Capítulo 4: Más allá de políticos y militares: un régimen fuera de su tiempo
VIENE DE:
Para finales de los sesenta, con un mundo cambiante ahí fuera –con un mundo en el que la posguerra mundial era historia reciente y en el que se abrían movimientos reivindicativos como Mayo del 68-., la dictadura, pese a su teórico mensaje de encontrarse en un momento de apertura social y desarrollismo económico, seguía recreándose en el callejero en su propia historia.
En 1968 se pone a una calle el nombre de la Columna Sagardía, y en 1970 a Zancajo Osorio gobernador civil durante la dictadura. El régimen seguía buscando mártires propios y en 1975 le puso una calle a Carrero Blanco, asesinado en 1973 –calle que fue sustituida recientemente sin mayores problemas ni división social, que es lo que pronostica Gema Igual , alcaldesa de Santander, que pasará cuando se terminen de quitar las calles de homenaje al franquismo cuya retirada está dilatando. Un argumento que sí que choca con la historia local, en la que nunca ha pasado nada cuando se ha eliminado una calle de la dictadura–.
En cualquier caso, como vimos con nombres en los que era evidente como Sierra de los Leones, Baleares o Canarias, siempre quedará la duda de si todos los nombres geográficos del callejero local lo son por motivos territoriales o por guiños a batallas importantes para la Guerra.
Del mismo modo, la dictadura también trató de buscar la legitimidad que sabía que no tenía en lo político y que sólo podía defender gracias a la censura en prensa o al monopolio del NO-DO –el único informativo que podía verse–, las escuelas y las iglesias, en la religión o en la historia. Siempre será legítimo dudar de si la profusión de nombres religiosos fue por fe, arraigo o propaganda. Lo mismo puede plantearse con hechos históricos (ligados al desembarco en América, por ejemplo): si se decidieron por respeto a las gestas del pasado o buscando forzar identificaciones de siglos, en el fondo insostenibles. Muchos de esos casos están expuestos en el libro ‘Caminar sobre lo innombrable’, editado por La Vorágine.
Cuatro décadas de dictadura y pensamiento único dan para cierto margen de evolución, e incluso para producir sus propias figuras homenajeables –pensamos que está claro, pero recordamos una vez más que los nombres de las calles son para ensalzar a quien se considera referente o ejemplo–, de los que nuevamente será legítimo cuestionar si tenían méritos propios o si la cercanía con la dictadura fue el mérito. En esa lista pueden encajar figuras como el cardenal Herrera Oria, creador de la Asociación Católica de Propagandistas –aunque con matices en su relación con el franquismo–, con calle a su nombre implantada en 1975. Al fundador de la Guardia Civil, pilar en que se apoyó el régimen para el control por la fuerza, se le dedicó una calle en 1970.
El régimen ya tiene interiorizado lo de premiar a sus figuras de algún modo: en 1960, apenas dos años después de su muerte, se aprobó en los Jardines de Pereda, cercano al monumento a la escritora Concha Espina, a su hijo Víctor de la Serna, con una destacada trayectoria periodística, sobre la que siempre quedará la duda de si el reconocimiento fue por ella o por su adscripción falangista –e incluso pronazi: sus periódicos defendieron a Hitler en la II Guerra Mundial y acabaría trabajando en una embajada de la Alemania nazi–. ¿Más rastros de simpatías nazis en las calles? El papa Pio XII, que dio nombre a una calle en 1966, ocho años después de su muerte.
A Pancho Cossío, figura cultural oficial del Régimen, histórico de las JONS –integradas en Falange– , se le dedicó una calle ya en el 76, cuando ya no estaba Franco, pero tampoco la democracia. ¿Tendría parque el doctor Morales, torturador de la pintora de prestigio internacional Leonora Carrington, seguidor de las doctrinas del doctor Mengele, si no hubiera sido afín al régimen? Otra pregunta legítima, teniendo en cuenta que quien atesora legado casi un siglo después, en todo el mundo, es ella, de quien la ciudad no se acuerda –aunque los santanderinos sí-.
«Leonora pulverizó todas las prisiones a las que estaba destinada”
Y sigue teniendo calle en Santander –y monumento en la Virgen del Mar, que debiera ser patrona de todos los santanderinos, pero que glorifica a quien humilló a muchos de sus vecinos– el infame Soto Pidal, capellán de Ciriego que robó el nombre a los fusilados republicanos dejándoles, en una nada cristiana actitud, anónimos ante sus familias, hasta que los rescató la paciencia investigadora de Antonio Ontañón, presidente de honor de Héroes de la República–.
Porque otra de las funciones que cumplieron las calles propagandísticas, con nombres a quienes no se conformaron con ganar, sino que optaron por el ensañamiento y la humillación desde el poder, era recordar quién mandaba y quién había construido esa nueva ciudad que no era ya ni la de todos ni la de toda la vida.