El Festival Torre de Villaescusa despide su exitosa segunda edición conectando música, patrimonio y naturaleza

Más de 500 personas han disfrutado de esta cita única, que arrancó a principios de mes con todas las entradas vendidas
Tiempo de lectura: 5 min

El Festival Torre de Villaescusa ha bajado el telón de su segunda edición consolidándose como una cita exclusiva e ineludible para los amantes de la música clásica. Con el cartel de “entradas agotadas” desde el día antes del arranque, el ciclo ha reunido a más de medio millar de espectadores en los cuatro sábados de julio. El antiguo pajar de una torre del siglo XVII ha vuelto a transformarse, otro verano, en punto de encuentro cultural que pone en valor el patrimonio histórico y se funde con el entorno natural del Valle de Campoo.

La calidad artística ha sido la constante indiscutible en los cuatro conciertos. La inauguración corrió a cargo del Cuarteto Iberia, un referente de la nueva generación camerística. José Imhof -que en esta ocasión no figura como pianista sino como director artístico e impulsor del Festival- destaca del cuarteto “su profunda complicidad de equipo, que les permitió navegar con total maestría y originalidad en un repertorio que abarcó desde la música renacentista hasta el siglo XX”.

El segundo sábado trajo a Miguel Trápaga, uno de los grandes de la guitarra clásica mundial. Su actuación logró que 130 personas estuvieran completamente embelesadas con la capacidad de una sola guitarra para llegar hasta el último rincón de la sala. Como subraya Imhof, el maestro demostró “una artesanía asombrosa para moldear matices infinitos manteniendo en todo momento una narrativa firme y meditada”.

La tercera jornada estuvo protagonizada por el Quinteto de Viento de la Orquesta Sinfónica del Cantábrico (OSCAN), que trajo al pajar de la Torre, según destaca el director del Festival, “la fuerza de una orquesta sinfónica completa desde un equilibrio perfecto, abarcando todo un abanico de texturas tímbricas y colores diversos”. Tanto este concierto como el anterior de Trápaga formaban parte de la programación oficial del Año Falla, lo que da una idea del enorme valor y posicionamiento del Festival en su corta trayectoria.

El gran cierre fue “pura emoción” de la mano de la consolidada banda de indie-pop MäBU. Esta inclusión de música actual responde a la idea de que “el lenguaje universal de la música trasciende no solo las culturas sino el tiempo, y logra unir a personas con inquietudes artísticas diferentes”, explica Imhof. Atrapado por la voz virtuosa y libre de María Blanco Uranga y la complicidad con su compañero Txarlie Solano, el público tarareó, rió, acompañó con palmas y se conmovió profundamente.

Un público cautivado por la música y el trato cercano

Uno de los grandes triunfos de esta edición ha sido la extraordinaria riqueza de su auditorio. Los asientos han estado ocupados por una audiencia muy plural: desde un público local asombrosamente fiel y muy acostumbrado a la música clásica, hasta asistentes -de Cantabria y de otras comunidades vecinas- que buscaban disfrutar de una experiencia completa, desde la música hasta el encuentro final en el jardín. Además, el magnetismo del Festival ha cruzado fronteras, seduciendo a melómanos de regiones más lejanas e incluso a viajeros de Francia, Alemania, Inglaterra o Noruega que pasaban sus vacaciones en el norte de España buscando planes culturales únicos. El secreto para fidelizar a perfiles tan distintos radica, en opinión de José Imhof, en el empeño de la organización por ofrecer mucho más que un concierto: “Quienes acuden a la Torre no son meros espectadores, son nuestros invitados”, explica. “Queremos acompañarlos, guiarlos y asegurarnos de que disfrutan de una velada acogedora, sin prisas, desde que acceden a la finca hasta que se marchan al terminar la noche”.

Gestión profesional con alma de familia en «la casa de la abuela Antonia»

Detrás de la concepción de este festival está el sueño de José Imhof, que desde hacía años anhelaba acercar la gran música al entorno natural en el que vive y se lanzó a abrir su casa familiar para ponerlo en marcha con mucho esfuerzo personal y empeño. Para garantizar un nivel de excelencia, José se ha rodeado de un equipo profesional que cubre las áreas clave de la gestión y que, además, es parte de una familia donde todos “arriman el hombro”. No es solo José quien ejerce de anfitrión, sino la familia al completo, volcándose para cuidar hasta el último detalle y ofrecer una experiencia exquisita: reciben con absoluta calidez a los artistas y al público, ayudan a colocar sillas, a atender a los músicos, a preparar cada rincón del jardín… e incluso ofrecen visitas guiadas a la Torre, que lleva catorce generaciones habitada por la misma familia. Ese inmenso esfuerzo colectivo busca que cada asistente se sienta verdaderamente como en casa.

Los familiares cuentan orgullosos que la Torre se siente en los días de concierto como «la casa de la abuela Antonia» (la abuela de José), la mujer que logró transmitir a toda la familia una lección imborrable de unidad y generosidad: que la casa es para compartirla, vivirla, disfrutarla. Hoy, gracias a ese legado y al sueño de su décimo-segundo nieto -el pianista de la familia- la asombrosa naturaleza del Valle de Campoo resuena con la mejor música.

Mostrar comentarios [0]

Comentar

  • Este espacio es para opinar sobre las noticias y artículos de El Faradio, para comentar, enriquecer y aportar claves para su análisis.
  • No es un espacio para el insulto y la confrontación.
  • El espacio y el tiempo de nuestros lectores son limitados. Respetáis a todos si tratáis de ser concisos y directos.
  • No es el lugar desde donde difundir publicidad ni noticias. Si tienes una historia o rumor que quieras que contrastemos, contacta con el autor de las informaciones por Twitter o envíanos un correo a info@emmedios.com, y nosotros lo verificaremos para poder publicarlo.