La ley del deseo
Noche, piel, labios, espalda, belleza, bosque, color…no son meras palabras, son algunos de los mimbres simbólicos, con los que la poeta santanderina Dori Campos ha tranzado ese cesto simbolista, que es el poemario “Colas de cerezas”, presentado en la Librería GIL, de Santander, el pasado día 18 de junio, y que ha sido editado en la Colección Tigres de papel diez años después de la última obra publicada por la autora, “Caja de musgo y dragones”.
Obra en la que este lector ya quiso oír la voz poética propia de la poeta, voz que en “Colas de cereza” escucho en todos sus registros con la contundencia de una voz que se dice firme y segura en “los temas recurrentes y la manera personal de abordarlos…que nos permiten reconocerlos sin necesidad de leer su firma”, como escribe la periodista y escritora, también de Santander, Rosa Pereda, que firma el prólogo del libro, pero que no por ello deja de exigir una lectura atenta, no tanto porque sus poemas puedan ser crípticos, como también apunta la prologuista, como por la abundancia de imágenes sorprendentes, metáforas inusuales y asociaciones de palabras, que solo la poesía admite, como diría un crítico profesional, pero que la lectura lenta y atenta, al menos a este lector, no tarda en ponerme en contacto con el “tema recurrente”, a lo que también ayuda el prólogo.
O, al menos, esa ilusión me hago. Y eso ocurre cuando caigo, pronto, en la cuenta de que el simbolista cesto llena su espacio, de dimensiones mensurales y, a la vez inconmensurables, con dos realidades, el cuerpo y el tiempo, solo aparentemente de distintas naturalezas, que se resisten a ser poéticamente transustanciadas en símbolos, aunque a veces ceden por la pertinacia de los mimbres trenzados, por los que entre tiempo y cuerpo se establece una dialéctica arbitrada por la piel, que cierra y protege a este, a la vez que se abre y se expone a aquel como vía de acceso al espíritu, al que se entra por la puerta del erotismo, que los labios y los sentidos abren al deseo.
La filosofía y a la ciencia indagan en qué es el tiempo; a la poesía le interesa, sobre todo, qué hace el tiempo, qué nos hace, qué hace al cuerpo, que lo que quiere es que lo haga feliz, que satisfaga su deseo.
Los versos de Dori Campos son tan libres, como libre es el deseo, que pide una satisfacción, a la que, en ocasiones, el tiempo y sus edades oponen alguna resistencia, sin que por ello el deseo cese, pues se puede vivir -mal- sin satisfacer el deseo, pero no sin el deseo de satisfacerlo, a veces con la sensualidad del erotismo; con la pasión de la sexualidad, a veces, que los dos caminos se cruzan en los poemas de “Colas de cerezas”, para cuyo cumplimiento se invoca al universo, espacio tan alejado del cuerpo, y a la naturaleza con sus formas, colores, olores…donde el cuerpo encaja, pues alguien dijo que, si se desea algo con fuerza, el universo conspira para darle cumplimiento.
Suena a frase de autoayuda, pero bien puede tenerse como ley del deseo, cuanto más, si lo que se desea es el deseo mismo, cuya satisfacción supera la negación que el tiempo pueda oponer a la afirmación del cuerpo, por más que este con fecha de caducidad y aquel siempre fresco, por lo que para seducirle, en los versos de “Colas de cereza” en entonan cantos al cuerpo, bien con la alegría hímnica del deseo satisfecho, bien con gravedad elegiaca, si el deseo ha devenido recuerdo, que atraviesa el tiempo, deseo que no cesa.
En “Colas de cereza” hay una considerable carga de irracionalismo -no confundir con irracionalidad-, por el que cuerpo humano es por el que el ser humano lo es, humano. El cuerpo es el que nace, vive, goza, sufre y muere, y contra todo platonismo, el cuerpo humano es sujeto y objeto de deseo, que no cesa con el paso de una edad a otra edad, por más que el tiempo se empeñe en lo contrario, pues en su consumación está el final.
Y las cerezas, que con su forma, su color, su jugosidad, con toda su carga de simbolismo a cuestas, media en la dialéctica, y es la oferta del cuerpo al tiempo, en aras del deseo, y que ni uno ni otro se salgan del cesto, trenzado verso a verso por una poeta, que lo es, sin necesidad de las apoyaturas textuales ajenas de las que, en alguna ocasión, hace uso, pero que tampoco molestan.
(Aparte, y sin perjuicio para la calidad poética de la obra, muestro mi extrañeza, en mi sola condición de lector, por algunos extremos con los que mi lectura, que no crítica, se ha encontrado: la falta de varios acentos y la sobra de algunos; puntos y seguido de palabras con minúscula; la ausencia de comas, que presumo, por la cantidad, según yo lo leo, que es decisión de la autora, a lo que no habría nada que decir; alguna deficiencia ortográfica…Se me antojan descuidos editoriales)