Un reencuentro en soledad y silencio
El pensador estadounidense Ken Wilber establece una escala en el proceso de relaciones con la realidad, por la que ascender y, a la vez, profundizar en su conocimiento. Son tres los peldaños, que se equiparan con otros tantos ojos: el de la cara, el del entendimiento y el del espíritu. En clave estética, por el primero se mira la realidad y se describe, y es el asiento del arte realista-naturalista; el segundo ve la realidad, la piensa, y fundamenta el arte conceptual; el tercer ojo es el del espíritu, por el que la mirada contempla y se ve a sí misma en lo que mira, abriéndose al arte espiritual.
Lo dicho viene a cuento del último libro de poemas, del que es autora Ana García Negrete, “Muda de invierno”, y del que me propongo resumir mi lectura, sin acudir a la reproducción de alguno de sus versos, recurso del que usan -y abusan- más de un crítico, pero yo solo soy un lector.
Por su parte, el poeta Ángel González, frente a esteticismos estériles, distingue en todo poema una situación y una intención. En el conjunto de poemas que componen “Muda de invierno”, la situación es la naturaleza, que, sí, está ahí, pero no tanto como algo que se le da a la poeta, como quiere Ángel González, que también, sino como algo, además, elegido por ella, y que se compadece con la intención de vivirla y vivirse en ella, mirándola, viéndola y contemplándola, los tres niveles de conocimiento, de los que el tercero la pone en íntima relación con ella misma desde la raíz originaria de su existencia, y sin dejar de ser la misma, la convertirá en otra, en esa otra que los ruidos sociales -los de los negocios, los de la política, los de la tecnociencia…- le dificultan descubrir: soledad, que no aislamiento -el bosque está habitado-; silencio, que no mutismo -la naturaleza está llena e voces y tiene sus lenguajes- , son los más eficaces cómplices en unas relaciones en las que el sujeto -poético- y el objeto -poetizado- son beneficiarios el uno del otro, en una suerte de aproximación de los espíritus en carne viva, que informan sus respectivos seres.
Parafraseando a Nietzsche, la palabra es la metáfora del silencio, que se ha olvidado de que lo fue. “Muda de invierno” incorpora la vida al ritmo del silencio, que la palabra poética lo hace sonoro en el rumor de las ramas de los árboles, en el rasgueo de las aguas en los cantos del río, en el aleteo de un pájaro, en el campano de la res que pasta la noche, en el estallido del trueno…sonidos, que no ruidos, como músicas que acompañan la búsqueda de presentidos nuevos modos de mirar, ver y contemplar una realidad cultural, que primero fue, y no ha dejado de ser, natural, como el ser de la poeta misma.
Fue en invierno, cuando Ana García Negrete quiso vérselas consigo misma en medio de la naturaleza, en un momento estacional, en la que está en proceso de muda para mostrarse en primavera siendo otra, sin dejar de ser la misma Siendo así, entonces la poesía tiene la palabra, que en el conjunto de poemas que integran “Muda de invierno” expresa una sucesión de vivencias cargadas de expectativas transformadoras con un ritmo sincopado, en el sentido musical del término, y con la sencillez, sin la rimbombancia de las mayúsculas, de la palabra que se sabe al servicio de un proceso de extrañamiento y consiguiente acercamiento y reconocimiento de una realidad primigenia, que sigue estando ahí, por más que nos hayamos alejado de ella. La poeta ha ido a su encuentro y se ha mirado -percibido- mirándola, y se ha visto -reflexionado-, viéndola, y se ha contemplado -ensimismado-, contemplándola. En “Muda de invierno” se compadecen entre sí sensaciones, emociones, reflexiones, intuiciones, en un recorrido vital en soledad, de la mano de la palabra que se dice en silencio. En silencio, escuchémosla.