No queremos sobrevivir: queremos vivir
Victoria Cedrún es integrante de la dirección de Izquierda Unida Cantabria
Cada 25 de noviembre vuelvo a preguntarme cuántas veces más tendremos que alzar la voz para que la violencia machista no sea un asunto que se recuerda un día y se olvida al siguiente. Lo hago como mujer, como ciudadana, como trabajadora y como alguien que ha visto de cerca cómo este problema atraviesa vidas enteras. Y lo hago también desde la indignación, porque en un país que presume de democracia avanzada, aún hay fuerzas políticas que niegan la violencia que sufrimos solo por ser mujeres.
La violencia contra las mujeres no es un hecho aislado, ni una cadena de episodios desgraciados. Es un sistema. Un sistema que se sostiene en siglos de desigualdad, en el miedo sembrado en los cuerpos de las mujeres y en la impunidad que todavía demasiadas veces acompaña a los agresores. Es la expresión más brutal de una estructura que ha permitido que demasiados hombres sientan que pueden controlar, vigilar, castigar o incluso acabar con la vida de una mujer. La violencia machista es la expresión más extrema de una estructura que nos quiere pequeñas, dóciles y sumisas.
Quienes desde las instituciones difunden la idea de que “no existe”, de que “son inventos ideológicos” o de que “todos somos iguales ante la ley”, no solo están mintiendo: están poniendo en riesgo a miles de mujeres. Porque cuando la palabra “machista” desaparece de los discursos, de los presupuestos y de las políticas públicas, lo que desaparece en realidad es nuestra protección. No es un debate semántico; es una cuestión de vida o muerte.
Pero no todas las violencias dejan moratones. Está la violencia económica que condena a muchas mujeres a no poder salir de una relación porque no tienen un lugar donde ir. La judicial, cuando se duda de nuestras declaraciones o se archivan denuncias sin investigación suficiente. La institucional, cuando la respuesta del Estado llega tarde o mal. Y también la social: esa que tolera el insulto, normaliza los celos, minimiza el control y responsabiliza a las víctimas.
El 25N no debería servir solo para recordar a las asesinadas ni ser solo un ritual público de minutos de silencio. Debería ser un golpe sobre la mesa. Un espejo donde la política se vea obligada a reconocer sus fallos. ¿Dónde están los recursos suficientes para casas de acogida? ¿Por qué se siguen cerrando puntos de información a mujeres en zonas rurales? ¿Por qué algunas administraciones permiten retrocesos en educación afectivo-sexual, sabiendo que la prevención empieza en las aulas? ¿Por qué tenemos que seguir pidiendo que se cumplan leyes que ya existen?.
La violencia machista no se combate con declaraciones vacías ni con discursos que intentan contentar a todos. Se combate con presupuesto, con valentía y con claridad. Con políticas públicas fuertes, sostenidas en el tiempo y blindadas frente a los vaivenes ideológicos. Con una justicia que entienda la perspectiva de género como herramienta, no como una amenaza. Con un compromiso de Estado que sitúe la vida de las mujeres por encima de los cálculos electorales.
Hoy, como cada 25N, nombro lo que duele, lo que falta y lo que aún nos deben. Pero también nombro lo que nos sobra: el miedo, el silencio y la resignación. Nos sobran los discursos revisionistas, las negaciones interesadas y los ataques a los avances logrados con décadas de lucha feminista.
Porque no queremos sobrevivir. Queremos vivir. Y vivir en un país donde la política esté, de una vez por todas, a la altura de la vida de las mujeres.