Inquilinas Anónimas: la acampada por la vivienda crece y da vida a la ciudad que no madruga

El segundo amanecer de la protesta en la Plaza Porticada llega después de una asamblea del Sindicato de Vivienda de Cantabria en la que un centenar de personas compartió problemas con alquileres, fianzas, reparaciones, desahucios y contratos de temporada
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Este martes, el encuentro convocado por el Sindicato de Vivienda en la Plaza del Ayuntamiento se convirtió, disposición en círculo incluida, en una especie de confesionario colectivo, un aliviadero de los múltiples abusos que sufren muchos inquilinos en su día a día: desde las negativas a reparaciones hasta las leoninas condiciones en materia de fianzas y exigencias, pasando por el ya casi asumido alquiler de temporada, esto es, la expulsión de los pisos en verano para hacer hueco a los más rentables inquilinos de verano.

Ese conjunto de historias –un centenar de asistentes- convivían con otras más duras: desahucios, amenazas como las que sufren los vecinos del bloque de Hermanos Calderón que la Caixa le pasó a un fondo –y del que el Ayuntamiento presumió como política social de vivienda—hasta casos recientes de agresiones policiales a personas que intentaban parar un desahucio –hace unos años, en Astillero-.

Al lado, otro círculo, más reducido, pero más constante, y, como la crisis de los alquileres, impensable hace una década : los freetours que muestran a los turistas, los estacionalizados y los desestacionalizados, una ciudad, Santander, que se ha sumado con el furor del converso al turismo cultural que en Bilbao ya había cumplido sus bodas de plata –furor discursivo, toda vez que quien ejecuta las instalaciones turísticas comparte nombre, pero no es la ciudad, sino el Banco; o directamente son otras administraciones, como la autonómica, caso Mupac, o estatal, el Reina Sofía–.

Ahora es miércoles y es el segundo amanecer de la acampada en la Porticada, que ha crecido respecto al primero tras el encuentro de anoche, y amplía su estructura con carteles que evocan los problemas para pagar el alquiler, la dependencia rentista y el recuerdo a Maricarmen, pero también a la santanderina Amparo Pérez. El campamento, en el mismo escenario que en su día el 15-M, también suma actividad durante el día: asamblea, confección de pancartas y talleres como el de salud mental previsto para esta tarde.

Es pronto, prontísimo: esa primera hora de la mañana en la que sigue siendo de noche y sólo deambulan por las calles quienes salen a correr o a pasear el perro, cruzándose con los trabajadores de la limpieza –el Ayuntamiento parece haber metido al acelerador para llegar antes de las elecciones a que se nos olvide el estado al que dejaron que las empresas sometieran a la ciudad–. Madrugan también quienes cogen el coche para irse a trabajar a otros municipios, y los migrantes a los que otros compañeros recogen en furgonetas para irse a la obra, mientras las que al menos trabajan en la ciudad se dirigen al portal o a la oficina antes de que llegue la actividad.

Poco a poco, la acampada se despereza y marchan para volver cuando puedan quienes tienen que ir a trabajar o a la universidad –los perfiles mayoritarios bajo las Quechuas-.

Todavía no han abierto ni los bares del centro –tal vez las estaciones, poco después el de al lado del Ayuntamiento- porque hace tiempo que por aquí nadie se toma un café antes de entrar a un trabajo que implique madrugar: no lo hace, desde luego, el rentismo que vive de los inquilinos y a quien nadie le exige que demuestre su actividad laboral –ni que acredite el riesgo que sí afronta cualquier autónomo o empresario cuya inversión no depende de la muerte de familiares a los que heredar-, ni el comercio, la hostelería o las oficinas. Que son desde hace tiempo , y cada vez más, quienes pueblan el paisaje urbano del centro de la ciudad que quiso ser Málaga y parece estar consiguiéndolo –dice una antigua maldición que ojalá te conceda Dios lo que deseas-. Madruga, también, una primera tanda de los viajantes de los ruedines, camino de las estaciones o tal vez un taxi al aeropuerto, aunque el pase principal de las maletas se concentra antes de las doce.

Mientras el campamento porticado afrontaba su segundo día pendiente de su propia organización y las novedades institucionales y del movimiento general de vivienda, abandonaba la ciudad uno de esos cruceros que la ciudad y el Puerto tanto se empeñan en recibir. Sus luces seguían destacando entre lo que quedaba de noche, evidenciando que, a esas horas, en Santander, quienes realmente estaban habitando un centro vaciado de vida humana eran, sí, los acampados.

 

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