Naira te va a romper el corazón

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Naira, escrita y dirigida por Gabriela Quiroz, empieza en un lugar donde los rumores parecen correr más rápido que la verdad. En el Valle del Colca peruano, una historia repetida suficientes veces puede acabar convirtiéndose en una realidad. Y una niña puede terminar viviendo dentro de una historia que no ha escrito.

Pero Naira no observa ese mundo desde fuera. Lo conocemos a través de ella. Su mirada nos lleva por el pueblo, por su casa, por los campos y por un universo adulto cuyas reglas todavía no comprende del todo, aunque empieza a reconocerlas.

Proyectada en el Festival de Cine de Santander el 12 de septiembre, tras el Faro de Honor concedido a Alauda Ruiz de Azúa y el Faro Verde a Elena Anaya, la película sigue a Naira y a su madre en una comunidad marcada por la ausencia del padre. Él no está, pero su historia permanece.

El rumor no aparece como una explicación que alguien nos entrega para que podamos entender la trama. Se filtra a través de conversaciones, silencios, gestos y miradas. Naira escucha. Observa. Intenta ordenar aquello que los adultos prefieren dejar en la penumbra. Y nosotros hacemos lo mismo.

Quiroz no convierte a su protagonista en una niña prodigio capaz de descifrar el mundo de los mayores. Su mirada es parcial, curiosa y, a veces, desconcertada. Precisamente por eso resulta tan poderosa. No estamos ante una niña que entiende lo que sucede, sino ante una niña que empieza a descubrir qué significa vivir en un mundo donde otros tienen el poder de decidir qué historia se cuenta.

La precariedad de su madre tampoco aparece como una abstracción. Trabaja para don Demetrio porque hay pocas alternativas. Y esa dependencia económica termina convirtiéndose en una forma de vulnerabilidad. Cuando una persona tiene más recursos y la otra menos opciones, la relación nunca parte del mismo lugar.

La violencia que ejerce Demetrio es física y brutal. La película no necesita suavizar su figura ni negar que hay algo monstruoso en su comportamiento. Pero tampoco lo presenta como una anomalía aislada, como si su violencia existiera al margen de la comunidad que lo rodea. La precariedad de la madre, su dependencia económica y el peso de la reputación hacen que enfrentarse a él tenga un coste que ella difícilmente puede asumir.

En ese pequeño mundo, el poder continúa organizado alrededor de los hombres, mientras las mujeres cargan con la dependencia económica, la reputación y las consecuencias de decisiones que muchas veces no controlan. La madre de Naira no permanece junto a él porque no vea la violencia, sino porque sobrevivir también implica calcular cuánto cuesta escapar.

Y Naira ve todo eso. No puede intervenir, todavía. Pero puede mirar. Y su mirada no se detiene en las personas: también recorre el lugar que habitan, un paisaje que la película se niega a separar de las vidas que transcurren en él.

El Valle del Colca no es una postal. Sus montañas son hermosas, pero también son caminos, campos y lugares de trabajo. Son el espacio donde se cultiva, se sobrevive, se heredan historias y se arrastran dependencias. Lo que desde fuera puede parecer sublime es, para quienes viven allí, simplemente su casa.

Esa diferencia entre mirar un lugar y vivir en él atraviesa buena parte de la película. La belleza del paisaje no compensa las dificultades de quienes lo habitan. Las montañas no están ahí para decorar la historia de Naira: forman parte de ella.

Y esto adquiere una resonancia especial con la proximidad del Día de la Wititi, celebración profundamente arraigada en las tradiciones culturales del Valle del Colca. La danza forma parte de una memoria colectiva en la que identidad, comunidad y tradición siguen encontrando una forma de expresarse.

Algo parecido sucede con el quechua. Su presencia en Naira no funciona como una simple marca de autenticidad cultural, como si bastara con introducir una lengua indígena para certificar que estamos ante una historia «real» del Perú. El quechua pertenece al mundo de Naira porque pertenece a quienes lo habitan. Y hablar de quién puede nombrar una realidad lleva inevitablemente a hablar de quién puede contarla.

Porque en Naira, contar una historia nunca es un acto inocente. La violencia de Demetrio es física y visible. La del rumor es más silenciosa: circula de boca en boca y termina instalándose en la vida de los demás. Una se ejerce sobre el cuerpo; la otra, sobre la forma en que una comunidad mira y juzga a sus miembros.

La película tampoco ofrece el final tranquilizador que probablemente querríamos. Escapar no acaba mágicamente con la pobreza. No borra las dependencias ni desmonta las estructuras que han mantenido atrapadas a madre e hija.

Naira no necesita un mundo nuevo; necesita algo más sencillo y más difícil: dejar de vivir dentro de las historias que otros han contado sobre ella y empezar a contar la suya.

Porque si durante toda la película los adultos hablan sobre ella, sobre su madre, sobre su padre y sobre lo que supuestamente ocurrió, el verdadero gesto de resistencia está en que Naira pueda dejar de ser el objeto de esas historias y convertirse en quien las mira, las cuestiona y, finalmente, las cuenta.

Ahí está la fuerza de Naira: en recordarnos que una historia puede servir para explicar el mundo, pero también para controlarlo.

Las historias pueden ser refugio. También pueden ser arma. Y, a veces, recuperar la propia historia es el primer acto de libertad.

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