La madriguera XLVII: «Siempre tranquilo»

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Hace cuatro años Daniel Irazu publicó el libro de relatos Cuentos de Udías. “Siempre tranquilo» forma parte de esta serie de relatos y hace referencia a las consecuencias  del maltrato a la Naturaleza.

 

SIEMPRE TRANQUILO

Daniel Irazu

 

«El agricultor se compromete a cultivar son esas semillas. También necesita productos químicos contra posibles plagas. La empresa satisface todas las necesidades, vende toda clase de ayudas, pero requiere compromisos a largo plazo. Los precios varían, ya se sabe».

 

Nació cuando la ciudad todavía estaba rodeada de campos de labor. De niño supo que el Ayuntamiento había vendido las tierras que daban al mar, de joven que las construcciones ya alcanzaban la costa. Su primer trabajo fue de biólogo en una empresa que modificaba la genética de las plantas de comer. Era un ciudadano tranquilo. No le preocupó saber que la fábrica también producía los únicos fertilizantes que servían para las nuevas semillas. Con el premio de un ascenso le llegaron noticias sobre sequías y emigrantes. Tiempo después le aconsejaron no alejarse de los límites urbanos; preguntó por qué y le respondieron con una historia sobre una rara epidemia. Un verano, un incendio provocado requirió la presencia de todo el parque de bomberos, pero no logró detener la quema del bosque. Él era confiado y no opinó cuando, en los terrenos que habían ocupado los árboles, comenzaron a levantar un nuevo barrio.

Oyó rumores que hablaban de cosechas fracasadas mientras asistía a una conferencia de trabajo. Uno de los ejecutivos explicó que era urgente descubrir un nuevo tipo de simiente. Aquello ocurrió en el segundo año del ciclo de calor, durante la época de los cielos oscuros, cuando ningún agricultor guardaba semillas como las que habían plantado sus abuelos.

Se casó y fue padre de un hijo. Cambió de trabajo, pero no de empresa. Le nombraron subdirector, con un sueldo alto para premiar su fidelidad. Vivía con la familia en una casa cómoda en una calle segura, pero a su mujer no le agradaba el vecindario; decía que estaba rodeada de gentes grises. El matrimonio compró un ático en el edificio más alto para estar más cerca del cielo. Ella sospechaba del tamaño de la ciudad, pero se asustó al ver que alcanzaba el horizonte. Él aún tenía esperanzas; porque recordaba cómo nacía el sol y de qué color era la luna.

Su hijo murió de la enfermedad en el estómago; tan gordo como otros muchos fallecidos, con la sangre cargada del veneno común en todos. Entonces, sin saberse parte de la culpa, el ciudadano tranquilo decidió retirarse con la esposa a un lugar llamado Naturaleza. Sin embargo, aunque recorrieron juntos la larga avenida que se llamaba Civilización, no encontraron el cartel de salida.

Imagen cedida para «La madriguera» por su autor Juanjo Viota

Nota: Para publicar en “La madriguera” podéis seguir enviando vuestros textos, poemas, reflexiones etc…a Jose Elizondo: granmeaulnes@hotmail.com

 

 

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