Miserables
Ponga un puente en su vida.
Puede parecer un eslogan publicitario de las décadas de los 50/60 del pasado siglo.
O la idea para una película de Berlanga, a la que habrá que cambiar el título por aquello de la censura franquista.
No fuese a ser que el régimen se sintiera señalado.
Pero no. No quiero vender nada.
La verdad es que simplemente me dejo llevar por la realidad cotidiana.
Si en lugar de escribir unas líneas con la pretensión de llegar a cuantos más mejor, estuviese narrándoles un relato sobre mi experiencia al volver a mi barrio, en bici desde mi lugar de trabajo, les pediría que se relajasen y cerrasen los ojos.
Hoy, comenzaría, al salir del trabajo he tomado la ruta habitual. La misma que he recorrido esta mañana inversamente desde mi domicilio hasta la fábrica.
Es un trayecto que suelo realizar en no más de media hora. Sin complicaciones, seguro, poco tráfico y que sirve para despejarme.
Pero hoy no.
Hoy todo ha cambiado.
No llevaba apenas diez minutos cuando por sorpresa, al pasar bajo el puente de la autovía, me he tropezado casi de bruces, con un grupo de personas que han ocupado ése espacio buscando un cobijo bajo el que guarecerse.
Gente de todas las edades.
Desde ancianos a lactantes.
Familias, supongo, formadas por lazos sanguíneos o de fatigas (que normalmente unen más), que se han visto desplazados y obligados a sobrevivir de cualquier manera.
La verdad es que me ha quedado mal cuerpo.
Vaya mierda de viernes.
Y eso que yo, hoy al llegar, tendré una cama y un caldo caliente.
El sábado ha amanecido como si fuese laboral.
Desayuno y bici.
Mismo trayecto, pero con destino bajo el puente.
Llegando veo personas que ayer no estaban.
Personas que han venido a ayudar….. y que saben hacerlo.
Pertenecen, más bien conforman, esas organizaciones que siempre ayudan y aparecen no se sabe de dónde, para ofrecer una mano a la que agarrarse.
De repente me he sentido estúpido. Si no llegan a estar éllos aquí, no sé qué hubiese hecho.
Con mis manos vacías.
Con mi inutilidad inútil.
Pero no. Estaban. Así que me he dirigido a uno de éllos y le he dicho que me mandase .
Que me diese trabajo que hacer.
Y el muy jodido, me ha mirado de arriba a abajo, con una sonrisa socarrona, y me ha hecho caso.
Había mucho por hacer.
Y así, trajinando sin apenas pausa, ha transcurrido la mañana.
He aprendido de primera mano la importancia que tiene el saber de dónde sopla el viento.
La importancia que tienen unos cartones o un buén plástico cuando en éllos está la diferencia que consigue que el frío pase a ser soportable , y poder evitar mojarte y tener que estar calado hasta los huesos todo el día.
Cada uno en lo suyo.
Unos sanitarios curando heridas, desinfectando y vendando.
Controlando fiebres y véte a saber qué.
Sin preguntas. Sin intención de saber cómo han llegado a ésa situación.
Cada quien tiene su historia.
Y los hay que en su día fueron holgadamente acomodados.
Circunstancias y malas decisiones, que a los poderosos no pasan factura, a otros les arruina la vida.
Como si de repente hubiese caducado y comenzases a vivir sin permiso.
Da igual que sea en Cantabria, Badalona , Gaza o Venezuela.
Acosado por el sheriff de turno.
El que dice quién vive y quien sobra.
Al final de la mañana, ha aparecido un camión con dos retretes de obra.
Ningún ayuntamiento.
Ningún organismo oficial.
Un voluntario es encargado de obras y se las arregla para dar uso al material que está parado.
En fin, en esas estaba cuando Hugo, el jodido de antes, me dice que le acompañe.
Que nos vamos a comer.
No me ha tenido que insistir.
La verdad es que tenía gazuza.
Y al volante de su furgoneta, nos hemos dirigido a un supermercado, en donde nos hemos aprovisionado de pan y chorizo.
Jamás un bocadillo ha sabido tanto. Ha saciado tanto. Ha tenido tanto significado para mi.
El significado de tener un techo y comer tres veces al día.
Un manjar comido en silencio, mientras notaba la mirada del jodido.
Una mirada que escondia una pregunta que, por prudencia, no quería hacer.
La tarea de la tarde concluyó sobre las 20 horas.
Hora de recoger.
Y entonces surgió la pregunta que antes no.
La jodida pregunta hecha por el jodido.
¿ Te volveré a ver por aquí?
Bueno, le digo, sé dónde estáis, y sé que puedo preguntar por Hugo.
El tipo suelta una carcajada y me dice … «Aquí, todos nos llamamos Hugo».
Sigue riéndose, el muy imbécil, y me dice mientras se aleja : » Si vuelves también te llamarás Hugo, y sabrás porqué».
Supongo que si yo me viese la cara que se me estaba quedando, también me reiría.
Así que cojo mi bici y pedaleo.
De vuelta a casa.
Bajo techo.
Hoy no quedo con nadie.
Me toca estar conmigo y asimilar demasiada información.
Información de esa que no queremos saber.
De esa que los dirigentes también procuran esquivar.
Porque, de no ser así, ¿ Cómo es posible que no tengan previsto un PROTOCOLO que haga frente a la Emergencia Habitacional?
¿ Tan ciega y cínica es la clase política, que soslaya éste drama, mientras se airean día sí y día también cada una de sus vergüenzas ?
¿ Tan ciegos y desnortados estamos, que no lo exigimos?
¿ Tan invulnerables y a salvo de vivir una situación similar nos creemos?
Llegado el momento, ¿ habrá suficientes puentes ?
¿ Tendremos en regla los papeles que nos permitan seguir viviendo?
Y en esas estaba, cuando he caído en la cuenta.
Ya sé porqué todos se llaman Hugo.
Porque , como en la obra de Víctor Hugo, están al lado de los abandonados por el poder y la justicia .
Están del lado de los miserables.