Un verano en las riberas del Ebro

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|| MARCOS GUTIÉRREZ SEBASTIÁN, CANTABRIA POR LO PÚBLICO Y SIN RECORTES ||

Antonio Rebollo fue el encargado del original encendido de la llama olímpica en Barcelona ’92

Recordando estos días la inauguración de las olimpiadas de Barcelona, me viene a la mente la espectacular imagen de aquel  arquero que lanzando la flecha encendió el pebetero.

El “conflicto catalán”, “el choque de trenes”, parece que llega ya al desenlace. A veces, uno se pregunta ¿a quién beneficia? si casi siempre se lee y se escucha que realmente perjudica a todos. Enigmas de la vida. Despista el hecho de que en más 40 años de funcionamiento democrático no se abordasen diagnósticos ni se generasen herramientas y acercamientos a lo que hoy parece un problema de difícil o, para algunos, imposible solución: me refiero al llamado “problema catalán”.

Desazonado ante el choque de trenes miro a un lado y otro de las riberas del Ebro, río que nace en mi valle, por cierto, y no acabo de ver gran cosa en cuanto a la solución del asunto. Sólo las amenazas del Gobierno, los lamentos de que ya es tarde de los tibios y la nerviosa cuenta atrás de la Generalitat. No se vislumbra en el horizonte a nadie capaz de: accionar los frenos de emergencia, plantear un arreglo de la vía y hacer una revisión pausada y a conciencia de los trenes ( porque trenes parece que los hay).

Mientras, el Partido Popular pasa el verano cómodo y sesteando con el asunto despertando de vez en cuando y advirtiendo que se hará lo que se tenga que hacer. La izquierda (la vieja, la nueva) y los sindicatos (de uno y otro lado) se mueven entre sonados y asustados en el proceloso mar de contradicciones, asumiendo un día el derecho de autodeterminación y otro un «sí, pero no» ante el referéndum. Una pena.

Los días de verano es lo que tienen: permiten con su claridad percibir con nitidez cómo se parecen las riberas del Ebro. Y así, con un poco de tiempo y en una tarde tranquila, uno ve sin problema desfilar el “3%» no muy lejos de la Gürtel, Pujol junto a Bárcenas, a Rajoy por los juzgados y a Marta Ferrusola escupiendo racismo.

El cajero de un banco de la Diagonal cada vez se parece más al que tengo debajo de casa: una familia de búlgaros desahuciados duerme en el de Barcelona y un par de subsaharianos en el de Peña Herbosa.

Los incendios; el cambio climático; la lectura de los índices de paro con cifras tan parecidas aquí y allí; los problemas de los migrantes; los míseros convenios colectivos de los trabajadores de aquí y del Prat; la sanidad de uno y otro lado de la riberas; las listas de espera…  tantas cosas se parecen que a veces me resulta casi imposible distinguir en qué lado del río estoy ese día.

Y también resulta complicado asumir que uno vive en una sociedad moderna, con sistemas democráticos y mecanismos capaces de diagnosticar y resolver los problemas. En el fondo creo que si no sabemos donde estamos será difícil que podamos llegar a otro sitio.

En fin, dejémoslo hasta el otoño, tiempo en el que maduran los frutales.

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