Fin de semana santanderino con el London City Ballet y canciones sefardíes. Coreografías casi actuales y sones de muchos siglos

El Palacio de Festivales de Cantabria a veces abre los domingos para ofrecer algún artista que gira por el mundo y sus fechas libres son pocas. Esta vez la gira de una soprano radicada en Berlín cantando nanas y canciones sefardíes tocó en festivo. Antes diez animosos bailarines resucitaron un ballet con sede londinense.
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London City Ballet – Momentum – Sala Argenta – 25 octubre – 19:30 horas

La puntualidad británica casi se logra en el comienzo de la gira norteña del renacido London City Ballet. Treinta años de retirada hacen de su reaparición un pequeño acontecimiento en el barrio de Bloomsbury donde residen y bailan coreografías de todos los siglos (bueno, de dos con músicas de tres siglos). En Santander se presentaron diez bailarines con cuatro coreografías distintas: Chaikovski y Larina Waltz (1993, coreógrafo Ashley Page), Shostakovich y su Concerto Pas de Deux (1966, coreógrafo Kenneth MacMillan), Listz y Consolations & Liebestraum (2009, coreógrafo Liam Scarlett) y Mussorgsky y Pictures at an Exhibitión (2014, coreógrafo Alexei Ratmansky). No entraba en el programa las dos coreografías más actuales del ballet lo que hizo de la velada un repaso de lo más clásico de las islas bajo el animado mecenazgo de Diana Spencer. Después de ella el parón hasta 2023, donde el renacido empuje de un director artístico como Christopher Marney ha vuelto a conquistar escenarios (¿por qué no incluyó alguna coreografía suya en el programa?).

Sala llena y dos partes casi idénticas en tiempos: 33 y 34 minutos. En la primera sucedieron las tres primeras piezas donde las parejas parecían el centro de cada coreografía, primero a ritmo de vals, después bajo un decorado soleado y naranja para terminar en una historia con música de piano de Listz con la que el malogrado Liam Scarlet (1986-2021) gustaba reflexionar sobre el ciclo de la vida. Esta coreografía suya se ofrecía por primera vez en la Europa no londinense. Fue lo mejor de una primera parte donde las evoluciones sobre el escenario fueron rápidas, abundando los saltos, giros y equilibrios, en un estilo que primaba lo físico sobre la expresividad: buenos atletas, músicas sugerentes, historias a adivinar.

La segunda parte cambió de planteamiento: una sola coreografía con todos los bailarines en danza (obvio, pero no siempre ocurre), un vestuario diferente y un fondo cambiante con dibujos basados en Kandinsky. Apareció el grupo con interacciones que expresaban agitaciones bien conjuntadas con la música, mientras las imágenes -círculos de colores a la manera abstracta rusa- jugaban al tres en raya: abstracción lirica para bailarines en constante movimiento. Los colores de la bandera de Ucrania cerraron la noche (incomprensible un poco, cuando músico de la obra y pintor fueron rusos y la última pieza –La gran puerta de Kiev– era un homenaje al zar). Dinámicos “Cuadros para una exposición” de un ballet que parece todavía anclado en una tradición que da seguridad a los danzantes, pero no emociona. Fueron comedidamente aplaudidos.

 

IMA Baroque Ensemble – Il canto della sirena – 26 octubre – 19:00 horas

Resulta extraño asistir en estos tiempos a un concierto donde la figura principal es una comandante del ejército israelí que participó en la guerra del Líbano y que el centro de sus canciones sean las nanas. Ella, la soprano Tahila Nini-Golstein cantó arropada por un ensemble barroco de nombre “IMA”, palabra hebrea que significa madre y encarna el espíritu de cuidado de las mujeres y de sus voces marginadas en la era barroca.

Tahila, prima de la cantante Noa, vive en Alemania y desde allí recrea las canciones sefardíes. Inició a capella una nana popular ladina que dice “Nani, nani, nani quere el hijo, el hijo de la madre, de chico se haga grande. Ay, dúrmite mi alma, que tu padre viene, con muncha alegría”; lo que parece hermoso acaba siendo un drama conyugal que si no se explica no se entiende. Siguieron temas con sirenas, dulces sirenas de Scarlatti o Uccellini tocadas por un grupo donde cada músico era gran especialista en su instrumento, fuera el traverso de Roy Amotz o el espléndido violoncello de Ira Gavol (que gusta tocar su centenario cello a la manera de la viola de gamba, de la que también es especialista). Cuenta el programa que suelen acompañar música y narración; pero no esta vez, lo que produce no entender este mundo lleno de sirenas elegido para la ocasión.

El cuarteto -Roy, Ira, la violinista Daria Spiridinova y el clave de Zvi Meniker- transitaba por temas de los siglos XVI, XVII y XVIII, apareciendo Tahila para deleitar con arias de óperas italianas y alguna canción sefardí. Su presencia escénica iba acompañada del uso de una tablet en su mano derecha lo que alteraba su expresividad (¿tan difícil hubiera sido utilizar un atril?), pero no su bello y potente sonido, transmitiendo emociones que se quedaban a medias por el uso de la lectura informática. Voz privilegiada, timbre cálido, que merece libertades de movimiento en sus arias y canciones.

Sin ninguna pausa, el concierto parecía acabarse a los 65 minutos esperados, pero una sala medio llena pedía más. Y se coló un primer bis –La sirena de Gastoldi, 1596- que estaba anunciado como decimotercer tema de la noche (¿por qué este trampantojo musical?) y un cierre que resulto maravilloso -ya sin tablet y con voz plena- de la picaresca tradicional sefardí (Dame la mano mi paloma y otras estrofas picantes). Noche que empezó y acabó sefardita con músicos privilegiados.

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