Queridas Ana y Marta: No se puede comparar, se debe aprender

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Últimamente son muchas las declaraciones en medios de comunicación y redes sociales comparando la SARS-CoV-2 y la epidemia del sida. Personalmente me genera mucha frustración ya que pone de manifiesto el nivel de desconocimiento que existe todavía al respecto.

Una que me ha causado gran sorpresa, por su ignorancia, ha sido Marta Pastor, directora del programa ELLAS PUEDEN en Radio 5. En su cuenta de Twitter publicó: “El virus del sida, altamente contagioso, estuvo sin retroviral y sin vacuna muchísimo tiempo entre nosotros. Jamás se hurtó ni un solo derecho de los ciudadanos, ni se decretó el estado de alarma, ni se confinó a la gente en las casas sine die, ni se cerraron locales”.

Nunca he visto tanta desinformación y desconocimiento en una sola frase. El virus del sida, no existe, señora. El VIH (virus de inmunodeficienda humana) es el causante del sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida), que no es altamente contagioso, es transmisible, que gracias al tratamiento antirretroviral incluso en contacto con fluidos con capacidad de infección sin carga viral no se trasmite. De ahí que las mujeres que viven con VIH no trasmitan la infección a sus bebés o que en relaciones sexuales no protegidas con personas portadoras con carga viral indetectable, no se transmita el VIH.

Y, bueno… eso de que jamás se hurtó derechos a los ciudadanos… Podríamos hablar de cuando era excluyente para un trasplante de órganos, cuando era una imposición para abortar, cuando mujeres jóvenes se enfrentaban a un cáncer y de forma radical se quedaban sin útero ni ovarios.

Los derechos de las personas que viven con VIH se han visto vulnerados en múltiples ocasiones, todavía existen países donde se prohíbe la entrada, pisoteado el derecho de la libre circulación que tanto nos agobia estos días, se ha denegado el acceso a instalaciones deportivas, se ha limitado el acceso a la función pública, derecho al empleo, seguros de vida, médicos, otros servicios financieros, hipotecas, derecho a la vivienda, asistencia sanitaria, reproducción, bienestar social, justicia, educación.

Y que no se decretó estado de alarma, dice. Se creó un estado de alarma permanente contra determinados colectivos y se creó una alarma social, “peste rosa”, “cáncer gay”… como breve ejemplo.

Después, Ana Rosa Quintana se preguntaba en su programa de televisión algunas cuestiones. ¿Cuánto lleva el Sida, 10 años? Pues no, 39. Organizaciones como ACCAS, en la que yo trabajo, llevamos 27 años luchando por los derechos de las personas que viven con VIH/ sida.

¿Hemos aprendido a vivir con él? Si se refiere a usted, me atrevo a decir que no, pero muchas otras personas hemos aprendido, no solo con él, sino de él.

A vivir con él, hemos aprendido las personas que nos hemos enfrentado a la enfermedad en los primeros años, cuando SIDA era sinónimo de muerte. Hemos aprendido de ética, de tratamientos de uso compasivo, probar o morir.

Hemos aprendido de toxicidad de fármacos, efectos secundarios, comorbilidades, lipodistrofia, ensayos clínicos y un largo etcétera.

Hemos aprendido a gestionar la muerte. La pérdida. Parejas, amigos, familia, etc. De historias clínicas marcadas con una pegatina fluorescente, a esperar a ser los últimos atendidos en un quirófano, en la consulta del dentista. A que se nos tratara como apestadas. A los cubiertos y platos desechables. Hemos aprendido a ver en los ojos de los demás como desde su ignorancia se refleja el miedo y se nos ve como una amenaza.

Hemos aprendido de estigma. De rechazo social, desprecio, aislamiento y soledad. A las miradas que juzgan a una mujer por estar embarazada, a pesar de su deseo de ser madre y con garantías de no transmitir su infección.

Hemos aprendido de discriminación y dificultades de acceso al mercado laboral. De cómo esconder el dictamen técnico facultativo en una entrevista de trabajo.

Hemos aprendido que el lenguaje bélico, como lucha o guerra, genera miedo, rechazo y discriminación. Que es necesario evitar la exposición al virus y no a las personas que viven con él. Y que estas necesitan cuidados profesionales, en el ámbito sanitario y también necesitan apoyo social y emocional.

Hemos aprendido de desprotección, recortes, desigualdades en salud y de exclusión sanitaria. Hemos aprendido de la necesidad de una respuesta política comprometida con la salud pública, universal y gratuita.

Hemos aprendido que cuando en el inicio de una epidemia el problema se siente ajeno y se juzga y culpabiliza a las personas por su infección, su estilo de vida, hábitos o su orientación sexual se pueden seguir produciendo anualmente 2 millones de infecciones y 700 mil muertes.

Hemos aprendido de diagnóstico temprano y tratamiento. Hemos aprendido que uno de los pilares del estigma es la desinformación y que el miedo sigue siendo un obstáculo para el acceso a las pruebas diagnósticas. Hemos aprendido a ver todos nuestros miedos y los errores del pasado en las personas que hoy reciben un diagnóstico de VIH.

Hemos aprendido de empatía, resiliencia, solidaridad, respuesta comunitaria, apoyo mutuo, responsabilidad compartida, derechos humanos, equidad, derechos sexuales y reproductivos.

Hemos aprendido que la única vacuna es la información, contrastada y de fuentes fiables.

Para lo único que la podemos comparar, es para no caer en los mismos errores y creo, señoras, que se les está yendo de las manos.

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1 Comentario

  • Claudia
    22 de mayo de 2020

    Más.claro imposible!
    Gracias💜

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