Rafael Rodríguez Rapún: el trabajo invisible en La Barraca de un joven comprometido con la causa obrera

El estreno de *La bola negra* permite mirar más allá de la vida truncada de Rapún y asomarse a su legado: su trabajo en La Barraca y su compromiso político, que recupera una biografía de próxima publicación
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Aunque teníamos referencias previas de José Ramón Saiz Viadero e Ian Gibson, fue la obra de teatro La piedra oscura, de Alberto Conejero, la que nos trajo para el gran público la figura de Rafael Rodríguez Rapún, el secretario de La Barraca, enterrado en Ciriego. Su trabajo ayudaba a que cada representación pudiera hacerse: había que organizar viajes, resolver problemas, ocuparse de las cuentas y conseguir que el proyecto siguiera adelante. Durante mucho tiempo, sin embargo, su nombre quedó ligado casi exclusivamente a su relación con Federico García Lorca.

La memoria es un camino y desde aquí se está recorriendo de forma colectiva, con colectivos memorialistas como Héroes de la República y la Libertad, organizando homenajes con motivo de su aniversario –que en su última edición congregó a un centenar de personas–,  o las rutas culturales del cementerio de Ciriego, pasando por medios de comunicación como EL FARADIO, que fundé y dirijo –para el que la obra de teatro y ahora la película siempre han sido vistas como una noticia local, muy nuestra-, sin olvidar el recuerdo constante de muchas personas a título particular: profesores de Literatura, gente del mundo del teatro, amantes de la lectura, ciudadanía en general. Al fin y al cabo, esto va de quienes siempre fueron invisibles.

El trabajo que comenzó con aquellos primeros artículos cristalizó en la obra teatral y tuvo un segundo acto en otra pieza sobre las tablas, Una noche sin luna, en la que nos sonó a reparación la intervención final de Juan Diego Botto, en un teatro mirando a ese enfrente a la Bahía de Santander que para los barracos fue descanso. Y ahora se vuelve internacional con La bola negra, la película de los Javis concebida como un fresco global sobre el deseo LGTBI y su persecución a lo largo de la historia, no dándola, ni mucho menos, por zanjada.

Llevo dos años investigando sobre Rafael Rodríguez Rapún, intentando de algún modo reparar el olvido que durante tantos años tuvo este residente de nuestra ciudad de los muertos, cuyo peso han sostenido durante décadas los hombros de su familia y que ahora, casi un siglo después, nos hemos empezado a repartir. Ahora sé que el retraso tuvo unos motivos, también que nos ha permitido darle un sentido para mantener, más que un recuerdo, un legado que se merece protagonismo por sí mismo.

A través de archivos, memorias, estudios y recuerdos personales, completados con una mirada más compleja sobre aspectos como la gestión cultural o el discurso de odio, he tenido el privilegio de asomarme a la historia de un joven de familia obrera, comprometido con una causa y una ideología en la que la mejora de las condiciones materiales de los trabajadores era indivisible de la lucha por la cultura y el avance de la educación. Esos objetivos se entrelazaron en su biografía y en su tiempo, los años de la II República, de la apertura masiva de escuelas, de las Misiones Pedagógicas y, por supuesto, de La Barraca.  Los defendió donde tocaba en cada momento: en las calles, en las tablas, y, finalmente, en la Guerra, cayendo en Cantabria, en la defensa del frente norte.

El resultado, lo veréis en la biografía, ya escrita y con algunas novedades, de próxima publicación en la editorial Libros del KO: no sólo el resultado de poner en orden los hitos de su vida y de completar los vacíos de las fechas. Es también una contribución a reparar la memoria de alguien que durante muchos años fue reducido a pareja o inspirador de un gran creador, que sumó capas de olvido –por no ser considerado un creador, por un trabajo invisible, por la censura de la dictadura y la desmemoria del postfranquismo, por la incomodidad de las etiquetas– : sobre todo, será un homenaje a todas aquellas personas que, como Rafael, con su trabajo invisible y valioso hacen que los grandes proyectos salgan adelante.

 

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