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«Me dan ganas de dejar mi casa e irme a la calle, al menos estaría más tranquila»

María tenía para este miércoles fecha decretada para su desahucio, pero de momento todo se ha paralizado. Sin embargo, es posible que sea cuestión de tiempo, y necesita una solución habitacional para cuando eso suceda
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María vive agradecida a la PAH por la ayuda y las pistas que le han ido para saber qué hacer en una situación como la suya. Incluso por funcionar las reuniones como una especie de terapia. Este mismo miércoles, 12 de julio, tenía fecha de desahucio. De momento, no se va a ejecutar. Un respiro, un alivio, pero no se sabe hasta cuándo.

Ella decidió dedicarse a la crianza de su hijo, que ahora tiene 11 años. Su matrimonio no perduró y eso le ha colocado en un sitio difícil. Recibe una manutención de su expareja, pero con eso no puede encargarse del alquiler, las facturas y todo lo básico que hay que cubrir además de eso. «O pagaba o comía», resume en una entrevista a EL FARADIO DE LA MAÑANA, en Arco FM.

Las deudas empezaron a aumentar, hasta el punto de no saber cuánto debe, porque su casero dejó de enviarle las facturas. «Yo trataba de pagar, al menos, los recibos», como una forma de demostrar una buena voluntad. Antes de su divorcio no fallaban nunca, pero ahora las cosas han cambiado, y necesita una solución.

«Gesvican me confirmó que era apta para alquiler social, pero que no hay viviendas disponibles» dice María desde la impotencia. Su abogada de oficio, «a la que estoy muy agradecida», cree que el desahucio es cuestión de tiempo. Su casero es un particular con varias viviendas arrendadas, pero ha denunciado a María una vez que el tiempo ha empezado a pasar y ella no tiene los recursos suficientes.

«Entiendo al propietario porque soy persona. Le estoy afectando económicamente», reconoce. Sólo le queda el consuelo de que, al ser alguien que recibe ingresos por otros alquileres, «al menos puede salir adelante».

Lo que le está empezando a doler de verdad es la falta de empatía de sus vecinos. Dice que no paran de «preguntar que cuándo nos vamos», pese al hecho de que tiene un hijo preadolescente y que no tienen donde ir. Siente que está en una casa que ya no es suya. «Me dan ganas de irme, aunque sea a la calle, por lo menos estaría más tranquila».

Ya no es solamente ella la que acude a terapia, también su hijo, por prescripción de su pediatra. «No sabe a qué colegio va a ir». Ya tiene edad para hacer preguntas con sentido, y le cuesta asumir la experiencia que está viviendo.

La PAH es el escaso refugio que le queda. Le está sirviendo para aprender a luchar, para conocer a personas que se han costumbrado a esa mentalidad de aferrarse a cualquier esperanza para mantenerse en vilo y pelear. Y quiere devolverles el favor. El día de mañana alguien puede necesitar su ayuda, y María está aprendiendo lo importante que es que alguien te tienda la mano cuando se atraviesa un momento difícil.

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