Donde dije Digo, digo Diego

Iñaki Vía es portavoz del colectivo Derecho Subjetivo
Tiempo de lectura: 5 min

Lo ha vuelto a hacer.
Ha batido su propio récord de contradicción.
Ha sido capaz de, nuevamente, decir una cosa y la contraria.

La Consejería de Vivienda, es decir, Roberto Media, ha obrado en contra de su propio decreto y ha decidido permitir ahora que este próximo verano sigan operando como alojamiento turístico aquellas viviendas que se encuentran en situación irregular, por no haberles concedido permiso sus respectivos ayuntamientos.

Cada uno por sus correspondientes motivos.
Que de todo hay.

Permitir pisos turísticos en comunidades de vecinos es avalar la especulación con la vivienda.
Algo expresamente prohibido por la Constitución.
Así que el PP es constitucionalista según cuándo.

Las viviendas se edificaron, bajo permiso administrativo, para uso residencial.
Con la intención de crear barrios, pueblos y ciudades, se dotaron las zonas de servicios tales como colegios, ambulatorios, guarderías, etc.

Con el dinero de todos.
Con ese fin, y no para que unos espabilados, con el apoyo político de los ultras, se llenen los bolsillos y destrocen la vida a la gran mayoría.

Unos políticos ultras que se proponen aprobar un bodrio de ley de vivienda que consagre las prácticas especulativas e incluso conceda negocio de gestión de viviendas en suelo público por un periodo de 75 años.

Y mientras se impide hablar, en las comparecencias y alegaciones a semejante desatino, a asociaciones de vecinos y colectivos sociales, se concede la palabra a administradores de fincas y empresas de alquiler turístico de viviendas.

Todo con tal de no consagrar el carácter social de la vivienda y asegurar como derecho subjetivo el acceso a una vivienda digna de los ciudadanos cántabros.

Todo ello en una comunidad en la que se practicaron casi 200 desahucios el año pasado.
Todo ello en una comunidad en la que subió el precio de la vivienda un 11 % el año pasado.
Todo ello en una comunidad en donde el precio del alquiler es estratosférico y amenaza con ir hasta el infinito y más allá.

Esta precariedad, esta inseguridad con la que se vive en Cantabria, se ha convertido en su principal seña de identidad.

Al fin y al cabo, para vivir en los dominios de los ultras se necesita un permiso.
Uno que te conceda un visado de existencia.

¿Creen que exagero?

Bueno… lo dejo a su criterio, pero permítanme ilustrar mi opinión con datos concretos.

Los ultras han sido capaces de involucrar a todo un país en una guerra injusta, asegurando que corríamos un gran peligro debido a unas armas de destrucción masiva que resultó no existían.

Fueron capaces de mentir sobre los atentados yihadistas, sufridos como represalias por haber participado en esa guerra, con tal de escurrir el bulto de asumir responsabilidades y procurar ganar unas elecciones.

Todo mientras esa misma mañana, según noticias aparecidas, el mismo gobierno ultra realizó 11 operaciones de blanqueo de capitales.

¿Quién blanquea capitales?
Los sujetos a una nómina no.
Los trabajadores autónomos tampoco.

Vivir bajo un gobierno ultra significa padecer los desastres y ser culpables de ellos.

¿Siguen sin creerme?

Pues sigo aportando datos.

¿Se acuerdan del accidente programado del Yak 42?
La culpa fue de cualquiera, incluso de los soldados que viajaban, pero jamás del gobierno ultra.

¿Se acuerdan del accidente ferroviario de Galicia?
La culpa fue del maquinista.

¿Se acuerdan del accidente de metro de Valencia?

¿Se acuerdan de los 7.291 fallecidos en residencias de Madrid, por habérseles negado la asistencia correcta durante la pandemia?

¿Se acuerdan de los 237 fallecidos en Valencia durante la DANA, por no haber declarado una alerta al coincidir con horario de comida y sobremesa que se fue alargando?

¿Se acuerdan de las más de 2.000 afectadas por los errores en las notificaciones sobre sus mamografías en Andalucía?

¿Se acuerdan de los sucesivos derrumbes de edificios en la zona de El Cabildo en Santander?

¿Se acuerdan del suicidio de las dos hermanas ancianas, vecinas de la calle Burgos, a quienes el ayuntamiento no protegió ni comunicó la paralización de su desahucio?

¿Recuerdan el reciente derrumbe de la pasarela de El Bocal?

¿Se acuerdan de sus víctimas?

Vivir en los dominios de los ultras se ha convertido en una ACTIVIDAD DE ALTO RIESGO.
Un peligro inminente, con resultado funesto muchas veces, del que nunca son responsables.

Son capaces de convertir lo indecente en habitual, de la misma forma que transforman un desastre ecológico en forma de marea negra que se torna en «unos hilitos como de plastilina».

Todo con tal de decir «yo no he sido». En eso son campeones mundiales.

En eso y en defender sin ningún sonrojo fechorías asesinas y genocidas como el franquismo, la invasión de Gaza o el ataque indiscriminado de grandes potencias a países que no son de su agrado.

Y también son expertos y sospechosos habituales a la hora de tratar de impedir que quienes sacan mayor tajada de esas guerras contribuyan con impuestos o vean intervenidas sus actividades, y limitados sus precios, para paliar los efectos que provocan.

Y no tienen que imaginar.
Solo repasar las votaciones y ver a todas las medidas que se oponen los ultras.

Todo eso en un país, una comunidad y una ciudad en la que los dirigentes como Gema Igual dicen que «no me muero por ser alcaldesa».

Y tiene razón.
Son otros los que mueren por culpa de su negligencia como alcaldesa.

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