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Nadie quiere irse

29 de mayo de 2019. POR

|| Carlos Serrano Lorigados

 

La “aldea gala” de jóvenes cántabros que resisten a la emigración es pequeña, pero su relevancia, importante. Los recién incorporados al mundo laboral (autónomos, artistas, profesores, abogados, entrenadores, emprendedores, interinos, enfermeros, entre muchos más que me dejaré en el tintero) son quienes en un futuro relevarán (y pagarán las pensiones), no por ambición, sino por ley de vida, al más importante grupo del electorado en Cantabria: los mayores de cincuenta años.

Los millennials a los que obligamos a irse están deseando volver.

Como consecuencia de su aplastante minoría, los millennials cántabros aparecieron mencionados en los programas electorales de las últimas elecciones autonómicas únicamente cuando se hablaba de recuperación de empleo, de alquiler social, y de acceso a estudios públicos junto a verbos vagos y ambiguos como “promover”, “motivar”, “favorecer” o “potenciar”, que chocan con los contundentes términos (“aprobar”, “finalizar”, “crear”…) que los mismos políticos utilizan para convencer a los otros dos tercios de posible electorado sobre los temas que les incumben.

Es de mérito que lo intenten. Sin embargo, “modernizarse” y adoptar el “estilo milennial” no se basa únicamente en mandar difundidos por WhatsApp y crearse perfiles en Instagram. Para empezar, una generación tecnológica como la nuestra demanda métodos, no propuestas.

Estamos acostumbrados a que nos pongan el plato, la película, o el teléfono delante de nosotros, no a que nos expliquen condescendientemente lo difícil y costoso que ha llegado a ser crearlos. Se nos ha inculcado el “resultadismo” desde las calificaciones en el instituto hasta la realidad de las becas universitarias. Lo importante no es el camino, sino el examen que te espera al final.

Y esto lo asumimos mientras unas de las crisis más salvajes azotaban nuestro país. Quizás los políticos actuales, vencedores y vencidos, no sean todavía conscientes de que muchos de nosotros debimos afrontarla a nuestra manera, y que sufrimos viendo a nuestros familiares ser despedidos o pasando estrecheces que nunca hubiésemos imaginado. A nosotros se nos pidieron notas, y cuando tuvimos que ponérselas a ellos, hemos sido consecuentes.

Se ha apoderado de nuestra generación una gran dosis de escepticismo hacia los partidos que asociamos con el pasado.  La popularidad de Vox entre los jóvenes es un buen indicativo: lo malo conocido ya no es una opción para quienes asocian las siglas de los grandes partidos con la corrupción desmedida y el paro de sus padres.

Hemos conocido tiempos de desilusión: antes de 2009 se hicieron muchas promesas que auguraban un gran futuro para Cantabria, pero entre 2010 y 2018, la realidad fue que las salidas más frecuentadas por los cántabros fueron aquellas que ofrecía el aeropuerto de Parayas con billete de “sólo ida”. Y allá que nos fuimos.

En 2019, en cambio, muchos de quienes dejamos atrás una ciudad que “se nos había quedado pequeña” añoramos un traje que quizás no nos venía tan estrecho. Volamos a Madrid, a Barcelona y las grandes capitales europeas deseando comernos el mundo, pero la realidad es que la mayoría vivimos en Usera, L’Hospitalet y las monótonas periferias parisinas, berlinesas y londinenses.

Una vez pasada la novedad e ilusión por nuestro nuevo hogar nos percatamos de que no salimos de nuestro insulso barrio porque el centro y la “movida” están a una hora y pico de distancia subidos en un transporte público de precios prohibitivos para el trabajador vulgar.

Hemos pasado de la “vulgaridad provinciana” de poder hacer «los recados” en una hora y después disfrutar de una cerveza (a precio asequible) antes de salir a correr por la playa, a rezar porque al día siguiente dispongamos de tiempo para, muertos tras horas en un congestionado vagón de metro, ver nuestra serie favorita antes de meternos en la cama.

Comenzamos a darnos cuenta de que el dinero no se come, ni puede cambiar el paisaje monótono de los bloques de hormigón y anuncios publicitarios que te invitan a gastar el suelo tan duramente ganado, por el telón de montañas y mar que enmarcaba nuestros antes defenestrados días en Cantabria.

Músicos, productores, artistas, empresarios, guionistas, profesores, ingenieros… Todos comenzamos a pensar en cómo volver a una tierra de la que se marcharon porque les dijeron que lejos de allí serían más prósperos, y que en su tierruca no había futuro.

Este mensaje, repetido hasta la saciedad desde los años 70, puede convertirse en un anacronismo, al igual que pronto lo serán los coches de gasolina. Mi generación, crecida y dependiente de Internet, sólo necesita un motivo para descolgarse de la vorágine emigrante que ha caracterizado España desde los años 80.

Las grandes ciudades ya no son la única fuente de oportunidades, y su propia bonanza e ínfulas acaparadoras han terminado por condenarlas. Las “mega-urbes” que en un tiempo no muy lejano ofrecían todo (casa, trabajo y entretenimiento) al instante, se han convertido en enormes generadoras de desigualdad a base de atascos, subidas de combustible y alquileres.

Su desenfrenado estilo de vida promueve un sinfín de ejemplos de explotación laboral y manifestaciones de esclavitud moderna como los servicios de transportes de comida en bicicleta. La “vida” de las ciudades, sus edificios emblemáticos, sus calles siempre vivas, su “ambiente”…Todo ha pasado a ser propiedad de una casta municipal a caballo entre el “progre-pijismo” de izquierda y el liberalismo de derechas, que bajo la excusa medioambiental y librecambista han transformado los centros de las ciudades en jugosos parques temáticos a los que acceder cuesta más que una entrada a Cabárceno, y donde sólo duermen y consumen los turistas por ser los únicos bienvenidos en este coto de caza particular.

Barcelona, Estambul, Atenas, Roma, Florencia… Todas han sido víctimas del mismo error de cálculo: sus saturadas calles y las aglomeraciones que soportan han provocado que los costes para enfrentar esta incontrolable marea humana sean mayores que sus beneficios.

Los jóvenes que volvemos a Cantabria con la cabeza gacha provenientes de estas ciudades hiperpobladas donde se nos auguró un futuro mejor no queremos ver repetidos los errores de los que ahora escapamos. Volvemos porque queremos vivir mejor aunque ganemos menos, pero tampoco a cualquier precio. Por ejemplo, no podemos dar a los turistas nuestro paisaje construyendo urbanizaciones vacías y espigones al igual que Madrid cedió la Puerta del Sol a Starbucks, Vodafone y las cientos de multinacionales que pueblan su “almendra”. Los turistas van a Madrid todo el año: en Cantabria sólo acuden durante tres meses, cuatro si acompaña el tiempo. Y aquellos que volvemos ya sabemos que en verano, en la hostelería o en actividades asociadas al turismo, hay trabajo, pero queremos que este dure, si no es mucho pedir.

Pero mientras esperamos que cambie el clima, los políticos no encuentran solución. Las playas y la industria siguen siendo el centro de atención mientras nuestra región posee una de las más importantes concentraciones de yacimientos prehistóricos del mundo, cuyas colecciones
arqueológicas darían para llenar cuatro museos. ¡Qué no harían en Inglaterra con
tamaña riqueza! Que Cantabria posea un Museo de Prehistoria de referencia que atraiga a investigadores y turismo de calidad, y no de cantidad, sería un paso importante hacia la búsqueda de visitantes invernales que busquen otras cosas además de sol y paellas marineras.

Cantabria, con sus reducidas dimensiones y condición de paso entre dos potencias industriales como son Asturias y el País Vasco, debe aceptar su originalidad, y también sus limitaciones si lo que quiere es seguir la senda de sus vecinos. Primero, porque el modelo de ciudad industrial del presente (Gijón y Bilbao), en un futuro de preocupación medioambiental, no tiene cabida. Avilés es la región con peores registros de contaminación de Europa, y nadie desearía ver la Bahía como luce la ría de Bilbao. El crear tiene que dar paso al mantener y mejorar.

Y precisamente, la calidad de nuestra vida y paisaje, así como la cercanía a importantes focos industriales, podría atraer, convenientemente presentada, a pequeñas y grandes empresas tecnológicas cuyos trabajadores sólo necesitan un ambiente inspirador, tal y como sucedió en California.

No faltarán quienes elijan volver, y lo haremos formados, cargados con experiencias y nuevas visiones que aportar a una tierruca que nos dio una infancia feliz. Para eso nos fuimos, y por eso volvimos. La lección de humildad que nos ha dado el mundo de fuera conviene apuntarla. Ya estamos listos para regresar, porque en el fondo, nunca quisimos irnos de aquí.

Comentarios

  1. pepe

    Es muy loable el artículo y está muy bien escrito, enhorabuena!. Algunas cosas pecan de cierta ingenuidad («…empresas tecnológicas cuyos trabajadores sólo necesitan un ambiente inspirador, tal y como sucedió en California» -cuando los USA son un gigante de opciones, recursos económicos y libertad empresarial-), o la queja por el coste de la vida en la ‘Almendra Central’ (bienvenido a la inmigración y a ser clase periférica provinciana).
    Me alegra ver jóvenes que se quejan y aspiran a un futuro.
    Pero solo hay una única vía que es el crecimiento de nuestras empresas, mayor libertad económica, menos funcionarios, menos empresas públicas, menos corrupción y menos grupos de interés como los que representan los partidos, los sindicatos o los falsos innovadores vividores de subvenciones.
    Poder se puede, pero hoy por hoy siento decirte que te reserves Cantabria para las vacaciones. Aún así, la economía está en ciclo de crecimiento, así que no pierdas la esperanza.


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