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Comer para vivir

6 de noviembre de 2018. POR

||por CARLES FERREIRO, empresario TIC, licenciado en Derecho||

En un devastador informe, las Naciones Unidas alertaban hace unas semanas de la necesidad de urgentes y drásticas medidas para limitar los efectos del cambio climático y evitar un calentamiento global superior a 1,5ºC entre el 2032 y el 2050. Si no lo logramos, nos despeñarenos por escenarios en los que la vida en la Tierra como la hemos entendido hasta ahora -con toda su abundancia y diversidad- cambiará de manera radical.

Macrogranja de cerdos

La mayoría de nosotros reaccionamos a esta noticia con unos instantes de perpleja y mayúscula preocupación seguidos de un silencio estruendoso. ¿Qué puedo hacer yo? Nos decimos. Parece como si nuestra cultura y forma de vivir (ya sea política, economía o tecnología) se hubieran convertido en los nuevos dioses iracundos e inescrutables de la era de la globalización y no nos queda más opción que estamos aceptar la fatalidad con resignación.

Pero aunque, el cambio climático sea un reto sistémico titánico que contiene múltiples problemáticas muy incrustadas e interdependientes, es falso que tú y yo no podamos hacer nada. Hay gran poder en la acción individual. Quizás no puedas instalar placas solares en tu casa o dejar el coche y moverte en bicicleta, pero hay una decisión importante que sólo depende de ti y tomas varias veces cada día que tiene un impacto radical sobre el planeta: tu dieta.

La producción alimentaria genera entre el 20% y el 24% del total de emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI), solo por detrás de la generación de energía y por delante de la movilidad y el transporte. No sorprende pues que eliminar (o reducir) el consumo de carne y lácteos es la mayor contribución que uno puede realizar en esta lucha por la sostenibilidad del planeta.

Aunque proporciona el 18% de las calorías y el 37% de la proteína, la ganadería usa el 83% del total de tierra dedicada a la producción de alimentos. Si dejáramos de comer carne y lácteos -aun teniendo en cuenta la necesidad de más cultivos- se liberaría una superficie de tierra equivalente a la suma de la Unión Europea, EE.UU., China y Australia juntas (con lo se dejaría más espacio para otras especies) y dejaríamos de emitir entre el 10% y el 15% del total de GEI.

Alimentarnos como se ha hecho toda la vida no es sostenible.

Es difícil de escuchar esta realidad, sobretodo si, como a mi, te gusta la carne, crees que te sienta bien y tienes un nivel relativo de sensibilidad por el bienestar de los animales.

No se trata de que te hagas vegano, o quizás sí, pero comas lo que comas es importante que las decisiones sobre tu dieta sean tuyas y sólo tuyas ¿no crees? Es importante que sea una decisión personal, libre e informada en el marco de las limitaciones que cada uno vive.

La mayoría de nosotros basamos nuestra dieta en la establecida en nuestra cultura familiar que nos dice que es “lo normal”, aunque esa normalidad ya está lejos de las costumbres tradicionales que se han difuminado en el supermercado actual. Y luego está la influencia de la industria alimentaria que ha gastado millones y millones de dólares durante décadas en publicidad directa y subliminal hasta cambiar lo suficiente nuestras costumbres como para crear una auténtica pandemia de obesidad y enfermedades relacionadas.

La comida es una necesidad que, para nosotros los humanos, es mucho más que energética. La comida es también placer, diversión, cultura, compartir, creatividad, aventura, economía, tiempo e infinitas cosas más, por tanto comemos para satisfacer nuestras necesidades personales y a menudo las de nuestro entorno social. El desafío actual es que además cumplamos con las necesidades de supervivencia planetaria!

De nuevo, no hace falta hacerse vegano mañana. Yo empecé comiendo menos carne vacuna, que todo el mundo está de acuerdo que es una buena idea. Puedes empezar comiendo carne vacuna sólo un par de veces por semana y comer pollo en su lugar que tiene un impacto ambiental mucho menor. Yo he pasado por ahí y no recuerdo que fuera nada difícil.

Cortar el consumo de embutidos, en especial des del anuncio de la OMS sobre su potencial cancerígeno, tampoco es descabellado aunque sean prácticos, apetitosos y se han comido toda la vida. A mi me encantan pero no los como.

Tampoco ayuda saber que algo que antes hubiera sonado a parte de un chiste es un dato estadístico: desde 2018 en España hay más cerdos que personas. Y claro, no sólo comemos mucho más cerdo que en ninguna otra generación precedente sino que además somos el cuarto productor mundial de cerdos con un montón de empleos e inversiones multimillonarias. Sabiendo el impacto ambiental que tienen también sobre el ciclo del agua y las emisiones, ¿tenemos que ser la pocilga de media Europa? ¿Podemos pensar en alternativas al aumento sin fin del número de cerdos?

Más generoso aún es dejar el cordero. Aunque sea delicioso, su impacto en emisiones de GEI es casi un 50 % superior a la carne de vaca y se puede vivir sin comerlo…más de una vez al año.

Uno de los grandes objetivos de la ganadería industrializada es que la carne lo más barata posible y así poder producir y vender más. Si rompes ese ciclo y comes menos carne quizás consideres la idea de comer sólo carne ecológica que, además de ser mejor ambientalmente, es más cara y más escasa. Para mi ese paso fue fulminante. Ya había dejado de comprar carne para cocinar en casa, comiéndola sólo cuando en restaurantes y como si te sirven carne y no te dicen que es orgánica, no lo es, se cayó de mis opciones y prácticamente se quedó para la hamburguesería hipster pagando un plus.

Si comes menos carne quizás empieces a comer más pollo y a nivel ambiental es una gran opción. El pollo tiene mucho menor impacto tanto en consumo de tierra, como de agua y emisiones de GEI. Además es una comida versátil, muy disponible y forma parte de la comida tradicional de casi todas las culturas. Eso sí, la cría industrial de pollos de engorde es inaceptable a casi todos los niveles. Mejor el pollo de granja pero si no lo puedes pagar, no vuelvas a la ternera!

Y claro, luego está la leche, el queso y los yogures. Para los vegetarianos no son un problema, pero para el planeta sí. Los lácteos son responsables de gran parte de la producción ganadera y la emisión de GEI por gramo consumible sólo va por detrás del cordero y la ternera. Hay alternativas fáciles al mítico aporte de calcio y, a pesar de todo lo que se nos ha vendido, los niños crecen sanos sin leche ni yogures hiper-edulcorados. De hecho, si hiciéramos una pausa para descubrir lo que significa para las condiciones de vida de las vacas adultas y sus terneros, que podamos tener tomar leche (incluso ecológica) por apenas 1€ el litro, difícilmente podríamos explicárselo a nuestros hijos sin sentir vergüenza.

Por último, hay que mencionar que sustituir la carne por más pescado es traspasar el problema al mar. El pescado y los animales marinos salvajes y cultivados tienen sus propias problemáticas de sostenibilidad y no podrán suplir la carne. La excepción parece ser los bivalvos (mejillones, almejas, ostras, etc,), probablemente los únicos animales cuya producción (y consumo) tiene un efecto favorable sobre el ecosistema.

Colectivamente, como especie y como representantes más supuestamente avanzados de eso que llamamos vida, necesitamos que esta generación, la nuestra, deje de comer como lo hemos hecho los humanos desde hace miles de años. Tenemos la suficiente inteligencia, creatividad, tecnología y capacidad comunicativa para nutrirnos a todos los niveles mejor de lo que nunca lo hemos hecho pasando a comer más plantas y muchos menos animales.

Individualmente, este artículo es una invitación a informarte de tu poder y tu responsabilidad para después tomar decisiones libres y coherentes. Tu exploración personal dirá si haces cambios radicales o modestos a la hora de comprar, pedir y servir.

¿Qué vas a comer esta semana?

Comentarios

  1. Djaouida

    Perfectamente explicado. Coherente,riguroso y sabio artículo.
    Seamos responsables, nuestros actos repercuten más allá de nosotr@s mism@s.

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