¿Cine o ballet? Una extraña mezcla en Palacio donde la buena danza pierde. Además, “Los Sabandeños” alegraron un festival con algunos boleros.

El pasado fin de semana volvió el buen ballet a Santander con la compañía de Lucía Lacarra. A partir de cartas de soldados de una guerra pasada en la que todos perdieron se construye una coreografía “neoclásica” acompañada de una película que interfiere el espectáculo: ¿cine o ballet? (Respuesta: un poco de los dos, mal conjuntado). Más rotundos y claros fueron el grupo de "Los Sabandeños" que alegraron el sábado una sala pletórica con canciones y aires canarios. Los locales -"Jueves de Boleros"- pusieron otras canciones y algún bolero. Hubo minuto de silencio los dos días, el viernes con 1600 personas de pie, el sábado con 1600 personas sentadas.
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Lost Letters – Lucía Lacarra Ballet – Sala Argenta – 30 octubre – 19:30 horas

Cine y ballet

A los creadores del concepto y coreografía de Lost Letters -los bailarines Lucía Lacarra y Matthew Golbing, pareja de baile y de vida- les pareció oportuno que toda la actuación del ballet se viera complementada por una película de setenta minutos que explicara un argumento con guion sobre las cartas perdidas en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial. Sí, ¡argumento! Basándose en una carta real (de realidad) del artillero Frank Bracey a su esposa, una carta en la que Frank parece adivinar su final en una trinchera francesa y le pide a Win que sea feliz: “Mi último deseo es que te cases con un buen hombre”.

Ballet y cine

En pantalla los acantilados, playas y flysch (formaciones rocosas sedimentarias que producen singulares paisajes costeros) de Zumaia (Guipúzcoa) son el lugar donde el soldado (el bailarín canadiense Matthew Golding, 1985) recuerda e imagina lo mucho vivido -y quizás por vivir- con su esposa Win (Lucía Lacarra, bailarina nacida en Zumaia, 1975). Belleza junto al mar; cámara que se recrea en panoramas marinos y acantilados donde vuelan cartas. La soledad y el amor aparecen, besos de cine y un campo de amapolas mantiene la tensión del recuerdo. Amapolas que en clave británica (y canadiense) conmemoran los hombres y mujeres muertos en todos los conflictos bélicos. Ella se adentra en el mar cual Alfonsina Storni y el paralelismo es claro: se suicida. Pero no -o pero sí, que no se sabe- pues al mismo tiempo que Lucía lo hace en pantalla, baila en el escenario. La película empieza en la punta de Algorri y termina en el mismo lugar, quizás con un mensaje que todo es cíclico. Mucho travelling y una sensación de “qué bonito todo, pero ¿qué pasó, dónde y cuál es el mensaje?”.

El mar en el escenario

Mientras esto sucede en pantalla cuatro jóvenes parejas de baile de formación clásica (neoclásica dice el programa) son los espectadores de primera fila de la pareja Golding-Lacarra, amorosos, perdidos, brillantes, espectaculares en un gran paso a dos y plásticamente impactantes. La coordinación con la música es casi perfecta, primero con el adagio del concierto para piano de Rajmáninov (1873-1943) donde las notas del piano inundan de tristeza a los danzantes para pasar a ser más repetitiva y minimalista con la música de Max Richter (Hamelin, 1966), momentos de olvidos, despedidas y ausencias.

Una escenografía con momentos plásticos impactantes: el rojo con el que se rodea Lucía para inundar el escenario con su vaporoso vestido o el blanco de unas olas marinas que parecen salidas de la pantalla. Bellos momentos de baile y argumento dificultoso de entender entre paisajes marinos cambiantes y cartas que vuelan de acá para allá.

Con tres años de rodaje (se estrenó en el teatro Arriaga de Bilbao en octubre de 2023) Lost Letters es un todo que no acaba de juntar bien las partes. Ya lo dice el título de la crónica: ¿cine o ballet? Si el espectador/a tiene que estar a dos atenciones a la vez, una sufre y esta es la danza.

 

«Los Sabandeños» y el Atlántico

XV Festival de Boleros – Los Sabandeños / Jueves de Boleros – Sala Argenta – 31 de octubre – 19:30 horas

El Festival Santander de Boleros cumplió quince años (XV en los carteles) con una idea central: hacer un viaje por cuatro puertos con una misma melodía. Los puertos: Santander, Santa Cruz de Tenerife, La Habana y Veracruz. Los muelles santanderinos estaban representados por Jueves de Boleros (formación que nació allá por febrero de 1983), los muelles tinerfeños por Los Sabandeños (grupo canario que comenzó su actividad en el año 1963) y Cuba y México con sus canciones.

«Jueves de Boleros» y el Cantábrico

Más de dos horas y media de música de la que alegra la vida, aunque se cuenten pesares, lloros, cruces clavadas en el monte del olvido y haya lágrimas negras. Los Sabandeños brillaron con sus nueve instrumentistas y 16 voces bien conjuntadas, con solistas de categoría; empezaron con una isa canaria y acabaron regalando una propina solicitada por el público: el pasodoble Islas Canarias. En medio clásicos como Guantanamera (bien introducida con la historia que hay detrás) o Mirando al mar, El cuarto de Tula coreado con el público o ese Reloj que marca las horas.

Los Jueves de Boleros empezaron saliendo de Cuba (donde se dejaron vidas y amores) y terminaron con una propina cantada por centenares de voces (mayoritariamente femeninas): Viento del Norte. Su repertorio 2026 es más variado, cabiendo en las quince canciones elegidas temas de Nino Bravo, Roberto Carlos o Los mismos. Mejoran con los años.

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