Yo también odio el año nuevo
“Cada mañana, cuando me despierto otra vez bajo el manto del cielo, siento que es para mí año nuevo. De ahí que odie esos año-nuevos de fecha fija que convierten la vida y el espíritu humano en un asunto comercial con sus consumos y su balance y previsión de gastos e ingresos de la vieja y nueva gestión.
Estos balances hacen perder el sentido de continuidad de la vida y del espíritu. Se acaba creyendo que de verdad entre un año y otro hay una solución de continuidad y que empieza una nueva historia, y se hacen buenos propósitos y se lamentan los despropósitos, etc., etc. Es un mal propio de las fecha (..)
Así la fecha se convierte en una molestia, un parapeto que impide ver que la historia sigue desarrollándose siguiendo una misma línea fundamental, sin bruscas paradas, como cuando en el cinematógrafo se rompe la película y se da un intervalo de luz cegadora.
Por eso odio el año nuevo. Quiero que cada mañana sea para mi año nuevo. Cada día quiero echar cuentas conmigo mismo, y renovarme cada día. Ningún día previamente establecido para el descanso. Las paradas las escojo yo mismo, cuando me siente borracho de vida intensa y quiera sumergirme en la animalidad para regresar con más vigor.” (“Bajo la Mole – Fragmentos de Civilización”, de Antonio Gramsci. Editorial Sequitur, Págs. 9-10 ).
Este fragmento casi completo del texto “odio el año nuevo” es del filósofo italiano Antonio Gramsci. Lo publicaría el 1 de enero de 1916 en su columna “Sotto La mole” del periódico italiano socialista, Avanti! .
Cuando escribimos algo, sin darnos cuenta o siendo mas o menos conscientes, confrontamos con la realidad de los tiempos que nos ha tocado vivir; a favor, en contra, con matices, evadiéndonos, o involucrándonos hasta el tuétano. Sea como fuere, somos en gran parte la expresión subjetiva del contexto que nos rodea. Ese Yo colocado en las circunstancias que diría Ortega, acompañado del Ser y del Tiempo, del Existir si nos ponemos existenciales como lo reinterpreta Sartre en su Ser y la Nada, recordándonos que estamos condenados a ser libres y que, al hacerlo, nuestras elecciones marcan el sentido de nuestra existencia, algo que no deja de generar cierta angustia, la verdad. Una responsabilidad que llevamos a cuestas y que, como Sísifo, hace que subamos la cuesta para luego volver a caer y así subirla otra vez. Quizás por eso nos volvemos receptivos a la indiferencia, a ese mirar hacia otro lado como si no fuera con nosotros; a ese “si no lo hacen ellos, que pueden, qué voy a hacer yo” . Y en ese Ellos mas o menos definido colocamos una responsabilidad que nos pesa demasiado.
Y en ese ir y venir parece como si no avanzásemos nada, como si en el ritual de finales y comienzos, en el que se convierte el final y comienzo del año, como borrón y cuenta nueva, tuviéramos espacio y tiempo para cometer los mismos errores… otra vez. Incapaces de desprendernos de la piedra o de seguir hacia delante con ella, nos metemos en un bucle que nos lleva al mismo punto de partida. Tal vez eso es lo que le enerva a Gramsci y por eso propone que esa renovación, que esa autocrítica, no se dé de esa manera, sino que salgamos de ese bucle de ratón de laboratorio y avancemos con lo que tenemos. Que la historia continúe y que ese propósito de enmienda, si se tiene que dar, sea día a día, formando parte de nosotros. De esa manera ser conscientes y “estar a lo que celebras”, como decía mi abuela, resumiéndolo todo en una frase de sabiduría popular y demostrando cuantas formas de saber hay y cómo pueden llevarnos al mismo sitio.
Cuando Gramsci escribe este texto, el mundo en el que vivía también se asomaba a un precipicio. Si lo piensas un poco, la Historia está llena de precipicios a los que la humanidad se ha ido asomando con mejor o menor equilibrio, voluntad de saltar, volar, precipitarse en el vacío, seguir caminando como si no pasara nada, o pasando todo al mismo tiempo. En su época; a las puertas de una guerra mundial provocada por las aspiraciones imperialistas de potencias dispuestas a despellejarse a costa de lo que fuera por lograr su hegemonía ¿nos suena?. Y en mitad de esa carnicería o precisamente interpelados por ella «jóvenes que no se conocen y no se odian se matan por decisión de viejos que sí se conocen y se odian, pero no se matan entre sí» frase atribuida al piloto alemán Erich Hartmann o al poeta y filósofo francés Paul Valery .
Y siempre ese tópico , demasiado cierto, de que la historia se repite, como si esta versión de Sísifo y su piedra se repitiera sin otra opción que cambiar algo para que todo siguiera igual, o peor. No parece que la cosa pinte mejor tal y como hemos empezado este 2026. Han pasado exactamente 110 años desde su texto y al igual que Gramsci “odio” el año nuevo pero, no sé si a los indiferentes, a quien odio es a los «odiadores».