La democracia del «otro»
Es cierto que no se puede idealizar a nadie, que lo que leemos no siempre encuentra su correspondencia en los actos de quien los escribe. Pasa en el arte y también en la filosofía y el pensamiento político. En general pasa en todas las ramas del conocimiento. Sin embargo, no creo que por ello debamos de dejar de aprender, de leer, de sentir. La realidad es demasiado compleja como para condenar a quien intenta desenmarañarla. Es cierto que algunos hechos pueden asesinar las palabras, vaciándolas de todo sentido. Pero si cogemos un poco de distancia y las concedemos que en ese camino, que va desde la pluma o desde el teclado al espacio en blanco, hayan cogido vida propia y sean ellas quienes hablen sin deberle nada a nadie, quizás sean ellas tan fuertes, tan imparables, capaces de romper los lazos con quien un día las creó. Algo así como matar al padre, algo así como matar a tu dios, a tu creador como decía Freud, que lo consideraba un proceso necesario para que el individuo se deshiciera de la autoridad paterna, o como decía Nietzsche en su “Así habló Zaratustra”, donde anunciaba la muerte de Dios como liberación también del padre autoritario, del paternalismo y la dependencia. Como decía Sartre, como paso previo para hacernos responsables de nuestros actos, como decía Lacan y el Anti-edipo de Deleuze. Todos ellos, y no sólo ellos, hablan de la necesidad de desvincularse del creador, quizás porque tampoco querían soportar el peso inmaculado de ser constantemente ejemplo de lo que decían, de lo que escribían. Recuerdo un dicho en mi pueblo que se atribuía a los curas “haz lo que yo digo, pero no hagas lo yo hago”. Es importante tenerlo en cuenta, porque es cierto que hay contradicciones insalvables. Porque las palabras aunque se independicen de sus creadores necesitan que no olvidemos lo que significan, no negarlas, no ridiculizarlas sólo porque quienes las dieron vida no estén a la altura. Ahí es donde la sociedad civil tiene, tenemos la obligación de darles sentido, de recuperarlas.
No siempre el ser humano está a la altura de lo que sueña, de lo que quiere ser, o de la idea que tiene de si mismo. Pocas veces Narciso era capaz de ver lo que realmente reflejaba el agua, incluso Dorian Gray necesitaba ocultar el cuadro que mostraba lo que su piel escondía. Quizás por eso nos sea tan complicado ser coherentes con lo que defendemos; con esos ideales, a la hora de llevarlos a cabo en el espacio público, ese lugar donde intercambiamos opiniones y discursos que coge el testigo del ágora ateniense como plaza pública en la que ahora convive lo real y lo virtual, sin saber exactamente qué espacio es el hegemónico y representativo de lo que es la sociedad hoy en día; probablemente ambos, probablemente muchos otros. En ese espacio compartido, y cada vez más atomizado, todos hablamos de democracia, todos decimos defender valores en los que vernos reflejados. Sin embargo a la hora de hacerlo colocamos a quien no piensa como nosotros en el lugar del enemigo, dejamos de escucharlo, para únicamente escuchar el sonido del prejuicio que ya tenemos interiorizado.
Jürgen Habermas, recientemente fallecido, aseguraba que “la verdadera democracia se fundamenta en el debate libre y racional entre las personas”. Un debate fundamentado en la escucha en torno a ideales compartidos, ideales que hoy tienden a ser instrumentalizados para justificar discursos de odio y rechazo. El papel de los medios de comunicación debía ser un papel de contra-poder a toda forma de poder, de fiscalización de la mentira, el sectarismo y la manipulación. Un papel en el que teniendo tu opinión, como es lógico, eso no significara convertirla en dogma de fe, en arsenal al servicio de un subjetivismo totalizador. Y en ese papel la sociedad civil poder encontrar espacios de diálogo, como muy bien explicaba en obras como “La inclusión del otro” o “la ética del discurso y la cuestión de la verdad”.
No sé si se trata de leer o no a Habermas, quizás no sea necesario, o quizás sea más necesario que nunca. Tampoco va de caer en equidistancias elitistas, morales o intelectuales que nos generen un refugio a tanta mierda enlatada en forma de “reel” a la medida del sabotaje y la deshumanización del otro. Incluso hablar de usar el sentido común puede colocarnos en lugares opuestos, porque el sentido común se convierte en el menos común de los sentidos cuando perdemos referentes que deberían de ser universales y compartidos (y volvemos a Habermas). Como que la democracia no es nada si no defiende los derechos humanos independientemente del contexto, como que no es nada si no se convierte en un lugar de encuentro y debate entre diferentes. Como que en este caso la palabra no puede matar a quien la nombra, o si lo hace que sea simbólicamente para que quien hable de democracia se dé cuenta de que él o ella tiene la obligación de intentar ser fiel a lo que dice. No puede romper la responsabilidad de ese vínculo. Porque si no, estamos perdidos.
Porque no hay una democracia del «otro», sino una democracia junto a ese «otro». Si no, no es de democracia de lo que estamos hablando, es de otra cosa.
عزل خزانات بجازان
Makaleniz açıklayıcı yararlı anlaşılır olmuş ellerinize sağlık