Semana con Ana Margarida Prado y la OSCAN, portuguesa y cantábricos. Fados renovados en estado puro y Gaudí en busca de orquesta que le recuerde la naturaleza

Ana Margarida Prado Trío – Fado en estado puro – Cine Los Ángeles – 13 de febrero – 20:00 horas
Noche lluviosa santanderina. En un cine melodioso suenan una guitarra española y una viola portuguesa con unos ritmos que parecen tristes hasta que aparece Ana Margarida Prado (Oliveira de Azeméis, 1983) en el escenario para animar con su voz poderosa y sugerente a una sala llena que espera oír y conocer el fado en estado puro. Lo logra desde su primera historia: “Traigo fados sentidos, tristeza en el corazón, traigo mis sueños perdidos en la noche solitaria”, la gran Amelia Rodríguez y su proclama Trago Fado nos Sentidos. Con Amelia empezó la noche, con Amelia terminó hora y media después: “Fue por voluntad de Dios que vivo en esta ansiedad, que todos los ays son míos, que es toda mía la añoranza (saudade en portugués)”. Estranha forma de vida era la canción y mucho tiene de verdad: el fado, su música, sus letras, su forma de tocarlo y cantarlo tiene algo de melancólico paraíso en esta tierra.
Ana Margarida Prado empezó a sentir el fado desde muy pequeña, gracias a su madre y sus ganas de aprender piano y músicas clásicas de los 6 a los 18 años. Empezó a ser reconocida en las salas de Oporto, para saltar luego a Lisboa y de aquí a varios continentes. Su disco Laço (2024) quiere unir el pasado con el presente fadístico, crear lazos. El pasado viernes tocó presentarlo en Santander con un prometedor Sebastião Pereira a la guitarra portuguesa y una guitarra española en las manos de Bernardo Saldanha. Un trio de calidad, una voz original en todos los registros.
Dieciséis fueron los temas con sorpresas por medio: una copla española con aires de fado, dos canciones coreadas por un público animoso y una inspiración especial del “santiño” en Dois altares; Santo António -el patrono de Lisboa, quizás del fado- acompañando desde el más acá. La copla fue una canción de Carlos Cano, de esas que se sabían casi todos –María la portuguesa-, que sonaba con los suaves modos del Algarve: “Una canción viene y va”. Ana iba y venía dichosa y cantarina, a ratos lisboeta, a ratos ibérica, a ratos folclórica (Saias de Chita), a ratos optimista: “Hasta la noche más oscura tiene un punto de blancura en esa estrella que brilla” (Estrela da vida, poético texto de João Monge). La noche resplandecía y había que terminarla a la manera de cómo se cantan fados en Lisboa: sin micrófonos y muy cerca del público.
Cierre perfecto. “El fado se siente, no se explica” decía la gran Amalia. Ana Margarida y su trio lo hicieron sentir.

OSCAN – Naturaleza sonora – Sala Pereda – 14 de febrero – 19:30 horas
Acceder a la sala Pereda del Palacio de Festivales el pasado sábado fue una tarea casi imposible: el desfile del Carnaval de Santander comenzaba a sus puertas y los accesos por los medios de transporte públicos o privados a las calles de entrada eran cortados por la Policía Local. Espectadores y músicos tuvieron que hacer yincanas o gimcanas (cosas de la RAE) por Puertochico y alrededores. Ver llegar a violinistas faltando un cuarto de hora para el comienzo del concierto hizo alterar horarios (y alterar a los violinistas). Lo atrayente, dada la falta de coordinación municipal, pudiera haber sido crear una nueva comparsa con la orquesta disfrazada tocando el Carnaval de los animales de Camille Saint-Saëns. Ya lo dijo la gran Celia Cruz: “La vida es un carnaval”… también en Santander.
Previamente al concierto, a las 18:30 horas, un ardoroso profesor y compositor -Antonio Noguera- y un nutrido grupo de ambientación con trajes de época intentaban adaptarse a las circunstancias, uno con explicaciones y otros con vestuario de varios siglos: el XVIII de Haydn, el XIX de Mendelsshon y Schubert y el XX de Antoni Gaudí. Maridaje difícil con el carnaval del siglo XXI a las puertas.
El hilo conductor del concierto era la naturaleza sonora y Gaudí, algo muy forzado; ya lo dice el programa: “Cuesta ver la relación”. Probablemente no exista pues a la edad en que los compositores escribieron las obras interpretadas (19, 20 y 29 años) Gaudí era un dandi de gustos refinados, amante de los restaurantes de moda y usuario de carruajes para dejar clara su posición social. La delicadeza de la música de Schubert o los ardores marinos de Mendelsshon no casan mucho con el arquitecto de El Capricho de Comillas (1883-1885) al que le gustaba entonces todo lo oriental.
Lejano ya el desfile de carnaval de la sala de conciertos, la orquesta pudo empezar. La obertura Las Hébridas (La gruta de Fingal) Op. 26 de Mendelssohn (obra juvenil, veinte añitos tenía Félix) sonó con matices evocadores, incluida esa tormenta marina. La OSCAN parecía estar tranquilizándose y serenando ánimos con evocadores pasajes. La Sinfonía nº 8 “Le Soir” de Haydn fue el despertar de los solistas, sólidos, lánguidos o agitados (tormenta y relámpagos del cuarto movimiento). Alegres todos, la última pieza –Sinfonía nº 5 de Schubert- sonó diferente, más compactas las cuerdas y los reducidos vientos. El concertino -Víctor Martínez Soto- cumplió con nota (y también con notas) y el solitario contrabajo -Mario García Capodicasa- se multiplicaba como soporte armónico y rítmico de los muchos allegri de la obra. La frescura de Schubert fue un buen final, no sé si a favor de la naturaleza y Gaudí; sí a la mayor gloria del entusiasmo por Haydn y Mozart del juvenil Franz a sus diecinueve años.
Y como la noche pedía algo más, nada más adecuado que la propina: la Pantomima del Amor Brujo de Falla (1876-1946). La Orquesta Sinfónica del Cantábrico -OSCAN- sigue progresando, con buenos solistas y energías a controlar (los vientos se imponen mucho en algunos pasajes). Continuarán (el 10 de abril y el 4 de junio).