Sábado de Pasión con la ópera “Norma” de Vincenzo Bellini en un escenario lleno de piedras. Un día antes hubo bellas tonadas en el Palacio de Festivales

Regresó la ópera al Palacio de Festivales de Santander con una producción que no escatimó en piedras, quizás la forma moldava de entender a los galos de hace dos milenios. El Teatro Nacional de Ópera de Moldavia fue el primer responsable de crear una "Norma" desfasada y con criterios escénicos arcaicos, pero llenó una Sala Argenta con ganas de complacerse con personajes reconocibles. Una producción sencilla y cantarina (llena de tonadas cantábricas liricas) fue el contrapunto folclórico con palos pintos pasiegos a un Sábado de Pasión operístico muy pedestre.
Tiempo de lectura: 4 min

Norma – Ópera de Vincenzo Bellini – Sala Argenta – 28 de marzo – 19:30 horas

Entrar en el Palacio de Festivales y encontrar en su interior la cantera más famosa de la Galia en tiempos de los romanos fue una sorpresa. Obélix (personaje tan de ficción como Norma) estaba de suerte: un grupo de escenógrafos moldavos le habían comprado 10 menhires, dos piedras ciclópeas rectangulares y una gigante piedra especial, vertical y con un agujero trapezoidal en medio. Situar este menhir hace más de 2000 años es algo futurista.

Tanta piedra quiere semejar un templo galo lleno de druidas y sacerdotisas, donde una de ellas -Norma (la soprano canaria Yolanda Auyadet)- aparece en lo más alto para cantar con furor sus primeros recitativos y la cavatina más conocida de Vincenzo Bellini: Casta Diva. Antes Pollione (el tenor vasco Andeka Gorrotxategi), procónsul romano, nos ha informado de su relación con Norma con quien ha tenido dos hijos; de paso nos pone en situación: quiere a Adalgisa (la mezzosoprano georgiana Ekaterina Buachidze), joven novicia del templo de Irvinsul. Lio montado y como diría Obélix: “Están locos estos romanos”.

Escuchar y ver una ópera en directo, más siendo la obra cumbre de Bellini y del bel canto italiano como es Norma (1831) es un disfrute que salva muchas producciones de vergüenza ajena (la escuchada el sábado tiene estos momentos desvergonzados, sin criterio artístico ni escenográfico, muy pedestre -de piedra-) con unos solistas que hacen lo que pueden y sorprenden a veces con unos dúos esforzados o una actuación que emociona como la de la mezzo Buachidze; ella trasmite sus estados de ánimo con una voz lirica muy clara y un gesto adecuado. Alrededor de los solistas un coro mixto (medio moldavo, medio cántabro) al que no le dieron el plano del templo y estaban como pulpos en una ópera romana y una orquesta -también mixta- que se esforzó de la mano del director musical Oliver Diaz por sonar compacta y tener momentos acompasados. Trabajo tuvo Oliver para ordenar escena y música y se agradece un cierto orden en una Norma de fácil olvido, salvo por la mezcla de piedras de la cantera de Obélix movidas por la tecnología gala de entonces -empujando- y una pira final de colorines tras declamar un bello Qual cor tradisti, qual cor perdesti en un dúo que ante la muerte de Norma y Pollione fue cantado con alguna pasión. Cerca de la Semana Santa, esta Norma fue un Sábado de Pasión.

 

Tonada – Francisco Valcarce/La Machina Teatro – Sala Pereda – 27 de marzo – 19:30 horas

Fue una noche de emociones llena de canciones en torno a un camino. Diez tonadas montañesas se abrían paso en un transitar hacía Santo Toribio de Liébana, el camino lebaniego. Había que proveerse de un buen palo pinto: “No me dan miedo los mozos que van por la carretera, ni me dan miedo los lobos que aúllan con voz siniestra, porque tengo yo un buen palo y una mano que no tiembla, porque tengo yo un buen palo y una mano que no tiembla”. Los caminantes eran peregrinos: Pepe Santos al frente de teclados y piano, Natxo Miralles a la percusión, Patricia Cercas acompañante y declamante e Irene Sánchez -conocida como “Filandera”, grupo folk del que era voz y violinista- cantando.

La escenografía era otoñal y sencilla: escenario lleno de hojas, dos cuevanos, cuatro palos pasiegos y dos sillas de las de antes. Antes de comenzar la función se leyeron dos textos para celebrar el Día internacional del Teatro, donde se descubrió el buen escribir del actor William Dafoe y la gestora cultural Isabel Ibarra. Y comenzaron los poemas con León Felipe de avanzada y la voz de Patricia: “Ser en la vida romero, / romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos. / Ser en la vida romero, / sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo. / Ser en la vida romero, romero…, sólo romero”. Y siguieron Machado, Pessoa, Gerardo Diego, Cernuda, Huidobro, Matilde Camus y Fernando Abascal. Buen plantel para acompañar a las tonadas que fueron el centro del espectáculo.

Tonadas que en la voz de Irene sonaban diferentes, ancestrales y nuevas, cantadas como una hechicera que cuenta lo que sucede en la aldea o en los caminos de carreteros y peregrinos. Un bello timbre de voz a la que acompañaban los arreglos de Pepe Santos. Diez tonadas que fueron una más para no acabar con la triste historia de “Manolo mío” (el que fue a Cuba y no volvió) y sí recordar que los peregrinos lo que hacen es caminar.

Fue un espectáculo agradable, con una dramaturgia repetida de anteriores producciones de La Machina, con unos músicos solventes, una actriz que disfruta rodeadas de poemas y hojas y el descubrimiento de “Filandera”, una voz que remite a los valles del norte para descubrir callejucas, casas donde llora un niño o noches donde llueve y anuncia “mañana hay barro”.

Mostrar comentarios [0]

Comentar

  • Este espacio es para opinar sobre las noticias y artículos de El Faradio, para comentar, enriquecer y aportar claves para su análisis.
  • No es un espacio para el insulto y la confrontación.
  • El espacio y el tiempo de nuestros lectores son limitados. Respetáis a todos si tratáis de ser concisos y directos.
  • No es el lugar desde donde difundir publicidad ni noticias. Si tienes una historia o rumor que quieras que contrastemos, contacta con el autor de las informaciones por Twitter o envíanos un correo a info@emmedios.com, y nosotros lo verificaremos para poder publicarlo.