El malestar también vota

Tiempo de lectura: 9 min

|| José María Gruber, sindicalista ||

Decía Pablo Iglesias, hace unos días, que “por qué PSOE y Frente Amplio no habían llegado también a un acuerdo para el Congreso”. E, ironías aparte, tiene razón: ¿Y por qué no?

El Frente Popular del 36, con el PSOE dentro de él, se formó para frenar el avance del fascismo: “No pasarán”. El PSOE y el Frente Amplio que también se proponen frenar al fascismo, van separados al Congreso y unidos para el Senado ¿Y qué?

La diferencia con el 36 es que entonces, el fascismo estaba muy concentrado en Europa, en Alemania e Italia, principalmente, y se preparaba aceleradamente para la guerra: era un peligro inminente para ciertos territorios, dadas sus ansias expansionistas, y no fue hasta la anexión de los Sudetes, en el 38, y la invasión de Polonia, en el 39, que el nazismo inició la guerra, pasando de un peligro inminente a una trágica realidad.

Hoy, el fascismo no es un peligro inminente, en el mismo sentido que entonces. Y no porque no esté avanzando, de hecho ya está avanzando, pero lo hace de otra manera y por otros medios, se extiende como una mancha de aceite, ganando amplios territorios. Y lo hace organizadamente, siguiendo un único patrón y bajo el liderazgo de facto de un país: EEUU. El peligro, por tanto, no es menor.

El capitalismo, normalmente, empieza la ofensiva en el terreno de la economía, de la cultura y de la política, dejando la guerra como último recurso. Hoy las guerras existentes tienen otro carácter, no tienen como objetivo directo derrocar gobiernos o regímenes políticos, que también, ni siquiera ocupar físicamente territorios, que también, sino que tienen un objetivo principal claramente usurpador de recursos, si es preciso, por la fuerza. La verdadera guerra se está librando en los mercados, en el dominio de la tecnología, en la invasión cultural y mediática.

En España, el fascismo está ya dentro, pero su ofensiva es, sobre todo, política y cultural, y está conquistando instituciones políticas, judiciales y mediáticas, y también la calle. Y, en algún sentido, es inminente el peligro de que ocupe totalmente todos esos terrenos. ¿Sería descabellado pensar que hoy también es necesario un Frente Popular de todas las fuerzas antifascistas, incluido el PSOE? ¿Parecería que para Iglesias no? Debería explicarlo él mismo.

De cualquier manera, “los dados ya están echados”, como diría Julio César, las alternativas son las que son. Pero falta que depositemos nuestro voto.

Decía Gabriel Rufián que parar a la ultraderecha era lo importante y que, para ello, había que conseguir la unidad y aplicar la ciencia. ¿A qué se refería? La unidad no se ha conseguido, ya lo sabemos, pero ¿qué ciencia hay que aplicar? ¿O se refería a la con-ciencia? Si hablamos de ciencia, deberíamos entender que se refería a números, a votos, a diputados; y podemos sospechar que, efectivamente, los pasos que ha dado, tenían esa dirección: conseguir más votos y diputados para su partido, ERC, pero no conseguir más unión.

¿Es aplicar la ciencia estudiar dónde los votos pueden servir de algo y dónde van a ser votos perdidos? ¿Consiste la ciencia, a que alude Rufián, en saber, a la hora de elegir el voto, dónde hay posibilidades ciertas de obtener resultados, dónde hay solo probabilidades y dónde es inútil intentarlo? ¿Es eso? ¿La aplicamos?

¿Se puede aplicar la ciencia sin traicionar a la conciencia? Creo que sí. Ahora bien, si consideramos que las elecciones, cada convocatoria electoral, es solo un instrumento, repito, solo un instrumento, que utiliza la democracia para resolver los conflictos entre clases e ideas, la pregunta es: ¿se puede depositar un voto, por una vez, en una elección determinada, a favor de alguien que no piensa en todo como tú, sin traicionar tus ideas? Hay quien da a entender que no. Yo opino que se puede. Dependerá de la intención, de que el voto vaya dirigido a lo importante, a vencer al adversario principal, y no al de tu mismo bando. ¿No puede un votante de izquierdas votar al PSOE, ésta vez, para frenar al fascismo, sin renegar de sus ideas? Dependerá de cuál sea el objetivo.

Decía el “camarada Mao” que existen dos tipos de contradicciones: una principal y otras secundarias. La principal era la existente entre el capital y el trabajo, entre explotadores y explotados, entre ricos y pobres. Que también había contradicciones entre los explotados, entre los pobres: que si comunistas y anarquistas, reformistas y revolucionarios, izquierdas transformadoras y socialdemocracia… entre asalariados y autónomos, entre hombres y mujeres, entre jóvenes y viejos. Y concluía que las contradicciones entre los de un mismo bando, entre los explotados, les debilitaban para combatir a los explotadores. Parece que es una verdad de Perogrullo.

La pregunta que nadie se atreve a plantear es: ¿Puede una parte de la izquierda, de los explotados, vencer, de una tacada, al adversario principal, a la extrema derecha y la derecha extrema y, vencer, de pasada, al adversario político dentro de la izquierda? Esa izquierda que lo pretendiese debería tener una fuerza descomunal, creo yo, y no es el caso.

Hablemos sin rodeos: ¿Se puede vencer a la ultraderecha sin contar con el PSOE? ¿Se la puede, al menos, frenar? ¿Se puede formar un Gobierno progresista (o mejor, más progresista que cualquiera de los dos últimos), sin contar con el PSOE, o en el que esté en minoría? ¿Puede una izquierda vencer a la ultraderecha sin estar en el gobierno… y sin estar en la calle? ¿Basta con “hacer la guerra” en las redes y en los medios? Las preguntas son muchas.

La Academia define la ilusión como “el concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos”. También como “anhelo, esperanza, deseo, confianza, fe, espejismo, ensueño, imaginación, fantasía, quimera, ideal, alucinación, delirio”. Y, también incluye un significado que puede parecernos el más actual: la ilusión “puede convertirse en viva complacencia en una persona, una cosa, una tarea, etc”.

¿Se puede votar en conciencia ignorando la ciencia? Decía el Quijote: “no es más hombre quien mejor habla o quien más desea, sino quien más hace”. Está claro que para la derecha, lo importante es hacer, “pasa de la conciencia”. La izquierda, cierta izquierda, al menos, es presa de sus deseos, de la ilusión por conseguir sus objetivos; pero, sobre todo, es presa de su conciencia, entendida como algo inmutable y eterno… y deja de lado la ciencia, la realidad, los números, los malditos números. Asegura que hace falta una “izquierda fuerte”, pero no nos dice cómo y cuánto de fuerte (yo diría que descomunal)… y cómo conseguirla.

De momento, está claro que será presentándose y ganando las elecciones ¿no? nadie plantea otra forma, la revolución ni se menta. Y que igual de claro es que, conseguir una izquierda fuerte para ganar las elecciones, depende de los votantes, de que sean muchos, mejor si son la mayoría. Pero ¿cómo conseguirlo? Hace mucho tiempo que pienso que algo hacemos mal en la izquierda, que teniendo los datos de la realidad, de lo que es el capitalismo, de la desigualdad, de la pobreza, de la pérdida de derechos cuando gobierna la derecha, no conseguimos que los votantes nos sigan arrolladoramente, haciendo reventar de votos las urnas. Y me incomoda no alcanzar a saber por qué.

Obcecados con vencer al de al lado antes que al de enfrente, caemos en la trampa de hacer caso a las encuestas, aunque en público digamos lo contrario. Y caemos en el juego de pensar que un líder, una lideresa, por sí solos, pueden cambiar los tantos por ciento de las encuestas. Y en eso empleamos nuestros esfuerzos, en conseguir el mejor líder. Pero no nos damos cuenta que las encuestas nos engañan, no nos dicen toda la verdad, solo nos hablan de los que van a votar, y nunca de los que se quedan en casa. Ni por qué se quedan. Y ahí está la cuestión. ¿Será porque está aburrida de tantos líderes carismáticos? El reto de las izquierdas estará en conseguir que esa gente vote, en sacar a la gente de sus casas y convencerlos para que voten, para que nos voten.

Y, para eso, les podremos hablar de conciencia, sí, de fidelidad a los ideales, de valores, también, de grandes conceptos… y nos preguntarán si “aplicamos ciencia”, si hemos valorado que el voto que le pedimos va a servir para algo, o si solo valdrá para dormir tranquilos por haber sido fieles a las ideas propias. Al final, habrá gente pobre que dormirá tranquila por haber sido fiel a sus ideas, aunque se despertará igual de pobre. Habrá también gente, posiblemente menos pobre, que no podrá dormir tranquila por no haber intentado siquiera que haya menos pobres, aunque haya sido fiel a sus ideas. Y habrá también gente que dormirá tranquila por estar convencida de haber hecho algo para que haya menos pobres, y no le quitará el sueño haber sido infiel en algo, y por una vez, a sus ideas.

Todos los datos, todas las estadísticas demuestran que el actual sistema capitalista es incapaz de satisfacer las necesidades de la mayoría de la población, y que el malestar que produce es un sentimiento generalizado que existe en la conciencia y en la vida de cada uno de los millones de personas que sufren pobreza, desigualdad, discriminación, frustración. Ese malestar vota, quizá ciegamente, pero vota. Y habrá que tenerlo en cuenta.

Del malestar necesitaremos hacer una reflexión profunda para entender en qué medida influye en las elecciones. Pero, de ello, hablaremos en otra ocasión.

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