“No os olvidéis de mi”, despedida de Plácido Domingo de Santander. Una gala lírica homenaje al ahora barítono en el cierre de su carrera

El pasado viernes una abarrotada sala Argenta esperaba escuchar cantar a Plácido Domingo a sus 85 años en una Gala Lírica especial. Fue una gala-homenaje en la que el cantante convivió con el personaje idolatrado que esa noche hizo de anfitrión de dos sopranos y un tenor, se marcó un par de bailecitos a ritmo de vals y se eternizó en un besamanos a la concertino de la orquesta. Galante gala. Galante Plácido. (Foto superior: Oviedo Filarmonía)
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Plácido Domingo – Gala Lírica – Sala Argenta – 29 de mayo – 19:30 horas

Hacía calor en la sala Argenta -llena con más de 1670 espectadores- y los abanicos se prodigaron, ¡hasta los músicos con sus partituras! Se esperaba una noche para el recuerdo y lo fue, solo que un poco a media voz. El protagonista cumplió 85 años el pasado enero y quiere alargar su subsistencia como cantante, ahora ya en su registro de barítono: Plácido Domingo.

Irina Lungu (Foto: Amati Bacciardi)

Una gala pensada en dos partes con ocho piezas en cada una de ellas, en una mezcla curiosa: ópera italiana, ópera francesa, zarzuela española, opereta austriaca, canción mexicana y canción italiana. Lo que se conoce como miscelánea musical en cuatro idiomas. Alguien quería lucirse con las lenguas y con canciones hablando de mujeres.

Protagonista: Nacido junto al Parque del Retiro madrileño, hijo de dos cantantes de zarzuela, su traslado a México a los ocho años le hace persona con muchas orillas… atlánticas. De pequeño su familia le llamaba “el Granado”, por cantar desde muy pequeño la canción ‘Granada’, del compositor mexicano Agustín Lara. Plácido la volvió a cantar en Santander, quizás recordando sus tiempos infantiles.

Primera parte: Mitad ítalo-francesa. Empezó con la obertura de Norma (Bellini, 1837) con la orquesta Oviedo Filarmonía luciendo también sus mejores galas: unas delicadas cuerdas llevadas con expresividad gestual por un director algo contorsionista (Jordi Bernàcer); los metales no fueron tan delicados, sobreponiendo a ratos su sonido a los de los cantantes.

Arturo Chacón-Cruz

La segunda pieza fue Nemico della patria (Andrea Chenier, 1896) ya con Plácido ovacionado desde su entrada lateral. Extrañó que tuviera un atril donde iba siguiendo la partitura, algo que fue así todo el concierto con algunos momentos en que pareció perderse y otros en que no casaba que en un dúo él necesitara de texto anotado. Terminó esta parte con el dúo de Les pêcheurs des perles (Bizet, 1863) en compañía del mexicano Arturo Chacón-Cruz, un tenor lírico que lució su timbre cálido y ganas de agradar.

Antes, y en ese apadrinamiento lateral de Plácido a las sopranos como “descubridor” suyo, la moldavo-rusa Irina Lungu mostró su carácter actoral y peripatético primero con un aria de Puccini y luego con el dúo de la barcarola de Offenbach. Eva Marco, soprano española abogada versátil, cantó un correcto O mio bambino caro (Puccini, 1878) pendiente de la orquesta. En la segunda parte fue a por todas con una chulapa enamorada en la romanza Carceleras (Chapí, 1889).

Segunda parte: Hispano-austriaca. Llegaba para Plácido su querida Zarzuela, cinco piezas de las que tres le tuvieron como intérprete central. Conserva su fraseo extraordinario y comenzaron a oírse sus limitaciones, claras en la romanza No puede ser (Sorozabal, 1936), una obra emblemática en su repertorio y cantada en grandes escenarios, que sonó a media voz. Eso sí, Plácido era un Leandro atormentado que expresaba con sus manos su apuesta compasiva por “esa mujer es buena. No puede ser una mujer malvada”. Sigue demostrando lo más hondo de su urdimbre musical.

Eva Marco

Sus acompañantes en la velada mejoraron, con una Irina Lungu desenvuelta en las Csárdas de El murciélago de Strauss (1874) en ese difícil rol de demostrar con su voz el conocimiento de la música popular húngara. Irina y Placido cerraron esta segunda parte con un vals de Lehar (Lippen schweilgen, 1934), el que utilizó Hitchcock en su película ‘La sombra de la duda’ (1943): “Los labios son silenciosos, los violines susurros”, pícaro bailarín señor Domingo. Y la sala se vino arriba: largos aplausos y apasionados bravos por doquier. Abajo un Plácido agradecido.

Propinas: Todos sabíamos que había más. Y lo hubo tras largos siete minutos de floridas idas y venidas. “El granado” Plácido cantó ‘Granada’ en un reconocible quiero y no puedo que poco le importó al público; todos teníamos en nuestra cabeza “Granada, tu tierra está llena de lindas mujeres de sangre y de sol”. Orquesta feliz, cuarteto de voces felices, personal encantado. Y llegó la despedida.

Despedida:

Plácido, emocionado, hizo un ruego: “Aunque no estoy bien de salud, NO OS OLVIDÉIS DE MI”. Y reunió a su gente para cantar a cuatro voces una canción de Ernesto De Curtis (1935): “Non ti scordar di me”. Fue la despedida con una letra que hablaba de “Quédate en mi sueño. No me olvides”. Estaba claro: lucían las estrellas y bajo su luz había que perdurar en los corazones de la gente.

Colofón y ¿cierre?: Cuentan que Pavarotti siempre cerraba sus recitales con Nessun Dorma (Puccini, 1926): “Ma il mio mistero è chiuso in me. Il nome mio nessun saprà” (Mi misterio está cerrado dentro de mí. Nadie sabrá mi nombre). Pero en noches con la voz torcida terminaba con algo más sencillo y sereno: “No te olvides de mí. Non ti scordar di me”. Placido no quiere ser olvidado. Fue una gran gala y una triste despedida (por más que a él le reconfortara). Un cierre con emociones a media voz.

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