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Tomar partido

12 de septiembre de 2018. POR

|| por FERNANDO AUSENCIA, coeditor de Alas Ediciones||

Miro el paisaje a través de este muro sin ventanas, y me viene a la cabeza ese día en el que mis padres me dijeron, cuando cumplí mis imberbes quince años, sentado agazapado en el sillón del comedor del piso familiar, que tenía que tomar partido, que la vida, me aleccionaron, es una cuestión de tomar partido.

Con quince años si pretendes escapar, con eso basta y sobra para hacerlo, escuché años más tarde en un disco del grupo liderado por Rafael Berrio, Amor a Traición, y me acordé de mis padres y de aquella conversación.

Y me acordé cuando sin darme verdadera cuenta puse en práctica la lección, cuando decidí en el inicio de la juventud odiar a las chicas que no existían, decantarme por el asfalto cuando el edificio universitario se vislumbraba en los descampados de la gran ciudad, siempre en las afueras, asumir masturbaciones nocturnas como si fueran mías, cuando todas ellas en realidad estaban dedicadas, porque no había más remedio que tomar partido.

Tomar partido se volvió mucho más serio y una postura de riesgo ante los días que estaban por llegar, cuando las cosas se pusieron difíciles, cuando un coche entra en tu vida, cuando salen de ella los tanques armados de la existencia, siendo sustituidos por esa guerra fría que no es posible abandonar, esa que conserva como una memoria infinita la incomodidad de todo adolescente que sabe que no hay un lugar adecuado para el reposo, aunque todas las piezas encajen y uno se ve obligado a tomar partido con más ferocidad que nunca.

Y lo hace pensando en sus padres, como en mi caso, en aquella charla definitiva, cuando surge la cobardía porque uno tiene la sensación de que se juega la partida en la última mano, y lo hace como lo hice yo, escondiéndome en Gabriel porque hay que salir alguna vez del escondite, porque no es poeta el que escribe un porrón de versos, sino el que busca el refugio permanente contra la tormenta y no quiere encontrarlo.

Hacerlo cuando mandas a la mierda a todos los que te dicen que dones sangre porque los vampiros también cuentan, hacerlo como lo hice yo, dosificando el discurso y apurando la cerveza cada día más solo, mirando el asfalto para que no me surja la duda, para valorar las aceras que nadie transita y llevan a ninguna parte. Hacerlo de esa manera, con la luz de aquella sala sobre la cabeza, diciendo siempre no a la eternidad de los tatuajes, tomando partido por las pieles vírgenes que son las que alcanzan la eternidad, mientras que las tatuadas pringadas de tinta alimentan a mis padres de entonces, en esa sala a media luz. Tomar partido por las carreteras secundarias que siguen manteniendo su tasa de mortalidad porque creen en la vida, tomar partido de verdad, con la esencia de los abandonados a todo, de los que exploran algo más que la dignidad manufacturada que muchos abanderan cuando cae la noche.

Hacerlo con la indiferencia propia de la existencia, caminando solo, porque tomar partido no es ponerse detrás del estrado, mientras la foto se toma en medio del discurso de un presidente, tomar partido no se puede confundir con trazar líneas imaginarias y elegir colores diversos. Tomar partido es dosificar la rabia en la oficina, que nadie se la apropie, mantener la integridad cuando renuevas el carnet de identidad y te recuerdan que incluso algún número puede ser odiado sin miramientos.

Tomar partido, como el que toma las curvas en las últimas lomas del camino, huir del nivel del mar como si fuera el diablo, sabiendo que si dios no existe el diablo quién sabe.


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