Compipapis.com: «¡El sistema eres tú!»

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La misma Inteligencia Artificial que prometía un 99% de compatibilidad a la pareja, ahora observa mejor, recalcula y clarifica. Se llama ALMA —que es todo aquello de lo que carece la IA—, una narradora robótica, estética y ágil para clavar el diagnóstico de lo obvio: que los participantes tienen tan evidentes diferencias que el proyecto común, lejos de ser un producto garantizado, está, de partida, más que comprometido.

Alfredo, médico forense, y Libertad, bióloga, son los dos avatares que prueban en el metaverso la experiencia Compipapis.com, una ficción en la que sí se atreven a vivir aquello que no quisieron en la vida real: en este entorno virtual sí, una mujer y un hombre cuarentones se lanzan a la experiencia de ponerse a prueba, tener una hija y crear una familia. Y ahí tienes a la IA, tan inteligente ella, proponiendo intentarlo a una mujer progresista, lesbiana, muy creyente de la carta astral y «más trágica que Electra» y a un hombre católico, conservador, si no deprimido al menos apagado y más bien inadaptado, que encuentra más certezas en los perritos de porcelana de ‘Mamuchi’ que en cualquier club de lectura. La compatibilidad desciende al 41% y Alfredo empieza a tener dudas, a pasarlo realmente mal. Necesitará «una verdad sin filtro para que el sistema se apague». Solo entonces se abre: «tengo miedo de que mi hija sea igual de infeliz que yo». Y algo en la relación se reconduce:

-«La honestidad es el mejor sedante», media el tercero de los avatares, el de Celes —Celestina tenía que ser—. La declaración de principios queda expuesta, y sin embargo el sistema sigue funcionando. De hecho, parece premiar el alarde de sinceridad y ALMA (Asistente Lógico de Mediación Afectiva) devuelve a la pareja hasta un aceptable 60% de compatibilidad.

La colisión de personajes tan extremos, encarnados con brillantez por Eva Barón en el papel de Libertad, Belén Galarza como Celes y Borja Turrado como Alfredo, hizo las delicias del público y llenó de carcajadas el Teatro Municipal de Los Corrales de Buelna el día estreno de esta obra producida por El Tejo Producciones, escrita por Carlos Troyano.

La propuesta dirigida con maestría por Anabel Díez resulta tan exigente para el reparto —que debe transmitir la conexión entre el avatar y el ser humano que lo maneja— como actual y atractivo para el espectador. La comedia tiene, además, la virtud de desplegar en distintas capas algunas de las grandes crisis de nuestro tiempo: explora las nuevas formas de familia, nos lleva a la sensación —en el mejor de los casos— de descontrol ante un avance tecnológico con más preguntas que respuestas y de ahí a la soledad, al cada vez mayor aislamiento en el que transitan nuestras vidas. En este contexto, ¿deja de ser descabellada la esperpéntica idea de unirse entre extraños para traer vida al mundo? Basada en la realidad, lo cierto es que la propuesta, llevada a las tablas, da «error de sistema».

El avatar de Celes guía etapa por etapa la relación de Libertad y Alfredo: de la crisis de los padres walking dead de sueño, con la recién nacida Lola de la Bahía sin parar de llorar por las noches, al choque cultural de familias de tradiciones muy alejadas, bautizo sí o bautizo no. Y así se va desgastando el vínculo hasta que chisporrotea la química y la neutralidad de Celes se ve comprometida. Irrumpe en pantalla Robert Smith y las dos mujeres dan rienda suelta a su atracción al ritmo de «Boys don’t cry».

Efectivamente, puede pensar el espectador, estamos ante otra broma surrealista del capitalismo. Pero en este preciso momento aparece la pregunta que nos desestabiliza: ¿nos genera las necesidades o virtuosamente detecta con precisión cuáles son nuestras necesidades en cada momento?

-Es todo una manipulación: ¿Quién decide cuándo baja el porcentaje de compatibilidad? —cuestiona Alfredo.

-Es el sistema —defiende Celes.

-¿Y quién es el sistema?

-¡El sistema eres tú!

El sistema eres tú. Todos somos Alfredo y Libertad. Somos nosotros los que hemos puesto los datos por delante de las emociones y el interés por encima de la humanidad: alimentamos el algoritmo, vivimos en burbujas desconectadas, cada vez más aislados, solos, intolerantes a la diferencia y a cualquier atisbo de discrepancia. En «un mundo en que cualquier relación es posible», tenemos pánico al vínculo y el vínculo sufre un deterioro severo. Abrumado por el aluvión de verdades, Alfredo pretende relativizar:

-¡Sólo es una obra de teatro!

-¿Sólo teatro? ¡Pero cuándo has estado tú más vivo!

 

 

 

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