INTERNACIONALISMO

Derechos humanos, derechos cercanos

La activista colombiana Erika Vélez, protegida por Amnistía Internacional, traslada a Cantabria la desaparición del Estado y la pelea sobre el territorio que arrastra a la población civil; la fotógrafa Ana Valiño rescata en una exposición en el Parlamento el legado de las mujeres saharauis que sufrieron el destierro a los campamentos tras la invasión marroquí; y un grupo de ciudadanos se prepara para el encierro de apoyo al pueblo de Gaza, durante todo el fin de semana en la parroquia santanderina de San Pío X.
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En el Valle de Cauca (en Colombia) la presencia del Estado es casi imperceptible e inoperante, y no sólo por ser una zona rural con dificultades de comunicación y déficit de inversiones. Lugares como Jamundí son zonas de enfrentamiento entre grupos armados ilegales y estructuras criminales, desde paramilitares, cárteles de la droga o grupos guerrilleros disidentes. Todos han acumulando el poder con el que hoy ejercen control del territorio, sembrando miedo, terror y violencia entre la población civil, especialmente del sur de este Departamento.

Ese control, según relataba a EL FARADIO Erika Vélez, acogida por Amnistía Internacional en su programa de protección de defensores de los derechos humanos y que visita estos días Cantabria –charlas en institutos, formación a profesores y una intervención el viernes a las 19.30 en La Vorágine- se extiende a cuestiones tan cotidianas como la fijación de toques de queda nocturnos, la prohibición de circular con casco en moto y con las ventanillas subidas en coche, o los tiroteos que obligan a refugiarse durante horas a los niños en las escuelas.

En ese entorno, con grupos tanto paramilitares como guerrilleros que no se acogieron a un proceso de paz que la población luchaba por asentar pese a las trabas del anterior gobierno, trabajos como el de Erika, desde la educación, desde la cultura,  estorban: la agenda de los líderes sociales busca mitigar el reclutamiento de menores para estos grupos, la sustitución de cultivos como la coca, la ruptura del aislamiento con la mejora de las vías de acceso, y sobre todo, la educación educación en Derechos Humanos a través del Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos y su sigla CPDH VALLE, desde donde trabaja para ayudar a la construcción de paz en los territorios.. Y eso se traduce en desplazamientos o asesinatos de activistas comunitarios.

También está prolongándose en el tiempo, también corre el riesgo de ser estructural y también tiene que ver con la falta de un Estado, aquí literalmente, la situación del pueblo saharaui.

A Ana Valiño el conocimiento le llegó en casa, por su propia familia, ya que tiene una hermana que acudía cada verano a su casa dentro del programa Vacaciones en Paz (ya está abierto el plazo para el de este año).

Visualizar el conflicto en niñas y niños que vienen cada verano y hacen vida diaria en campamentos en el desierto, sin las infraestructuras más básicas, puede llevar a pensar en una situación permanente: pero Ana Valiño logró localizar a las mujeres que eran adolescentes en el 75, cuando se produjo la invasión que les llevó a huir al desierto, y que estaban dispuestas, como los hombres, a alzarse en armas, pero se las encomendaron los cuidados.

Sus rostros y arrugas pueden verse desde el pasado viernes en la exposición en el patio del Parlamento de Cantabria, ligada al proyecto que desarrollan Cantabria por el Sáhara y Mundubat, integrantes ambas de la Coordinadora Cántabra de ONGDs, para visibilizar la situación de las mujeres saharauis en los campamentos, pilares sobre los que se asientan esas comunidades.

Ahora son abuelas que, tal y como contaba a EL FARADIO Ana Valiño,  son “transmisoras de un legado” y transmiten a las generaciones que les han sucedido un sentimiento de arraigo a la tierra que les arrebataron, porque están “acostumbradas a las traiciones”, pero “no pierden la esperanza”.

Son –algunas han fallecido, otras desarrollaron secuelas psicológicas para olvidarlo, o físicas, de por vida- “testigas vivas de un genocidio” que implicó asesinatos, violaciones, ataques químicos y bombardeos a centros sanitarios y hospitales.

Bombardeos en lo más básico que nos remiten en el acto a Gaza, Palestina, donde las bombas han caído en hospitales, colegios, ONGDs e incluso durante huidas de civiles o niños. La solidaridad (la ternura de los pueblos, en palabras de Gioconda Belli) se está trasladando de pueblo a pueblo, desde la base: desde las manifestaciones que impulsa Interpueblos a eventos como el que organizó Octubre o el más reciente, con masiva asistencia, de Cabezón por Gaza.

Este mismo fin de semana, desde el sábado a las diez hasta el lunes a las diez, habrá un encierro en la parroquia de San Pío X, en Santander (en la calle Juan del Castillo, entre Fernando de los Ríos y el Paseo del Alta-General Dávila).

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