Ese tipo de personas

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Hay un tipo de personas, de esas que siempre esta ahí, da igual que caigan chuzos de punta como decía mi abuela o, precisamente por eso, la Galerna contra la que luchan hace que salgan a la calles y sobre los charcos vayan dejando sus huellas sobre unas huellas que antes que ellos y ellas ya habían sido pisadas antes.

En un mundo de referentes cuestionados es muy complicado encontrarte a uno libre de la hoguera o la lapidación del contrario que cada vez se percibe más como enemigo: “Ser militante no es cargar con una cruz de sacrificio, es vivir la gloria interior de la lucha por la libertad en el sentido trascendente” por eso quizás esta frase de Pepe Múgica pueda de alguna manera recoger el significado de las acciones que estas personas llevan cabo. Más allá de siglas, cada una con las suyas o sin ellas, más allá de consignas maniqueas, o de postureos en las redes sociales donde podemos construirnos una imagen a la medida de nuestros anhelos, de nuestros propios egos sin necesidad de hacer mucho más y que satisface esa necesidad de percibirnos como algo más sin demasiado esfuerzo. De incorporar una frase bonita, un pie de página elocuente o una o una música que engrandezca la épica de la hazaña colectiva que necesitamos reivindicar como propia. Este tipo de personas representa esa verdad que quizás no se haga viral, más necesaria que nunca.

Es verdad que las redes sociales no representan la realidad, por suerte, pero también es verdad que cada vez lo hacen más como de manera premonitoria nos vaticinaba el filósofo francés Jean Braudillard y que avisaba de que a la realidad objetiva le quedaba cada vez menos espacio marginada por la sociedad del espectáculo. Para Braudillard el espectáculo lo devoraría todo, como ya está sucediendo de la manos de las redes sociales. John Suler habla del «fenómeno de desinhibición online» donde vomitamos en la rede cosas que no nos diríamos a la cara ¿O sí?.
Por eso salir a la calle es tan importante, por eso ocupar el espacio público es tan importante como única forma de combatir tantos discursos de odio que se retroalimentan en las redes y que necesitan de muy poco de lo que ocurre de verdad en las calles para adecuarlo, manipularlo y editarlo a la medida de su relato.

Sin embargo en la calle todo es diferente, ahí es el lugar donde se valida lo que hablamos, lo que posteamos, lo que sublimamos en un mundo virtual que nos ofrece sus cápsulas de desmemoria o de memoria selectiva. En ellas podemos proyectar todos nuestros prejuicios porque siempre encontraremos un “me gusta” que nos reconforte agolpe de dopamina, un video que alimente nuestro buscado “sesgo de confirmación”.

El sicólogo inglés Peter Cathcart Wason, pionero del término, ya nos demostraba en la década de los sesenta a través de la “tarea de selección de Wason” cómo las personas buscan confirmar sus hipótesis en lugar de refutarlas., en un experimento donde por decirlo de alguna manera, las cartas estaban marcadas, pero por nuestros propios prejuicios y necesidad, no de conocer la verdad, sino de hacer una verdad a nuestra medida, algo así como un subjetivismo totalizador, algo así, como, llevado al extremo, la lógica mediante la que el fascismo construye sus teorías, discursos, relatos y narrativas. Simplemente con que un chaval de los que han llegado a Cartes, discuta o tenga un altercado, por pequeño que sea, la profecía se cumple con la pancarta del “ya os lo dije” preparada. De ahí a inundar las redes, un paso, de ahí a crear marcos de justificación de odio, ni medio paso. Y ni siquiera hace falta que sea cierto, si no encaja lo edito a conveniencia y ya está. Demasiado fácil hacer daño.

Por eso es tan importante salir a las calles. Autores como Arendt o Habermas ya nos recordaban en el pasado siglo la importancia de la significación política del espacio público, que trasladada a nuestros días podemos traducir como como acto de resistencia política frente al paroxismo de la deshumanización en la que se han convertido las redes sociales, incluso para quienes vimos en ellas una ventana de oportunidad que, cada vez, se va cerrando más. Y es que la ventisca es fuerte dentro y para combatirla hay que salir fuera. Caminar esas calles por donde caminan vecinos y vecinas de Cartes, Santander o cualquier parte. Esas calles donde te tropiezas, saludas, hablas, te miras, conoces, reconoces e incorporas mucho más que la mirada sesgada de una pantalla de ordenador o de un móvil. Esas calles donde convives y en las que más allá de sexo, religión, cultura o raza, la naturaleza humana se superpone, si la dejamos claro, a toda las capas heredadas, con la oportunidad, si se la damos claro, de desprenderse de ellas y definirse en lo cotidiano, en la huella que dejas. Algo así, como esas personas que se organizan, que salen a manifestarse cada vez que es necesario, que lo hacen cada día. Ese si que es el tipo de personas.

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