He perdido un día

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La verdad es que no sé dónde lo he puesto. Quizás haya sido por alargar tanto las madrugadas. No sé porque he encontrado en ellas ese territorio libre de pandemias, como una geografía donde las leyes espacio tiempo son otras y sientes como si la realidad se tomara un respiro. Sé que si rasgo un poco este velo aparece una habitación de UCI donde un respirador hace lo que puede por mantener con vida a quien le falta el aire. Aun así el velo aguanta y crea un espacio en el claroscuro como refugio para insomnes  donde sentirse a salvo. No me preguntes porqué, no lo sé, solo sé que los siento así, y que el ruido desaparece.

El filósofo italiano Nuccio Ordine, experto en renacimiento nos recuerda[1]:

“En el Decamerón de Boccaccio, de 1348, se reúnen unos amigos en el campo a contarse historias como terapia frente a la peste que asuela Florencia. Ellos respetarán unas reglas convenientes no solo a su salud física sino a la salud del espíritu porque la peste genera tristeza y depresión. Boccaccio es inteligente y nos dice que lo peor es el miedo al miedo, esa extrema confianza que te hace hacer cosas contra ti mismo y tu comunidad, él describe la irracionalidad de la gente que cree estar haciendo cosas para mejorar su salud pero que en realidad son muy dañinas.”

El confinamiento en una habitación de cuatro metros cuadrados, sin internet, o yendo a  hacer cola a la cocina económica con una servilleta de papel en la cara y las manos en los bolsillos porque no tienes guantes para ponerte en las manos, podrían ser solo algunas historias que se están viviendo ahora mismo.

Habías pensado en ponerte los de fregar, pero a última hora te entró la vergüenza, fíjate tú como si un virus entendiera de vergüenzas, el hambre tampoco lo hace y menos cuando la definición de lo que es o no vergüenza se construye desde las bocas que están llenas. Y aun así no es fácil quitarte de encima ese regusto al “qué dirán”.

Y así pasa con todo. No es lo mismo, por ejemplo, estar sin hogar, sin trabajo y  pasar los días en un edificio abandonado sin agua, sin más recursos que los de un vecino (gracias Javi Soto) que vacuna el miedo con su `profunda humanidad, joder, ese sí que es un jodido retro viral, aunque no todos seamos capaces de ponerlo en práctica. Pues eso, que no es lo mismo. No se trata de comparar, aunque quizás haya que hacerlo y preguntarnos ¿por qué no es lo mismo? Si queremos sacar algo en claro de todo esto. No es lo mismo tener que no tener por mucho que recurramos al “Ser”  para dar sentido a nuestra existencia:

No es lo mismo una residencia sin recursos, un confinamiento encerrado, no es lo mismo estar lejos que no estar a tu lado, si estas enfermo a  si no estás curado, y mi recuerdo para enfermos del cáncer, de ELA, de……… Para quienes padecen trastornos mentales, para las personas sin hogar que me encontraba en la calle, porque no es lo mismo perder el tiempo, a que no quede tiempo para Nadie. Para todos esos ataúdes sin cuerpo que los nombre, que los habite, para todos esos nombres que no han podido despedirse.”

 (Perdón por la poesía, salió sin avisar) porque “no es lo mismo”……

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(Y en lo puntos suspensivos se puede poner todo lo que se te venga a la cabeza). Y en ese no es lo mismo quizás veamos no todo lo que tenemos o lo que hemos perdido,  sino todo lo que nos queda por hacer. Y es que hay tantos “no es lo mismo” como la conciencia y el corazón de cada uno alcance a ver más allá de su propio confinamiento (sea el que sea).

Total que ese día que he perdido no acabo de entender donde lo habré puesto, ni en qué momento me lo dejé. Ahora que lo pienso el velo de la madrugada se rasga con relativa facilidad, pero a la vez es capaz de crear una atmósfera propia que te permite respirar un rato, (quizás como la vida misma). Piensas que la gente está dormida, que el mundo ha parado unas horas, es como cuando acompañas a un ser querido en sus últimos momentos y le ves dormir. La tensión y la ansiedad que contienes a lo largo de día y que intentas disimular con sonrisas de todo va ir bien, de esa normalidad impostada que pesa tanto que te revienta la espalda hasta doblegarte el “puto” alma. Tanto que hasta Ella se da cuenta y sonríe como sin ganas en  esa mentira compartida que ninguno de los dos es capaz de revelar pese a no poder dejar de verla.

Pero ahora duerme y puedes fingir que no pasa nada. Y es que a veces es necesario para seguir enfrentando tanta jodida realidad. Y tal vez el riesgo esté en hacerlo demasiado, por ese miedo al miedo, del que nos hablaba Bocaccio.

Quizás a todos nos haga falta perder un día para ganar el resto.

 

 

[1] Extracto de la Entrevista hecha por la Vanguardia dentro de su sección “Conversaciones sobre la pandemia”

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