Un fin de semana sin asombros en el Palacio de Festivales. Un estreno nacional de teatro -«Moderación»- y una gala lírica a dos voces.

Hay semanas más productivas que otras escuchando y viendo novedades atrayentes en el Palacio de Festivales de Santander. La pasada prometía un estreno de una obra recién llegada de ese Nueva York que cuenta las butacas (más de 400: Broadway – Menos de 400: off-Broadway) en un pequeño éxito local que ahora quiere ser español. Lo tiene difícil “Moderación”, antes “Job”. Los problemas no están en el texto, que también. Quedaba el consuelo de una gala lírica venida a menos (2/3 de la sala pequeña) y con una diferencia grande entre voces: una en un esplendor otoñal grandioso, otra que todavía no sabe representar un “vasillo” (besito). Pasen y lean.
Tiempo de lectura: 6 min

Cantó – Janer. Terapia a distancia

Moderación – Teatro de Max Wolf Friedlich – Sala Pereda – 9 de octubre – 19:30 horas

Loyd y Jane, Nueva York 2024

En una larga sala rectangular, tras sonidos misteriosos y juego de inquietantes luces, aparece por la izquierda un actor haciendo de psicólogo terapeuta (Toni Cantó) y una chica con una pistola en mano apuntándole desde la derecha (Astrid Janer). Primera palabra: “¡Cállate!”. Empiezan unos intensos 70 minutos de la versión en español de una obra de  estrenada en Nueva York el 6 de septiembre de 2023, ayer mismo. Fueron dos días de estreno nacional en el Palacio de Festivales de lo que ahora se titula “Moderación” (el texto original lleva por título “Job”, palabra que centra la atención del espectador en otras situaciones quizás más comprensivas), versión y dirección de Bernabé Rico.

La obra es el enfrentamiento entre Loyd, terapeuta de San Francisco especializado en personas con grandes problemas, y su nueva paciente, Jane. Ella acude a él para una sesión única tras haber tenido una crisis de pánico en el trabajo. El informe final de Loyd puede determinar si ella se reincorpora al trabajo. A partir de estas premisas una sucesión de diálogos inquietantes revelan lo oculto del desagradable trabajo de ser mediador de contenidos (eufemismo, como el de “soporte al usuario”) de una de las grandes empresas tecnológicas.

Loyd y Jane, Santander, 2026

Jane ha sido esta mediadora que poco a poco cuenta sus momentos casi de enajenación viendo y eliminando videos de torturas, aberraciones sexuales, matanzas y todo lo que la locura de las plataformas permite ser visualizado. Jane colapsa (se oye en el video que el terapeuta mira) y tras varios giros de guion se descubren las cartas entre Jane y Loyd, cartas marcadas por monstruosidades realizadas por él, ahora descubiertas. Cómo acaba todo: de ninguna manera. Final abierto y también con pistola en mano.

Teatro incómodo, sin momentos de esperanza, tenso y lleno de tópicos. Puede que haya triunfado en ese Broadway que admite todo, pero su traslación a una versión españolizada (a pesar de trascurrir en San Francisco) parece oportunista (suicidios reales de moderadoras de las big-tech). Textos acelerados, actuaciones no creíbles, escenografía extraña (seis metros por medio de terapia alejada) rompiendo quizás la más tradicional de Nueva York. Y qué decir de los actores. Una Astrid Janer (Andorra, 1995) desaforada, algo que puede exigir su papel, pero que resulta complicado de entender, tantas emociones no resueltas y cambiantes. Resulta más difícil creerse que Toni Cantó (Valencia, 1965) sea terapeuta; tiene voz para ello, pero no gesto ni convicción. Con ello hace a la disparatada historia neoyorkina algo que no va con él, ni con la obra.

Colofón: Alguien dijo una vez cuando le dio un cargo: “He logrado que Toni Cantó deje el teatro. España me debe una”. No lo consiguió.

Roberto Scandiuzzi, bajo

Gala lírica: Roberto Scandiuzzi, Tamar Iveri y Héctor Guerrero – Sala Pereda – 11 de octubre – 19:00 horas

El programa de la gala prometía “naturaleza, recuerdo y amor en la lírica romántica europea”, algo que apareció en pequeñas dosis en las voces de los dos cantantes invitados a interpretar canciones y arias en seis idiomas. Se pudo comprobar que no es lo mismo escuchar en ruso un poema ininteligible de Tolstoi que entender un pasaje de zarzuela sobre la fortuna. Pero vayamos por partes, dando paso a los protagonistas.

Tamar Iveri, soprano

Roberto Scandiuzzi, bajo. Uno de los grandes bajos (oposición curiosa) italianos volvía a Santander. Premio La Barraca de la UIMP en el 2008, el tiempo no ha mermado la calidad de su voz y ha aumentado su buen humor en escena. Abrió la velada y antes de iniciar su primera canción se ganó al público con su voz profunda: “Buonasera a tutti! Benvenuti!”. Su italo-español continuó con comentarios como -dirigiéndose al pianista- “cuando la orquesta es buena se puede cantar”. Le cor de Flegier (1881) fue la inspirada pieza con la que dejó sentado su timbre ágil y claro, en ese delicado francés que habla ¡del corno!: “J’aime le son du cor, le soir, au fond des bois…” (Me gusta el sonido del corno por la tarde, en el fondo del bosque).

Lució en su idioma natal (Treviso, 1958) en arias de Puccini o Verdi y necesitó partitura para la romanza Gracias fortuna mía de Gaztambide: “¡Es la memoria!”, excusa festiva. Con un brazo izquierdo en cabestrillo que no mermaba su gestualidad, se impuso en los dúos con su compañera, pero esa es la historia final. Sonriente, viviendo lo que canta, expresivo, con un buen legato, jugando con los adornos y florituras, una hermosa voz. Grande Roberto.

Héctor Guerrero

Tamar Iveri, soprano. Nacida en Georgia (Tbilisi, 1971) su pasado ha tenido aclamadas interpretaciones y algunas controversias. En Santander pareció que cantaba para el pianista, casi siempre emitiendo su voz hacía él apoyada en el lateral del piano gran cola de la noche. Su interpretación de las piezas por ella escogidas no trasmitía emociones, ni las de un primaveral deshielo ruso de Rachmáninov (algo difícil), ni mucho menos la amorosa Canción de la luna de Dvořák, momento esperado que sonó poco intenso (y eso que es un tierno canto de una ninfa -Rusalka- para conseguir el amor de un príncipe).

Héctor Guerrero Rodríguez, piano. Un buen pianista acompañante al que no liberaron la tapa en sus solos con un piano Steinway de gran cola abierto al estilo Spinet (solo se pliega hacia atrás la sección que cubre el atril y los martillos más cercanos al teclado). El sonido se resintió.

Duos y propinas. La gala terminaba con el dueto de Zerlina y Don Giovanni Là ci darem la mano de Mozart. Un aria para lucirse vocal y actoralmente. Roberto le echó ganas y dominio de la melodía con su mano izquierda saliendo del cabestrillo. Tamar pareció opacada, lejos de querer o no querer (“vorrei e non vorrei”). Triunfó Don Roberto.

Algo que ya fue muy claro en la segunda propina, la bella canción napolitana “La vucchella” (Tosti, 1891) que alguien se sabía y alguien no sabía qué hacer. Triunfó el que pedía un besito de la boquita: “Dammillo ‘nu vasillo”. Don Roberto.

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