Silencio, se rueda

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¿Por qué los movimientos feministas occidentales guardan tan indiscreto silencio sobre la guerra contra las mujeres palestinas e iraníes?

Recuerdo que en 2022-2023 – el genocidio estaba por venir – las instituciones feministas occidentales se movilizaron enérgicamente en apoyo a las protestas de las mujeres en Irán y celebraron con bombo y platillos, su resistencia al hiyab (o pañuelo) obligatorio como una lucha feminista fundamental.

Hoy, después de casi tres años de Genocidio en Gaza con más de 21.000 niños y niñas palestinos muertos de los cuales, 450 recién nacidos, 1029 de menos de un año y 5031 de menos de cinco años, sin contar los 42.000 heridos y los que, a día de hoy, siguen muriendo de hambre o los 17.000 huérfanos y mientras esas bestias asesinas siguen apaleando y violando a sus madres y a sus padres, también en Cisjordania, esa misma infraestructura feminista occidental guarda un silencio clamoroso. Un silencio que se extiende incluso a la masacre de la Escuela iraní donde fueron masacrados 165 niñas y niños y también a sus maestras. Así que, pienso, este contraste entre la oposición (2022) al hiyab y su falta de respuesta al genocidio, no es casual y en mi opinión revela una lógica – digamos – de solidaridad selectiva, que determina qué formas de violencia de género se reconocen y cuáles se permiten desaparecer.

Pero permítanme, antes de seguir adelante, insistir en que digo lo que digo como mujer palestina de corazón y de cabeza y escritora feminista que trabaja inmersa en ese terreno pantanoso y desigual de visibilidad.

Insistir también en que, a pesar de la magnitud y la visibilidad de la violencia sionista, no se ha generado la indignación feminista sostenida que presenciamos en 2022, (cuando lo del hiyab). Decir también que esta manifiesta ausencia de reacción por parte de los feminismos occidentales que estamos presenciando, no es simplemente una falta de atención, sino una retirada sistemática, una negativa a reconocer ciertas formas de violencia como preocupaciones feministas.

Y si el asesinato premeditado de niñas y niños en Gaza o el bombardeo de una escuela en Irán no es una cuestión feminista, ¿entonces qué lo es?

Sabemos que la guerra nunca fue neutral en cuanto al género y que las mujeres -botín de guerra – y las niñas, no son víctimas incidentales sino que, muy al contrario, son el objetivo principal y que lo que ocurre en Gaza en Cisjordania o el bombardeo de Minab no es ajeno a este patrón, sino su expresión más clara, así que pensamos que los instintos asesinos sionistas (y los de sus lacayos USA) no constituyen solamente una crisis humanitaria; se manifiestan también como una crisis feminista. Es el borrado de generaciones enteras en el preciso momento de su formación…

Y es aquí, precisamente, donde se hacen visibles los límites del compromiso feminista convencional. Las mismas redes que en su día amplificaron las imágenes de niñas iraníes que se resistían a los códigos de vestimenta permanecen ahora en silencio ante su asesinato en Minab y en Palestina.

Así que me temo muy mucho que este cambio no es casual y que traduce muy bien las condiciones bajo las cuales se concede y se retira el reconocimiento feminista.

Hoy, esta clase de silencio es en sí mismo una respuesta. Forma parte del mecanismo que permite que esta violencia continúe. Es, precisamente la investigación feminista la que en su momento advirtió que el silencio ante la violencia masiva nunca es neutral porque sostiene activamente las estructuras que hacen posible dicha violencia. El silencio en torno a las madres de Irán, al igual que el silencio que rodea a Gaza, revela una lógica más profunda y preocupante: un sentido común colonial en el que el sufrimiento de algunas mujeres es reconocido y amplificado con vehemencia, mientras que el sufrimiento de otras es silenciosamente borrado, tratado como inevitable o de alguna manera menos merecedor de indignación.

Este silencio, para decirlo de una vez por todas, es inseparable de las instituciones a través de las cuales se produce el conocimiento feminista. Las universidades (en la de Valladolid, por ejemplo, concedieron el título de “honoris causa” al padre de Netanyahu, un historiador de medio pelo aparte de padre de un monstruo).

Las universidades, digo, suelen concebirse como espacios de pensamiento crítico y resistencia, pero también están condicionadas y ¡cómo!, por el poder (En el caso de Valladolid por el lobby sionista) que operan dentro de sistemas de financiación, reputación y alineación política y regulan tácitamente lo que se puede decir y lo que debe callarse o a quién hay que contratar y a quien no. En este sentido, el silencio se produce: se mantiene mediante el riesgo, la cautela y el deseo de no perturbar las narrativas geopolíticas dominantes y se convierte en una condición de supervivencia institucional.

Resumiendo: las respuestas feministas oficiales están condicionadas por las expectativas geopolíticas, los estándares coloniales de aceptabilidad y los límites de lo que se puede cuestionar públicamente sin incurrir en costos profesionales como la posibilidad de despido. Y esto no es simplemente una incoherencia. Es una frontera política que determina qué sufrimiento se reconoce, qué muertes se lloran y qué destrucción del conocimiento se considera digna de atención. Es lo que permite que se destruyan países y escuelas sin consecuencias y que las madres guarden luto sin que su pérdida sea reconocida o llorada públicamente.

Ahora bien, si el feminismo no puede hablar con la misma claridad contra el asesinato de niñas que contra – por ejemplo – el hiyab o los códigos de vestimenta, entonces sus pretensiones de universalidad se desmoronan y lo que queda es un feminismo blanquito estructurado por selección que, a mí por lo menos, no me interesa nada. En palabras de Mafalda, que lo paren, que me bajo”

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