Las Fridas que conozco

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“Siento que soy una mujer y al mismo tiempo otra tras todos estos sucesos” podría decir Frida Khalo en su cuadro “Las dos fridas” pintado tras la pérdida de su bebé, tras todo lo vivido con Diego Rivera. Hay críticos que dicen que el cuadro va dedicado a Diego Rivera, desde el dolor recibido, del daño sentido . Pero es mucho más. El diario de Frida Kahlo lo menciona así:

“Y con un dedo dibujaba una puerta… Por esa puerta salía en la imaginación, con una gran alegría y urgencia, atravesaba todo el llano que se miraba hasta llegar a una lechería que se llamaba Pinzón…Por la O de Pinzón entraba y bajaba intempestiva mente al interior de la tierra, donde mi amiga imaginaria me esperaba siempre.”

Cómo en Frida, la capacidad de ser más de una, veo a mujeres de mi comunidad, de mi ámbito más cercano, de mi familia, cómo se reúnen en ocasiones en círculos improvisados, en torno a las cenizas de una ausencia, a la perdida de un ser querido. Se intuye el espacio transitado, compartido, sin necesidad de decirlo. Hablan de ellas, de sus vivencias, cada una desde su lugar propio y a la vez reconociéndose al escucharse. Desde distintos nombres, religiones, clases sociales, épocas o generaciones, acaban encontrándose en lugares demasiados comunes, demasiado habituales, demasiado conocidos. Su forma de hacerlo es contando lo que viven, como si no tuviera importancia o, mejor dicho -al formar parte de su piel- sin darle la importancia que realmente tiene o el valor que, para quien escucha, hay detrás de cada anécdota, de cada (para algunos) “marujeo” (aquí se podría hacer otra canción que resignificara esta palabra, como ha sucedido con “zorra”), de cada reflexión que parte de un exceso recibido e integrado desde una resiliencia que, en mujeres así adquiere, al igual que la palabra “sororidad”, un profundo significado. Una palabra que sin conocerla practican. Es curioso como el significado habita antes incluso de que el significante nazca, antes de que se le ponga nombre.

Siento que ahí se cuece algo diferente. Desde la forma que tienen de hablar entre ellas, de escucharse, de buscar fórmulas para salir adelante. De deconstruirse desde lo cotidiano, en escenas de enfrentar lo que viene, sin negar donde se ha llegado, sin juzgarse. Al abrirse en canal y compartirse te cuentan cómo se han formado, cómo han llegado a ser quienes son. De la misma manera el concepto es antes que la palabra que lo nombra. No necesitan de despachos, ni de “brain storming”, hablan de lo que viven cada día, sin que nadie hable en su nombre. Por eso, al escribir siento esa prudencia de intentar cogerle la medida a la hora recrear este retrato costumbrista de la realidad de unas mujeres que siento cercanas, cada una con su forma de ver la vida, cada una con su particular “mochila”, cada una, imagino, con sus contradicciones, con su papeleta para la urna, con sus militancias laicas o religiosas, con su filias y sus fobias, como cualquier hijo de vecino, de vecina o de vecine.

En ese espacio, compartido desde la dureza, la “sororidad” se construye con una verdad que no hay frontera que la separe, que no hay clase, sexo, raza, ni prejuicio que la aleje. Porque más allá de toda esa estética de las apariencias, siento que late en ellas el mismo pálpito compartido. Y eso teje una red que no hay Dios que la rompa, creas o no creas. Y al igual que en el cuadro de Frida, se puede ver no solo dos, sino todas las Fridas que en ellas habitan. Pinceladas de cómo han llegado a este “ahora” compartido. Y eso no va de Diego Riveras, tengan la forma o el fondo que tengan.

En el cuadro de Las dos Fridas aparece la Frida casada, la Frida soltera, como si de un alusión alegórica a la historia de las mujeres se tratara; El espacio público, el espacio privado, la libertad, la igualdad, el amor, la forma y el fondo del ser y del sentir y los límites impuestos por la sociedad, incluso autoimpuestos y que saltan como la costuras de un traje que no es el tuyo.

Aparecen sus órganos vitales aludiendo, quizás, a la gran cantidad de operaciones y problemas médicos, así como a sus sentimientos, su personalidad.  Su forma de vestir marcada por un contraste que a la vez evidencia la percepción del poder  imbricada en las relaciones sociales, en su propia persona (su ascendencia europea alemama y húngara, su reivindicación indígena de Tehuana, la influencia de su madre y el concepto de «virtud vs inocencia»)  : Como si género, etnia, clase y la orientación sexual, se cruzasen en esas puntadas con un hilo que las interrelaciona. Donde hay mas de dos fridas, más de dos trajes y  muchos de ellos impuestos, metidos a calzador. Y llegados aquí, la asociación se vuelve inevitable  porque, pese a las aparentes diferencias, como en el cuadro a las mujeres de las que hablo hay algo que las une. Como las arterias rojas que sirven de vasos comunicantes entre los corazones de ambas Fridas.

Y así, el arte te traslada a lo cotidiano, y al revés, porque en lo cotidiano habita el arte donde el significado siempre ha estado.  Solo hace falta que se le nombre, que se tome conciencia de…

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