La Central, la cuadratura del círculo
¿Se puede recuperar un bar de pueblo de toda la vida, con todo lo que eso supone, el punto de encuentro, las conversaciones, la cotidianeidad? ¿Y puede ser compatible con que haya movimiento de actividades culturales y charlas? ¿Es excluyente una agenda basada en el folk con una mirada a la canción de autor y las músicas de otros lugares del mundo? ¿Puede la decoración de un sitio llevarnos a la vez a recordar el pasado común que cobija y transmitir modernidad? Y lo más difícil, ¿puede pasar todo esto a la vez, sin traducirse en gentrificación, que, como empezamos a ver, no es un fenómeno únicamente urbano, sino que también se produce en los pueblos y viene muchas veces de la mano de espacios que abanderan una teórica modernidad?
Quien haya pisado La Central, en Navajeda (en el barrio Padierne) y quien conozca a las almas detrás de este proyecto que acaba de cumplir un año sabe que sí, que lo facilita la trayectoria arraigada de Alfonso García-Oliva –cuya labor en la recuperación del folk viene documentada en el libro «Torta y lechi. Preámbulo del folk en Cantabria», de David Pérez Gómez–. y cuyo oficio es luthier, artesano de instrumentos musicales– y la impresionante trayectoria cultural de Lena Link-Lenczowska Lena, gestora cultural, especializada en cine español contemporáneo, programadora y crítica de cine, comisaria de exposiciones, ni más ni menos que medalla al mérito por la Cultura en Polonia.
En esas lleva ya un año La Central, “cultivando la identidad de un bar rural situado en la carretera principal, un lugar donde se come, se bebe, se queda y se intercambian noticias, con una oferta gastronómica honesta y accesible para todos”, y por ahí, por el estómago, combinan las alternativas para todos con la resistencia a las modas o la gourmetización. Es parte de su filosofía, suena a línea roja: “Entendemos los mecanismos de una de las amenazas más importantes para el campo actual, que es su gentrificación, en la que lugares como el nuestro suelen ser factores importantes. Intentamos resistirnos activamente a ella”.
Su programación, toda esa mezcla, los eventos semanales con gente del pueblo y visitantes, siempre gratuitos.. queda bien definida con esto de ser a la vez ultralocal y cosmopolita, en ese cosmoaldeanos acuñado por Jaime Izquierdo.
En este año han acogido una treinta de conciertos plurales y 14 charlas didácticas, de los apagones a las migraciones de las aves, pasando por la inteligencia artificial, además de tertulias internacionales y cursos de lengua cántabra, buscando los paralelismos culturales o aprendiendo de los saberes de sus propios vecinos (de China al Sáhara y, evidentemente, Polonia). Están, por supuesto, las presentaciones de libros de autores cántabros y su reciente apertura de un espacio galería de arte, a lo que añaden ferias de artesanía o mercadillos, junto a espacios infantiles e incluso salidas al aire libre.
¿Se agota esto en el propio impulso del primer año? Parece que no, porque en su balance afloran ya ideas nuevas, como la línea teatral y cinematográfica, inaugurada por ahora con un monodrama teatral y una proyección cinematográfica. El cuadro lo completan los talleres, en los que proponen adquirir conjuntamente habilidades prácticas tan diversas como la cerámica y la reanimación. Van a dar un curso sobre la historia de TrasmieraLa Central, nos recuerdan, se pensó y está siendo “un lugar común de creación e intercambio de ideas que quiere ser una alternativa consciente y sólida al centro oficial”. Y está funcionando, como han comprobado en la reciente celebración de un año que es todo un mundo, fusionando mundos y personalidades, como no podía ser de otra forma teniendo en cuenta la trayectoria de un Alfonso que habla seis idiomas y una Lena que (lo estamos forzando, sabemos que es polaco y no inglés, pero dejadnos, que nos encaja) lleva el link de enlazar en el propio apellido.
Hablábamos de la cuadratura del círculo, sin saber mucho qué significa, pero sí que tenemos claro que la propia historia del bar nos habla de la conexión, con ese teléfono de cuando el bar del pueblo era el sitio donde ir a llamar –muchas veces a esos familiares que, siempre presente, emigraron- y si nos fijamos en el logo coronado por una estela, en los aparatos de antes, el teclado hoy invisible antes nos invitaba precisamente a recorrer ese círculo que, ahora, se cierra.