Un armonicista conquista Santander: Antonio Serrano en dúo virtuoso con Kaele Jiménez: “Jazz Caló”. Y junto al mar volvió a sonar el fascinante Septimino de Beethoven

Hacer de la armónica un instrumento válido para la música clásica, el jazz o el flamenco, solo hay una persona en el mundo que pueda hacerlo: Antonio Serrano, armonicista desde pequeño. Ahora se ha juntado con una prometedora figura del piano que a los cuatro años ya combinaba el jazz con sus raíces flamencas: Kaele Jiménez. También llegaron con el viento del oeste siete músicos sinfónicos desde Galicia para tocar un Beethoven muy cantábile. Clásico y moderno de calidad.
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Antonio Serrano y Kaele Jiménez – Jazz Caló – Cine Los Ángeles – 7 febrero -19:30 horas

A veces los conciertos son una caja de sorpresas o, por lo menos, de curiosas novedades informativas. Así te enteras de primera mano que el reciente Premio Nacional de Músicas Actuales 2025 -Antonio Serrano, Madrid, 1974- comenzó su armonioso aprendizaje con el tema “Oh, Susana” y su armónica diatónica infantil. Ahora es requerido por todas las orquestas clásicas y no clásicas del planeta para que “armonice” Bach con Louis Armstrong, John Coltrane con Paco de Lucia. Su facilidad para interpretar (clásica, jazz, flamenco, pop o lo que le motive en cada momento) le ha llevado a ser reconocido como el más comprensivo y excelente armonicista del universo. Tocó el pasado sábado en Santander.

José Luis “Kaele” Jiménez (Medina de Rioseco, 2001) comenzó a tocar el piano a los cuatro años de forma autodidacta intentando seguir el ritmo vertiginoso de Giant Steps (1960) de Coltrane (pianista Tommy Flanagan). Ya le gustaba el buen jazz entonces, lo mismo que el flamenco puro cantado, bailado o palmeado. Con oído absoluto cualquier tema o canción puede ser repetida por él al momento, sea el género musical que sea. Pero lo suyo es el jazz muy libre, con raíces flamencas y tocado en un piano de los grandes, preferentemente de cola de la marca Steinway.

Escenario sobrio. Antonio lucía armónicas diferentes que elegía con esmero de una ordenada mesa; tres de ellas utilizó, suponemos de la marca que le ayuda a mejorar el instrumento (Hohner ha puesto su nombre a una armónica cromática: Antonio Serrano Signature). Kaele tocó un piano vertical Kawai al aire (sin tapa, lo que producía ver los movimientos de los martillos golpeando las cuerdas) y un sintetizador Yamaha Montage 7. Presentados los artistas en el escenario estos rápidamente se fueron a Caí (Cadiz), un tema de Niña Pastori evocador y con cambios rítmicos resueltos con desenvoltura.

Antonio y Kaele maridaron sus habilidades musicales en una noche con ocho largos temas y dos propinas. Cada tema era un homenaje a -por orden de aparición-: Niña Pastori, Chano Dominguez, Paco de Lucia, Vicente Amigo, Chick Corea, John Coltrane y Federico García Lorca. Si Antonio deslumbró con Canción de amor, Kaele alucinó con sus múltiples caras con dos teclados en Rio Ancho. Siempre Paco de Lucía entre bambalinas celestiales disfrutando de ver las evoluciones y recreaciones de alguien al que tuvo diez años con una armónica cromática a su lado y un joven pianista que sabe mucho de jazz y de flamenco; los tiene ambos en sus raíces. Inmejorable dúo de Jazz Caló, un estilo y un álbum para recrearse del que asomaron dos temas, el entrañable Bolero de Vicente y el derroche rítmico de Brazo de Gitano, primera propina de la noche. La segunda propina fue coreada por el público que llenaba la sala: La tarara, en una versión llena de variaciones.

Antonio y Kaele ya no son maestro y discípulo; ahora son ya dos maestros que fusionan estilos y los hacen propios, muy propios y libres. Ya lo dicen ellos: “Juntamos el alma del flamenco con la libertad del jazz”. Músicos creativos con muchas almas.

 

Grupo Untía – Beethoven y su genial Septimino – Centro Botín – 8 y 9 febrero

Siete músicos de la Orquesta Sinfónica de Galicia han creado un ensemble variable que sabe divulgar experiencias musicales para todas las edades, maravillar a un público adulto y asombrar a espectadores con pocos años. Se llaman grupo “Untía”, ese castro prerromano sobre el que se creó la villa de Betanzos. Cada uno de ellos es un virtuoso instrumentista y como septeto se presentaron dos días seguidos en tres sesiones en el auditorio del Centro Botín, primero con público familiar (aconsejado para niños a partir de 6 años acompañados de adultos), después con público matinal juvenil y en la noche del lunes para los amantes de Beethoven y su septimino más famoso y tarareado.

El Septeto en mi bemol mayor, op. 20 fue compuesto por Beethoven entre los años 1799 y 1800 y dedicado a la emperatriz austriaca María Teresa, amante de la buena música y cantante ocasional. Su éxito en la corte vienesa hizo más conocido al autor, todavía sin problemas de sordera. 226 años después, como dijo una niña del primer público, se tocaron sus melodías junto al mar. Una obra referencial con una estructura de serenata y seis movimientos. Los artistas: Regina Laza Pérez, violín – Luigi Mazzucato, viola – Raúl Miras, violonchelo – Tood Willamson, contrabajo – Juan Ferrer, clarinete – Nicolás Gómez, trompa – Alex Salgueiro, fagot.

La sesión familiar fue didáctica al máximo, con un mediador: el también compositor Esteban Sanz Vélez desvelando los secretos de la obra, su motor y cadencias. Fueron cuatro los movimientos que se interpretaron, pero con muchas explicaciones por medio de unos intérpretes locuaces: “Nunca paramos de estudiar”, “Llevamos 20 años juntos”, “Trabajamos en equipo y con motivación”, “Se le coge cariño al instrumento”, “No tenemos director del grupo, tenemos capitán”, “A veces un director puede ayudar, a veces molestar”, “La edad media del grupo son 43 años y medio”. Se le cogió cariño al grupo (y a su capitán Juan Ferrer).

La sesión nocturna incorporó otra obra complementaria: la Serenata in vano, CNW 69 del danés Carl Nielsen (1865-1931). Una obra de música de cámara ligera y humorística compuesta en 1914 para clarinete, fagot, trompa, violonchelo y contrabajo. Narra musicalmente el intento fallido de unos músicos por cortejar a una dama, terminando con una marcha final satírica: la serenata había sido en vano. Fueron ocho minutos de cambios misteriosos de una cuerda conjuntada y enérgica.

El septimino fue desarrollado movimiento a movimiento, con aplausos a finales de cada uno de ellos (estaba gustando). Beethoven era reconocible y animaba a disfrutar de la melodía tranquila de un Adagio, de los diálogos entre la cuerda y los vientos, de una trompa alegre y vivaz en el Scherzo y todos colaborando en la gran paleta de matices que el compositor puso en su Tempo de minuetto. El grupo disfrutaba y con ellos la sala llena. Llegó la propina: la primera contradanza de las Tres danzas latinas de Michele Mangoni (Urbino, 1966), una pieza para el lucimiento del clarinete (algunos ya sabíamos que el clarinetista Juan Ferrer era el capitán del grupo). Los “gallegos” (con algún italiano, valenciano, tejano, madrileño…) triunfaron con esa buena compañía que eligieron: el genio de Bonn, Ludwig el revolucionario.

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