La reacción del Ayuntamiento de Cartes contra la llegada de los jóvenes migrantes allanó el camino al discurso de Vox

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A la entrada y a la salida de Cartes, en ese punto en que el histórico y turístico empedrado da paso a espacios menos glamourosos, como polígonos, cruces de caminos, naves o rotondas, los migrantes que sacan cada día a sus trabajos y familias se mueven como pueden: los riders en patinete, los hombres de los buzos azules en bicicleta y las mujeres, de un lado para otro, en un Torrebús del que son las mayores conocedoras.

Ni al portavoz nacional de Seguridad de Vox ni a quienes le acompañaban en su comitiva, ni a los portavoces y dirigentes autonómicos del partido, ni al resto del equipo que trabajan con ellos, les han deslegitimado sus opiniones sobre la llegada de menores extranjeros a Cartes asegurando que no son del pueblo. El dirigente daba una rueda de prensa in situ, anunciada previamente en redes —es una práctica poco usual en la relación con medios, con el ánimo de convertir el formato en lugar de en un encuentro profesional con medios, en un evento más, aunque sin la acogida que parecía esperarse más allá del amplio equipo del propio partido–.

Su cargo y discurso vinculan migración y delincuencia: Inmigración, Interior y Seguridad. Lo esperado, por habitual, por esas filas, choca más en otras: fue la todavía alcaldesa de Cartes, adscrita a las siglas del PSOE, la primera que vinculó en voz alta migración y delincuencia, cuando, al destapar ella la llegada de menores extranjeros no acompañados al pueblo, aseguró que no se les podría integrar porque, entre los numerosos servicios que no tiene el municipio –por lo visto sólo para personas de otros países, no para familias que quisieran elegir esta zona para vivir–, estaba la poca policía. La regidora llegó a expresar en alto las horas en las que la villa de los torreones no tiene policía local (un mensaje que no fue consciente de que escucharía cualquier delincuente en Cantabria que gracias a ella ya sabe cuál es el mejor horario para actuar allí).

Ese fue el pecado original, la amplificación que hizo, sin preguntar para saber ni a la asociación ni a compañeras de partido con experiencia, antes de pasar a los hechos (la amenaza de cierre) y de que las llamadas externas le llevaran a cambiar el discurso, de la voz de una parte del pueblo –ese “los vecinos de Cartes” que se ha popularizado y que no puede ser genérico, toda vez que hay otros paisanos que se han expresado en medios y redes de otra forma, incluso a costa de los insultos y amenazas por parte de quienes teóricamente rechazaban a los jóvenes extranjeros como forma de proteger la convivencia, mientras que hay otros que directamente se han ofrecido como voluntarios para ayudarles –.

Y de ahí vino ese momento en que Cartes se convirtió en un mitin constante, en un plató con vídeos al servicio del partido, con mesas para recoger firmas, carteles, simbología, etc… Desde el Ayuntamiento se ha hecho con esa estrategia de intentar canalizar los hechos lo mismo que con la difusión de mensajes racistas y de odio: nada, ni distanciarse, ni criticarlos, ni desmentirlos.

Allí, el dirigente estatal de Vox ha asegurado que los hijos de los vecinos de Cartes ya no caminarán por estas calles con la misma seguridad –pocos minutos antes de su llegada, en el mundo real un grupo de pequeños junto a sus maestros recorría el camino real- y repasando el argumentario habitual: la generalización de casos, llegando a sostener que “no hay ninguno que no dé problemas” (ninguno, absolutamente ninguno, pese a la ausencia de preocupación hasta la fecha en Cantabria, donde hay varios espacios desde hace años), o a la generalizada edad “militar” –nuevo intento de asociarles a terminología violenta y a una supuesta obediencia debida a su país de origen, aunque no sepan cuál es —, citando el caso de una comunidad, apelando a pruebas de edad que , al tratarse de personas y no de árboles, serán siempre imprecisas –como podrá comprobar cualquiera que tenga hijos y vea las diferencias dentro de la misma clase–. No es, además, ni de lejos, el caso de Cartes.

Todo con un lenguaje deshumanizador que a la vez negaba la profesionalidad y efecto de quienes trabajan en estos centros, educadores y trabajadores sociales formados que parecen no ser capaces de educar a “manzanas podridas” o “lobos” que actúan como “depredadores”, instando a quienes los quieren al mítico “que los metan en sus casas” en lugar de “dejarles sueltos”.

Hay un punto en que la legalidad da igual: no sólo porque la propuesta de devolver a migrantes con residencia legal y algún delito lo sea, sino porque de repente el discurso evoluciona hacia que lo que molesta no es la seguridad o la legalidad, sino la mera presencia, al considerarse que el hecho de que estén en pueblos y ciudades, en terrazas en el transporte público, en parques y que abran comercios haga perder identidad. En las afueras de Cartes, en el polígono de entrada, vemos una ‘bowling’ americana.

Haciendo uso de su derecho a la libertad de expresión, una vecina ajena al evento expresó lo que piensan otros en el pueblo –opiniones que el Ayuntamiento minimizó y arrinconó en su alarmista y sincera primera reacción—: que no está de acuerdo con ese mensaje, que cree que puede ser delito de odio. Y al igual que las personas que las han expresado en redes y han sido recibidas con insultos, alusiones al físico o el monolítico “llevátelos a tu casa” que expresa un deseo de callar bocas, de limitar voces, también sucedió en el plano real. “¡¡Arranca para tu casa, iluminada!!”, le espetó alguien del séquito, que admitía, cerrando con un “¡¡Viva España!!” ese “no puedo con ellos” (con los que pensaban distinto). Porque esto nunca fue de convivencia.

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