No cabemos

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|| Sindicato de Vivienda de Cantabria ||

No cabemos. Eso dicen al menos en los periódicos. Lo dicen la mayoría de políticos en sus declaraciones. En redes sociales, la nueva plaza del pueblo. “Vecinas asustadas”. “Esto es una invasión”.

80.000 inmigrantes (no personas, “inmigrantes”) cruzan a nado desde Marruecos a Ceuta. 140, al menos, mueren ahogadas. De las que llegan, a algunas las reciben a pedradas. A algunas no les atienden en los bares (“solo para ceutíes”). A algunas no les venden comida. Tienen que irse, “aquí no cabemos”. 70.000 retornan en menos de 24 horas. En torno a 8.000 se quedan. En playas, en campamentos improvisados, algunos montados con la ayuda de vecinas en los barrios periféricos (de las que no salen en la tele hablando de invasión, porque en la periferia solo pasan cosas malas y para qué preguntar su opinión, para qué comprender su emoción).

El gobierno ofrece instalaciones militares que sirvan de refugio temporal, pero están en el centro de la ciudad. Allí no pueden ir, “crean inseguridad”. Los ministros tranquilizan, ninguno llegará a la península. Ayudas a Ceuta. Se les expulsará, prometen. A adultas y a menas (no niños, “menas”), a hombres y a mujeres. Porque “son un peligro”. Porque “aquí no cabemos”.

Llegamos al quid de la cuestión. Primero, la emoción: miedo. Después cobardía (que no es lo mismo), después rechazo, después desprecio, después odio. Pero, para dar estos pasos, hay que crear un relato que acompañe, un relato que justifique. Y ahí está: no cabemos, no podemos. Porque no hay escuelas, porque la sanidad está fatal, porque no hay recursos, y “los que hay tienen que ser para los españoles primero”. Porque no hay casas.

Nos van a disparar por ahí. Nos van a enfrentar al penúltimo contra el último. Y pueden tener éxito. Porque apelan a una emoción básica del ser humano, apelan a la emoción que nos ayuda a sobrevivir, apelan al miedo. Y después se desarrolla lo demás. Pero no estamos indefensas. Porque nosotras, que acompañamos, que cuidamos, que miramos a la cara, que reímos, tenemos otra emoción que es tanto o más potente, que nos une como especie, que nos desarrolla, que nos hincha por dentro. Tenemos amor. Y después tenemos ternura, después cuidados, después comunidad, después solidaridad, después lucha.

Es fácil crear un prejuicio contra alguien desconocido. Mucho más difícil es cuando el inmigrante es el vecino que te presta sal, la madre del mejor amigo de tu hijo en el cole, el camarero que ya sabe qué vas a pedir en el bar de siempre, la amiga que te escuchó cuando las cosas estaban mal con tu pareja. El prejuicio es mucho más difícil cuando ya no es el inmigrante, ahora es la persona, es Juan, María, Vitalia, Julio Alberto, Fátima. Por eso en las periferias pasan cosas que en los barrios ricos nunca entenderán, que difícilmente saldrán en la tele.

Nos atacarán con sus palabras favoritas. Buenista, progre, woke. “Si tanto te gustan los inmigrantes, mételos en tu casa”. “No soy racista, soy ordenado”, o patriota, o hasta feminista, porque “los inmigrantes no respetan a las mujeres ni a los gays», y “yo tengo un amigo gay, que mi hijo no me haría mucha gracia pero no tengo ningún problema en que mi amigo sea marica y no normal”.

Y ahí nosotras tendremos que resignificar, crear relato y sobre todo, sacar la emoción. Orgullo de ser buenista y no “malista”, orgullo de ver personas y no estereotipos. La mitad de las cuidadoras en España son migrantes, 4 de cada 10 trabajadores de hostelería, 1 de cada 4 en la agricultura y la construcción, 1 de cada 10 en sanidad. Clase obrera. Crean (creamos) recursos, no los robamos. Robar roban otros. La Caixa tiene 5.891 millones de euros en beneficios en el año 2025, pero vende a un fondo buitre 107 viviendas, con 107 familias a las que quieren echar a la calle en Hermanos Calderón, Santander. Nativas y extranjeras. El casero te sube el precio del alquiler igual si naciste en España, en Colombia o en Marruecos.

El rentismo, el capitalismo sin barreras, el sistema que se basa en que unos pueden hacer dinero a costa de explotar a otras, no entiende de fronteras, o solo las entiende si le permite ganar más. Que los que están arriba no nos dividan entre las que estamos abajo. Marina, Jasmín, Javier, Mohammed, todas necesitamos salarios dignos, horarios compatibles con vivir, casas que podamos pagar. Blackstone, Cerberus, MosaicPropco, nos necesitan divididos para poder seguir haciendo caja. Porque mientras odias al de abajo no tienes tiempo, energía, recursos, valentía, para enfrentar al de arriba.

“Faltan casas y sobra gente” pero sabemos que hay 4 millones de casas vacías. 3 millones de segundas residencias. 350.000 alojamientos turísticos. 200.000 pisos de fondos buitre. ¿No cabemos las personas, la comunidad, la clase obrera? ¿O quizás lo que no cabe son los explotadores, los fondos buitre, el clasismo disfrazado de “orden”?

Cuando nos cuidamos. Cuando interaccionamos. Cuando nos escuchamos, nos entendemos. Entonces el miedo desaparece. Entonces ahí está la empatía, el afecto, la ternura, la rabia, el amor. Entonces sí cabemos.

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