Siempre hay un culpable

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El pasado día 16 de noviembre, Hilo Producciones llevó a la AAVV San Joaquín, en Campogiro, la tercera de las funciones, programadas dentro del proyecto escénico HOLA, VECINOS. Fue Sandro Cordero quien la representó, bajo el título de “Sandro al desnudo”, equívoco epígrafe, que el propio actor aclaró, por si hubiera sido necesario, pues ni iba a desnudar su cuerpo ni su alma, por más que cuerpo y alma los pusiera en los textos, que interpretó. Lo que estaba desnudo era el escenario, en el que Sandro Cordero sólo contó con unos textos intensos y unas leves músicas, que no son poca cosa. Nada más le hizo falta al artista para hacer buen teatro, incluso pudieron faltar las músicas, para que el espectáculo hubiera sido el que fue. La palabra y quien la dijo bastaron. Y palabra había, la de unos relatos de calidad literaria. Y también hubo quien la dijera, Sandro Cordero, tal como es, un excelente actor, y tal como está siempre, en estado de gracia, lo que no significa que haga reír por reír, aunque con frecuencia sí, con motivo, cuando se dedica abundar en la gracia de algunos textos o la extrae de ellos, cuando no hay tanta.

En este espectáculo de narración real, dicho está que todos son depositarios de una acreditada factura literaria. Quiero dedicar unas líneas al relato, con el que se dio por terminada la función, dotado de un componente, que yo llamaría de surrealismo existencial. Se trata de “No se culpe a nadie”, de Julio Cortázar, en el que se narra la lucha a muerte de un hombre con un pulóver con vida propia, que no se deja poner, por más empeño que el hombre dedique a doblegarlo sin lograrlo, pues la prenda a cada avance en su acomodación al cuerpo opone una nueva dificultad, obligando a su contrincante a poner en peligro su integridad física, tal es el despliegue de contorsiones y retorcimientos corporales. Sandro Cordero leyó el texto y lo dramatizó sin moverse del sitio, pero sin parar quieto, movido por las extravagancias del dichoso pulóver, que se erigió en protagonista, poniendo al intérprete en el lugar del antagonista, estableciéndose entre ambos un diálogo gestual imposible, en el que lo cómico y lo dramático se dan al mismo tiempo, para acabar en tragedia.

Se me antoja, el cuento, una metáfora pormenorizada de las relaciones, con frecuencia enrevesadas, que podemos mantener con nuestras vidas, que nos llevan por derroteros existenciales, a veces tortuosos, sin que ni nuestra voluntad ni nuestros actos apenas atinen a dirigirlos, según nuestros gustos o nuestras necesidades. Y, en efecto, no hay a quien culpar.

Pero siempre hay un culpable, cuando menos un responsable de que en la vida algunas cosas salgan mal y otras no tan mal, incluso bien, o muy bien, como le ha salido a Sandro Cordero esta propuesta escénica de narración oral, en la que un pulóver quiso dejarle al desnudo. O casi.

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