Infancia fría
Fue en Carmona donde me explicaron por primera vez en qué consiste el «cuadru», técnica constructiva que late en las casas montañesas más antiguas. En verano se levantan cuatro postes y en ellos se apoya el tejado. Se pone entonces el “ramu”. Llegado el otoño se recubre esta estructura básica de piedra. No son muros de carga, entonces. El alma de madera y la piel de piedra son elementos diferenciados. Si la pared se viene abajo, la casa puede seguir funcionando hasta que se repare. Desafortunadamente son muchas las casas antiguas con el alma a la vista, esperando muertas de frío, arruinadas.
Consciente de su interés, quería tratar de explicar esta técnica y otros muchos conocimientos asociados de una manera que no fuera convencional. Mi intención era transmitir lo más antiguo de forma actual, no para compensar lo uno con lo otro, lo viejo con lo nuevo, sino muy al contrario, para demostrar que lo bueno e interesante es siempre moderno, tal y como defendía Manuel Llano. Pensé en el teatro, en concreto en la corriente denominada «teatro documental» (gracias a Alberto Conejero por la identificación del género), y resulta que coincidiendo en el tiempo la compañía Escena Miriñaque anunció una convocatoria de residencia, opté a ella con un proyecto relacionado con el «cuadru» y me seleccionaron, así que pedí una semana de vacaciones en el hospital y nos pusimos manos a la obra.
Nos reuníamos cada día y tratábamos de aterrizar el proyecto. Muy a mi pesar, no logré que llegara a cuajar. El tiempo fue poco (para mí, que no lo supe aprovechar) y cuando retorné a mi trabajo habitual perdí el pulso, o mejor, no pude mantener el nivel de interés que requiere armar una obra de teatro. Oportunidad habrá de retomar este tema. Pero el caso es que como parte de la residencia fuimos a Cabuérniga a hablar con el último pastor de Barcenillas, esa era la idea, vecino al que yo conocía de antes, encantador, pero del que desconocía en qué casa vivía. Llamamos a la puerta de una casa montañesa de libro para preguntar: vanos perfilados con sillería, balcón con geranios, suelo del portal empedrado y el alero marcando el límite de la casa (este lo marca la cortina de agua que cae, la «goterá», como hace la sombra en la casa japonesa tradicional según Tanizaki). Nos abrió una señora maravillosa.
Seria y alta, con ademanes contenidos, el hablar aspirado de la tierra, suave y regular. Le preguntamos por el pastor del pueblo pero sin saber cómo, terminamos hablando con ella de todo, es decir, de nosotros mismos, que es la mejor forma de hacerlo sobre todo lo que nos rodea, que es lo que nos hace. Así nos contó que tiene las manos siempre frías y que por eso en casa de su madre era ella la que “metía” la «borona». Cada acción tiene su verbo: la «borona» «se mete», no «se hace», aclaró. Mi generación la comía, la vuestra, nos dijo, si acaso sabe lo que es pero seguramente no la habréis ni probado y a la que viene detrás ni le sonará. Asentimos y le propusimos grabarla mientras nos explicaba el proceso. También nos contó que las tierras que eran comunales no es que carecieran de propietario, es que eran de todos, del pueblo, que es bien distinto, o sea, que propietario tenían, pero que tras la guerra la propiedad de estas tierras cambió. Pasó a manos de unos pocos. Nada que nos sorprendiera. También nos habló de su infancia, de cómo se fue a servir a una casa donde la trataban fatal.
Fue ella la que empleó la palabra «esclava». La entrecomillo porque, según se ve, es también una palabra montañesa, como «cuadru», “goterá” o «borona».
La conversación se oscureció, también el día. Era hora de regresar a Santander. El pastor quedaría para otro día. Nos dispusimos a recoger los aparejos. Ella quedó pensativa y dijo: eso es lo que más duele, ser ahora consciente de que entonces daba por bueno que alguien valiera más que yo porque sí, porque yo no valía nada. Miré al operario de cámara. Me hizo el gesto de que no, que ya no estaba grabando.
Eso es lo que la hacían creer, interesadamente. Esos intereses siguen vivos, quizá de otra forma, bajo otro ropaje, pero son los mismos.
Las niñas sirvientas montañesas fueron una constante. Las ancianas que recuerdan haberlo sido con dolor, lo son. He sabido de un documental que trata sobre este tema en Iguña y Anievas. Se titula “Las que fueron a servir”, dirigido por Patricia Hernández Guerrero. No lo he visto pero lo veré. Seguro también que los testimonios no diferirán mucho de la vida de la señora montañesa a la que de niña se le quedaron las manos frías, como una casa sin paredes desde entonces, con el alma al aire.