Odio a los odiadores

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En el anterior artículo me refería a Gramsci y a como y porqué el filósofo italiano decidía odiar un año nuevo convertido en coartada para que al final nada cambiara y el mundo siguiera igual. Gramsci odiaba el año nuevo por eso, porque dejábamos nuestras buenas intenciones, nuestro potencial de cambiar las cosas, encapsulado en unos días como ínsula de una barataria desagregada de la realidad, como un sueño efímero en el que poder descansar para seguir normalizando las pesadillas, las propias las primeras. Y en ese “odiar” Gramsci también odiaba a los indiferentes como nos recuerda su magistral texto. Corría el año 1917 en plena Primera Guerra Mundial:

“Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes. La indiferencia es el peso muerto de la historia.”

Y da igual el tiempo que ha pasado, es sorprendente su actualidad, pero quizás la Indiferencia de hoy es diferente a las de un principio de s. XX que anticipaba el Cambalache que se avecinaba, como decía la canción. O quizás la forma de tomar partido de hoy, en demasiados casos, no obedece al ideal Gramsciano, sino que es más bien una militancia sectaria de un subjetivismo totalizador que se multiplica en las redes sociales a golpe de sesgos de confirmación. Abordar la realidad no es investigar desde el sentido crítico, desde el lugar del contrario a quien hemos convertido no en adversario, sino en enemigo. Y de esa manera, conscientes o no, hemos comenzado a repetir esa fórmula deshumanizadora cuyo último escalón nos lleva a páginas de la historia que creíamos haber superado o que por lo menos habíamos marcado a fuego para tenerlas como ejemplo del que aprender, donde colocar el punto cardinal del imperativo moral Kantiano; principio ético fundamental que establece que debemos actuar solo según una máxima que podamos querer que se convierta en una ley universal, algo así como que queramos para el resto aquello que deseamos para nosotros; entendiendo la humanidad como un fin en si mismo, no como un medio. Ese principio se presenta en la religión y en la filosofía como fórmula que transita contextos y épocas y que la Ilustración quiso colocar como uno de los ejes del diálogo de la razón y la ética. Así, los derechos humanos o son universales o no son. Así surge esa declaración del horror del Holocausto tras los juicios de Nuremberg donde el hombre normal se vio reflejado en el espejo de su propia monstruosidad sin necesidad de convertirse en un monstruo, simplemente haciendo lo que hacen los demás, asumiendo como lógico la deshumanización del diferente, o no haciendo nada y dejando que todo pasara; convirtiéndose en ese peso muerto de la Historia. Un peso muerto cómplice del asesinato. Quizás por eso los odiaba Gramsci. Lo que no sé es si los odiadores de ahora le dan ese sentido de reflexión y crítica, si incorporan esos valores que la Historia se empeña en recordarnos y que nos empeñamos en menospreciar, banalizar o infantilizarlos olvidando a todos y todas los que dieron sus vidas por defenderlos, a todos y todas los que hoy la siguen dando y luchan día a día para que la lógica del odiador no sea la que codifica nuestra manera de vivir, la forma que tenemos de relacionarnos; de opinar, de posicionarnos ante quien piensa o siente diferente a como nosotros lo hacemos. Depositarios de la verdad olvidan que quizás ese sesgo de confirmación, como si del algoritmo de las redes sociales se tratara, hace que sentencien, que juzguen, que ataquen sin mas objetivo que la caricatura, el menosprecio, que el supremacismo de un ego que solo escucha lo que su prejuicio le dicta. Y así sus valores los defiende odiando, como si Maquiavelo tuviera razón y el fin justificara los medios.

Y no, no se trata de ser equidistante sino, todo lo contrario, de ser capaces de señalar la desnudez de los reyes que nos rodean y que dicen defender los mismos valores que nosotros, pero sin importarles lo mas mínimo insultar, humillar, renunciar al pensamiento crítico y a complejizar los análisis. Es verdad que se tarda un poco más que un “reel” de instagram, un tutorial de youtube, el argumentario de turno o un artículo de propaganda y militancia sectárea. Es verdad que nos es tan inmediato como el meme que recibimos en wasap y lo convertimos en viral. Es verdad que se trata de parar, escuchar, debatir, frustrarnos, asumir que quizás estoy equivocado o reconocer la parte de verdad (y humanidad) desde donde el otro construye su argumento. De crear marcos de comprensión de una realidad empeñada en pasarnos por encima. Al hacerlo, los odiadores de turno dejan de tener ese poder, ese protagonismo, de acaparar portadas, de generar corrientes de opinión vendidas como verdades absolutas y excusa para eliminar al contrario (total “Yo soy de los buenos”).

Al hacerlo; ya no les necesitamos; ni a ellos, ni a esa parte de nosotros mismos que nos hace odiarles.

P.D: Que digo yo, que a ver si hay gente que se vuelve indiferente porque está harta de tanto odiador.

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