Cartas desde el gallinero: El Día Mundial del Teatrosalvaje
En Hamnet, un padre pierde a su hijo. No es capaz de nombrar el dolor, ni de entenderlo, ni siquiera de compartirlo con su mujer. Y entonces escribe una obra de teatro.
Una obra en la que no habla de sí mismo, ni de su hijo, ni de lo vacía que se ha quedado su casa. Cambia el nombre, desplaza la historia y convierte lo íntimo en ficción. ¿Busca ocultarlo? No. Busca una manera de sacarlo de dentro.
Ahí es donde vive el teatro: no en el valor de producción, ni en la técnica, ni en la forma, sino en ese acto profundamente humano de transformar nuestras emociones para poder compartirlas con otros.
¿Cómo es posible que, cuando me pongo a escribir un artículo para celebrar el Día Mundial del Teatro, lo único que se me venga a la cabeza sea una escena de una película?
Tal vez porque siento que vivimos en tiempos en los que la gente muere por parecer que mata. Tiempos de impostura, en los que resulta más importante tener algo que contar que tener la necesidad de hacerlo. Y por eso, ante la pregunta de qué significa para mí el teatro, me asalta siempre otra más importante: ¿desde qué lugar nace?
Cuando el teatro nace del desconcierto, de la herida, de lo que no encaja, deja de ser una reproducción de la realidad para convertirse en una transmutación de sentimientos. Y esa transmutación exige honestidad. No una honestidad estética, imprescindible para el encuentro con la belleza, ni una honestidad técnica, sin la que es imposible llegar; hablo de una honestidad emocional: la de quien no sabe del todo cómo contar algo, pero necesita hacerlo; la de quien no escribe para demostrar, sino para entender; la de quien no intenta ser, sino que necesita compartir.
Ahí reside su potencia. Da igual si lo llamamos catarsis, sacudida o duende. Lo que importa es ese momento en el que una actriz deja de repetir y se expone, dejándose atravesar por algo que necesita encarnar para convertir la función en un territorio de riesgo real, donde la verdad desplaza al simulacro.
¿Qué más da que no deje huella? ¿Qué importa que no mueve nada? La impostura es cómoday funciona. No te expone y hasta puedes conseguir una colección de aplausos vacíos y material para hacer mil publicaciones mentirosas en tus redes sociales sobre lo qué estás haciendo. La honestidad en cambio es peligrosa, porque no garantiza nada: ni éxito, ni comprensión, ni siquiera tener talento para conseguir la excelencia. La honestidad solo asegura riesgo.
Por eso hoy no quiero celebrar los brindis ni los discursos, sino el riesgo de los locos que se atreven a quemarse a lo bonzo sobre las tablas. De aquellos que no entienden la escena como un espejo limpio donde analizar el mundo, sino como un territorio salvaje en el que buscar ese instante eterno, por lo fugaz, donde atravesar y ser atravesado.
Porque solo eso es para mí el verdadero teatro, y quien lo probó lo sabe.