquí su vida y pasan a formar parte de la historia colectiva.

La diferencia es fundamental: una nación puede definirse por quienes quedan fuera o por su capacidad para hacer sitio a quienes llegan.

Y por eso las palabras de Klopp importan más allá de Alemania. También en España el orgullo nacional es una cuestión incómoda.

Nuestra bandera está inevitablemente ligada a la historia reciente del país y, para una parte de la izquierda democrática, los símbolos nacionales han quedado demasiado asociados a la derecha. De ahí cierta dificultad para reivindicar España desde posiciones progresistas sin sentir que se está entrando en un terreno que otros han hecho suyo.

Si la política democrática se niega a hablar el lenguaje emocional de la pertenencia, no debería sorprenderse cuando alguien empieza a hablarlo en su lugar.

La solución no consiste en fingir que las banderas son inocentes. No lo son. Los símbolos acumulan historia. Pueden unir, excluir, intimidar o manipular.

Un país es más que su bandera. Es más que sus fronteras, su himno, sus mitos históricos, sus enemigos o sus patriotas más ruidosos. Son sus hospitales y sus escuelas. Sus calles y sus playas. Sus bibliotecas y sus campos de fútbol. Las lenguas que se hablan alrededor de las mesas de las cocinas. Los inmigrantes que construyen una nueva vida. Los ancianos que recuerdan barrios que ya no existen. Los niños que nunca han conocido otro hogar.

Es esa colección cotidiana, imperfecta y contradictoria de personas que, por casualidad, llaman suyo al mismo pedazo de tierra.

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