“La Traviata” vuelve a Santander con dos llenos con protagonistas diferentes. Bravas sopranos: Puértolas y Cruz. Además, títeres riojanos

La Traviata – Ópera de Giuseppe Verdi – Sabina Puértolas – Sala Argenta – 17 de septiembre – 19:30 horas

El «muro» neoclásico. Centro Violetta.
Había expectación y colas para asistir al reencuentro santanderino y cántabro con la bienhechora ópera: La Traviata es un bálsamo de emociones y vivirlas toda una experiencia. La tarde-noche fue pasando de la escucha alegre del Libiamo ne’lieti calici del primer acto, a la indecisión amatoria del Amami, Alfredo en el segundo y a la despedida terrenal de Addio del passato, en el tercer acto final, intensa y conmovedora. Esta “despedida” de la protagonista fue interpretada, sentida y cantada apasionadamente en esa melodía que demuestra la soledad, los adioses a los sueños del pasado y anuncia la muerte. Gran momento de la noche, gran momento de la soprano Sabina Puértolas.
Pero hubo más detalles. Escribamos:
Escenografía. La producción de la ópera era del Teatro Municipale di Piacenza con una puesta en escena original compartida con otras dos óperas. De la liga regional moldava del pasado mes de marzo con Norma, se había ascendido a la segunda división italiana con La Traviata. Se mejoró con la propuesta visual de Roberto Catalano (director de escena) y lo que él llama “muro neoclásico”, una pared de mucha altura con tres inmensas puertas y un espacio delante con pocos elementos de atrezzo (unos candelabros, un sillón, un diván, pocas mesas y una cama). El muro ubicaba la acción no se sabe bien dónde, pero lograba el efecto de dejar toda la fuerza dramática cercana a los espectadores y su vivencia del aislamiento y el sufrimiento de la protagonista.

Violetta y el «vampiro» de las manchas negras
Blancos y negros. Violetta de blanco. El resto vestido con varios matices de negro. Vestuario dicotómico que funcionaba al avanzar cada acto lo negro sobre lo blanco, en la vestimenta de la protagonista, en la mesa del banquete, en las paredes y suelos (daba cierto miedo ver como las manchas negras progresaban). Se entendía la metáfora, pero sobraba reforzarla con la figura de una especie de vampiro vestido de negro que simbolizaba la muerte e interrumpía momentos sublimes (Nosferatu revivido). El remate de su papel fue el acoger en sus brazos a la moribunda Violetta en su agonía final. ¡¿Pero no muere en brazos de su Alfredo querido?!
Discordancias varias. Lo del vampiro deshollinador (manchaba de negro todo lo que tocaba) era una licencia que de lo dramático pasaba a lo cómico. Lo mismo que varias escenas donde no se entiende que las gitanillas parisinas parezcan damas de alta alcurnia o los toreros venidos del Madrid de la época luzcan como marqueses invitados al jolgorio. El otro gran protagonista -Alfredo- se recorrió el escenario brindando hasta la banda izquierda, ¿por qué? Lo actoral no fue lo fuerte del reparto, con cantantes muy estáticos, un Alfredo que no parecía amante, un coro muy mejorado en lo vocal, pero sin en el plano del lugar (aunque parecían saber jugar a las cartas del siglo XIX).

Escena de despedida con sombra amenazante
Un detalle no menor: ¿Quién hizo las traducciones del texto de la ópera, sobretitulados sobre el escenario? “Traviata” no es “extraviada” y sí “descarriada”, el “croce e delizia” y todo el aria Un dì, felice, etérea (dúo del segundo acto) es realmente para crucificar al traductor/a y así todo el rato. Si fue la IA no tiene perdón, pero si fue alguien más terrenal “altra persona cercar dovete”.
La música y sus artistas: Dicho queda que la soprano Sabina Puértolas me conmovió y emocionó, yendo de menos a más. Teatralidad grande, dominio escénico y un fraseo que en el tercer acto -realmente enferma de bronquitis no curada- bordó realmente dolente. Se impuso a su compañero de amoríos -el tenor Andrés Sánchez-Joglar-, que con un timbre resonante y claro no parecía muy romántico. Mario Cassi, padre de Alfredo y renunciado suegro de Violetta, fue el barítono rico y profundo que el papel necesitaba. Una Annina- Noemí López Vázquez, soprano local- se mostró comprensiva, empática y muy cómoda en el registro medio. La Orquesta (BOS, Sinfónica de Bilbao) acompañó adecuadamente una partitura exigente; su director -Miquel Ortega- mostró su dominio de las entrañas operísticas. El coro bien, gracias.
Palabras finales de Sabina Puértolas: “He prometido no llorar, pero creo que no ha sido posible (pausa larga de contención). He estado dos días de hospital con una bronquitis que casi me agota. Tienen ustedes en Santander al mejor otorrino español (no dice quién). Esta función ha salido por narices (tal cual lo dijo) y por el mucho cariño de la gente. Estoy más o menos viva. Espero que ustedes hayan sentido la enfermedad que he estado sufriendo con La Traviata (pausa emotiva)”. Una noche muy viva, nada «extraviada». Puértolas volvió a ser Violetta, esta vez atravesada por pesares terrenales y operísticos. Gracias, Sabina por tu valor y… narices.

Esto es un poema – Clown y Títeres – Violeta y Péndula – Sala Pereda – 19 de septiembre – 17:00 horas
La programación de espectáculos familiares (mal encuadrados como infantiles) en la región presenta cada vez más compañías de otros lugares. Camino escena Norte lleva ocho temporadas dando a conocer grupos desde Galicia a Navarra, pasando por Asturias, Cantabria, País Vasco y La Rioja. De esta comunidad son una pareja de artistas que dicen llamarse “Violeta y Péndula” (Yolanda Francia y Raquel Gonzalo de paisanas), volcadas desde 2015 como titiriteras y payasas. Presentaron en Santander Esto es un poema, una creación de 2018 bajo la dirección y dramaturgia de Paco Paricio, titiritero insigne de Binéfar, habitual de las calles de Santillana del Mar y otros teatros de Cantabria.
El centro del escenario es un frigorífico (sí, una gran nevera de puertas verdes) que es el lugar donde unas verduras viven, charlan y se escapan para ver mundo. A su alrededor una apasionada de las palomitas (“¡Palomitas!” es la primera, segunda, tercera palabra…) frente a una entusiasta de las verduras. Sus diálogos parecen girar sobre temas culinarios y poéticos, con puntos de vista a ratos divertidos. Son dos amigas que en sus ratos libres manejan los títeres dentro y fuera de la nevera: calabacín, cebolla, zanahoria, puerro, plátano, brócoli, guisantes… Y un gran momento: la boda entre puerro y zanahoria y su viaje de novios, para ver mundo. Tal cual.
Final inesperado que saca la niña que llevan dentro las dos protagonistas y el público. Pensado para ser disfrutado a partir de cuatro años, funciona con estos y pocos años más. Un humor con rimas y mensajes positivos. Cincuenta minutos de un par de payasas que disfrutan con sus títeres (obra de Yolanda), transformando objetos y viviendo una amistad infantil. Quizás pudiera haber segunda parte: “Zafarrancho en la nevera”.