Crónica de sucesos, teatro y música “antigua”. Jordi Savall en Santillana del Mar. Carlos Hipólito en Santander

Jordi Savall y Andrew Lawrence-King
Jordi Savall y Hespèrion XXI – Monasterio Regina Coeli, Santillana del Mar – 23 de septiembre – 19:00 horas

Jordi afinando en esperas
Escuchar a Jordi Savall (Igualada, Barcelona, 1941) es revivir músicas de tiempos ancestrales (del 1300 al 1800 en este concierto) como si estuviéramos en las iglesias y plazas donde nacieron. En una invitación especial de la Consejería de Cultura Jordi desplegó -con un reducido número de músicos (su ensemble Hespèrion XXI resultaron tres esta vez)- un programa con el título “La memoria céltica en Europa”. Seis bloques de músicas y danzas del espíritu y de la resistencia de Bretaña, Cataluña, Escocia, Irlanda, Occitania y País Vasco (quizás faltó Cantabria, más céltica que todos los occitanos y catalanes juntos).

Pardessus de 1750 y Viola de gamba de 1691
Crónica de sucesos: Una convocatoria que necesitaba invitación pero que generó un alboroto en la entrada a la iglesia del monasterio que no fue resuelto ni con un policía local a un metro y medio de la entrada. Voces, empujones, plantes de una cola sin invitación previa que esperaba completar el aforo sin complicaciones. Una hora de problemas, llegada y llamamiento de la alcaldesa a la calma, sillas municipales apareciendo, un ir y venir de la gente del museo diocesano a rescatar invitados, los músicos no sabiendo qué hacer. Ellos tenían que empezar el concierto con una procesión desde el pórtico de entrada, lugar de forcejeos y parlamentos. La iglesia se llenó y 25 minutos más tarde de la hora oficial de comienzo Sara Izquierdo, la alcaldesa de Santillana del Mar, se dirigió “a capella” desde el presbiterio a los asistentes: “Disculpen por hacer esperar a los artistas” (varios cientos de personas también estuvimos esperando asombrados); “aunque nosotros no organizamos nada el resultado para un municipio como el nuestro es tener artistas de talla internacional”. Un perdón que sonaba bien, pero que no analizaba las causas de una convocatoria confusa. Terminó la alcaldesa su parlamento y empezó el concierto.
Crónica del concierto: Liberado el pasillo central de una iglesia iluminada ese día de forma especial (algo que hacía más bello el retablo) dos músicos avanzaron hacía el altar tocando una fanfarria de un trovador francés del siglo XII. Lo céltico ya estaba iniciado y duró 80 minutos más pasando de lo occitano a lo escocés, de lo bretón a los paisajes irlandeses. Jordi Savall, concentrado y casi místico, tocaba dos instrumentos de cuerda con mucha historia detrás. Andrew Lawrence-King (Guernsey, 1959) era el hombre feliz detrás de su arpa Queen Mary (copia de un arpa escocesa del siglo XV) con cuerdas metálicas y muchas uñas detrás de cada canción. David Mayoral fue el encargado de las percusiones, precisas, bellas y con dedicatoria en ese bodhran (pandero irlandés con firma de The Chieftains en su parche) de rítmico sonido. Enrike Solinis (Bilbao, 1974) no paraba de cambiar instrumentos desde la alboka de su entrada a la tiorba, la guitarra barroca y una guiterna, una especie de guitarra polifónica renacentista de singular sonido con sus cinco cuerdas. Enrike brilló en el tramo de danzas de la cornisa cantábrica donde fue el protagonista musical y arrobado tañedor. Al final lo céltico estaba en el ambiente y no hubo mejor despedida como propina que el Carolan’s Farewell del famoso bardo, compositor y arpista ciego irlandés O’Carolan (1670–1738).
Solo quedaba presentar los instrumentos, con dos maravillas en las manos de Jordi: una viola de gamba soprano inglesa de Barak Norman (Londres, 1690) y un Pardessus de viole de Nicolas Chappuy (París, 1750). La noche hizo de la música que llaman antigua algo muy actual. Savall lo comentó días antes en televisión: tocar música medieval o renacentista (o céltica) es hacerla viva en el siglo XXI, el de su Hespèrion.

Fotografía: David Ruano
Largo viaje hacia la noche – Teatro de Eugene O’Neill – Sala Pereda – 25 de septiembre – 19:30 horas
El Largo viaje hacia la noche es una obra de teatro escrita en 1941 y estrenada en 1956. Una de las obras emblemáticas del teatro del siglo XX cuyo autor (Eugene O’Neill, 1888-1953) no quiso fuera representada en vida. Es demasiado autobiográfica y destructiva, sin esperanzas para el espectador, un camino a la locura de sus cuatro protagonistas, alcohol y drogas como motores de una familia norteamericana que acaba sin ningún futuro. Un vacío que vivió O’Neill, premio Nobel de Literatura 1936, alcohólico declarado (quizás en competencia literaria y dipsomaniaca con Ernest Hemingway, otro premio Nobel buen bebedor). Esta enajenación teatral escrita como un ejercicio de exorcismo personal fue representada el pasado fin de semana en el Palacio de Festivales de Cantabria con Carlos Hipólito al frente del reparto en una gira previa a su estreno el mes de noviembre en Madrid.

Apartamento turístico con foco desmedido
No fue una representación grata pues junto a unos textos desasosegantes se unía una puesta en escena pretendidamente moderna que añadía más incoherencia a lo que la familia Tyrone vivía en su casa al lado del mar en un largo día. Escenografía que parecía un apartamento turístico con sofá, dos escaleras y cuatro sillas por el que transitaban -y saltaban- los actores en búsqueda de su dosis (de whisky o de morfina). Por si no fuera esto ya turbador, la música llegaba a ser inquietante (¡más todavía!), lo mismo que los ruidos añadidos. El decorado de fondo era una inmensa tela con olas y mar que se podía atravesar para simular otros lugares de la casa. Un arco de luces molestaba y un foco puñetero deslumbraba. Había que sufrir como los personajes.
La obra se lleva a cabo en un solo día en agosto de 1912. El entorno es Monte Cristo Cottage, la casa costera de los Tyrone en Connecticut. Los personajes principales son cuatro: dos hijos -Jamie, 33 años, y Edmund, 23 años- y sus padres -James y Mary, 65 y 54 años-; no actúan otros que sí están en los cuatro actos de la obra. Amargura, celos, culpas, enfermedades, sueños no cumplidos, defectos morales… una delicia de relaciones familiares que van deteriorándose hora a hora (se empieza a las 8:30 de la mañana para acabar a las 6:30 de la madrugada). Lo escrito: un camino a la locura de los cuatro. Eugene se lo dedicó a su esposa en 1941: “Querida, te doy el guion original de esta obra de dolor, escrita con lágrimas y sangre”.
Una obra espinosa, con muchos registros que los cuatro actores saben interpretar y recrear. Carlos Hipólito que allá por los años 80 interpretó el papel de hijo, ahora asume el de padre. Mapi Sagaseta es quien lleva el mayor peso y dolor y lo escenifica con nota sobresaliente. Alex Villazán y Nicolás Illoro dan credibilidad a sus papeles. Duelos actorales bien entre hermanos, bien entre padres, bien entre padre/madre e hijo, que son todos reflejo de lo que ocurre y ocurrirá. No se puede contar el final que se entrevé en directo, pero dejar constancia de cuatro grandes actores que dan vida (es un decir, que esperanzas no hay en la obra) a cuatro grandes papeles.